Venezuela tiene capacidad para producir 15 millones de barriles diarios de petróleo, afirmó el expresidente de Pdvsa Andrés Sosa Pietri. Sostuvo que la recuperación económica exige elecciones y derogar la Ley Constitucional Antibloqueo.
Esa producción significaría mucho más que ingresos por la venta de crudo: movilizaría la construcción, los servicios, la manufactura y el empleo, y convertiría al petróleo en el motor de una economía capaz de crecer a una escala que el país no ha vuelto a conocer. Sosa Pietri sostiene que Venezuela renunció a esa posibilidad cuando decidió restringir la producción para sostener los precios y someter su industria a las cuotas de la Organización de Países Exportadores de Petróleo (OPEP). La consecuencia fue el freno de la expansión petrolera y, con ella, del crecimiento económico. Su propuesta sigue siendo la misma que defendió al frente de Pdvsa entre 1990 y 1992: aumentar la producción, atraer capital privado y desarrollar las reservas venezolanas.
La salida de la crisis exige elecciones y el restablecimiento de la legalidad. Sosa Pietri considera que el acuerdo con Estados Unidos y North American Blue Energy Partners (Nabep), la empresa de Alejandro Betancourt, no puede sostenerse en las condiciones en que fue suscrito: cuestiona la concesión por 100 años de 17 campos petroleros y el régimen fiscal previsto, que dejaría al Estado venezolano sin regalías ni impuesto sobre la renta. Propone derogar la Ley Constitucional Antibloqueo y volver al régimen de concesiones de la Ley de Hidrocarburos de 1943, que permitió el desarrollo de la industria petrolera venezolana y el crecimiento económico que convirtió al país en una potencia productora hasta comienzos de los años sesenta.
Abogado, empresario y expresidente de Pdvsa, Sosa Pietri conoce esa discusión desde dentro: fue senador y miembro de la Comisión de Minas e Hidrocarburos del Congreso de la República, participó en el debate de la ley que reservó al Estado la industria petrolera y presidió la estatal entre 1990 y 1992, cuando intentó llevar adelante un plan para elevar la producción a 10 millones de barriles diarios. Tres décadas después, sostiene que Venezuela volvió a cometer los mismos errores y que la recuperación de la industria exige separar nuevamente la actividad petrolera de los intereses políticos, garantizar la inversión privada y devolver al Estado su función de regulador y propietario de los recursos, no la de empresario petrolero.
—¿Por qué ni el político ni la gente común venezolana han entendido que la industria petrolera es intensiva en capital y de mucha tecnología, que no basta perforar un pozo para obtener una renta?
—Venezuela era un país paupérrimo cuando estalló el famoso Barroso 2 en 1922. Era un país de apenas un millón de habitantes y muy pobre, uno de los países más pobres, con muy poco desarrollo y una población muy pequeña para el territorio que nosotros tenemos. Con el reventón del Barroso 2 nos damos cuenta de que Venezuela tiene un potencial petrolero extraordinario. Después conoceremos que es el país de mayores reservas de petróleo en el mundo y con un potencial extraordinario de desarrollo por nuestra cercanía al principal mercado de absorción: Estados Unidos. Teníamos la oportunidad de crecer prácticamente de forma ilimitada en nuestra capacidad de producción de petróleo. Durante la dictadura del general Juan Vicente Gómez, que tuvo su parte negativa en cuanto a cómo trataba a los opositores, desde el punto de vista económico fue una economía totalmente abierta al capital privado y a la inversión privada. Una vez que se descubrió que Venezuela tenía potencial petrolero, se invitó a las compañías, sobre todo a las estadounidenses, a invertir en Venezuela. Venezuela comenzó un crecimiento económico extraordinario. La producción venezolana pasó de un promedio de 6.100 barriles diarios en 1922 a cerca de 2 millones de barriles diarios en 1943. El país, en razón del potencial del petróleo para hacer crecer el producto interno bruto y crear puestos de empleo, era el favorito de quienes emigraban de Europa después de la Primera Guerra Mundial y de la Segunda Guerra Mundial. En 1943 se había aprobado una Ley de Hidrocarburos, pero no es una carga que espanta a las compañías petroleras. Establece un límite de concesiones de 40 años, que tienen que ser renovadas y normalmente van a ser renovadas automáticamente, como lo hizo Marcos Pérez Jiménez en 1956. Y sigue habiendo un espíritu enorme de seguir invirtiendo en Venezuela en petróleo, y el crecimiento económico es prácticamente uno de los mayores del mundo. En 1960 la producción pasa los 2,5 millones de barriles, está llegando casi a 3 millones de barriles. Venezuela es el primer exportador mundial de petróleo y el segundo productor mundial de petróleo después de Estados Unidos. En 1960 se comete un grave error.
—¿Cuál error?
—Nos incorporamos a la OPEP, que pretendía constituir un cartel para tratar de aumentar los precios del petróleo, pero nos asociábamos con nuestros competidores. Venezuela, gracias a la Ley de Hidrocarburos de 1943, que se mantuvo vigente hasta 1961, era la segunda potencia productora de petróleo. Estados Unidos era su principal comprador. El mundo árabe existía. Irán, Irak, Arabia Saudita y otros países del Medio Oriente producían petróleo, y mucho mejor que el de Venezuela. Más liviano y más fácil de extraer, pero teníamos ventajas competitivas. Estamos más cerca geográficamente y éramos unos proveedores seguros. Teníamos la preferencia de las empresas estadounidenses; se sentían más cómodos con nosotros. Pero en 1960 ingresamos en la OPEP y aumentamos el impuesto a 67,7%. Disparate tras disparate. Perdimos la ventaja competitiva y los árabes ofrecían un petróleo más barato. Bajó la producción y, para colmo, a principios de la década de los setenta se aprueba la ley de reversión que impide renovar las concesiones que se vencen en 1983. La producción, que alcanza un pico de 4 millones de barriles diarios a principios de los setenta, se desploma a 2,5 millones con el anuncio de la ley de nacionalización.
—La OPEP se presentó como la gran salvación frente a los bajos precios del petróleo. El venezolano Juan Pablo Pérez Alfonzo fue uno de sus fundadores.
—Pérez Alfonzo fue un disparate en materia petrolera. No una maravilla. Con la OPEP se quería mejorar los precios del petróleo, pero los precios del petróleo aumentan o bajan de acuerdo con las crisis del mundo, no por los acuerdos de la OPEP. Una guerra los sube y la paz los baja. Con su entrada en la OPEP Venezuela pierde su gran ventaja competitiva. Nos hicimos socios de nuestros competidores, no de nuestros clientes. Arabia Saudita desplazó a Venezuela como proveedor de Estados Unidos.
—Muchos criticaron la ley que reserva al Estado la producción y comercialización del petróleo. Decían que favorecía a las empresas petroleras transnacionales.
—Cuando se empezó a discutir el proyecto de la Ley Orgánica que Reserva al Estado la Industria y el Comercio de los Hidrocarburos, yo era senador suplente y pedí mi incorporación. Me daba terror que todos los activos petroleros pasaran al control de una empresa del Estado y que no pudiéramos contratar empresas privadas. Yo tenía una experiencia de cuando era abogado del Instituto Venezolano de Petroquímica. Para la ampliación del complejo de Morón y la creación, y luego ampliación, del complejo petroquímico de El Tablazo, en el estado Zulia, se constituyeron empresas mixtas. Una porción era del proveedor de tecnología y la otra, del dueño del capital; el Estado se quedaba con un porcentaje minoritario de acciones. La empresa se manejaba como una empresa privada y le pagaba al Estado el impuesto sobre la renta. Me parecía indispensable que la ley permitiera seguir invitando a petroleras privadas a invertir en Venezuela y que la empresa del Estado, Pdvsa, pudiera crear empresas mixtas. Propuse el artículo quinto que daba esa posibilidad, que luego de muchos debates y críticas se aprobó.
—La gran pelea de Pérez Alfonzo fue contra el artículo quinto.
—Yo tenía muy buenas relaciones y una gran sintonía con Gonzalo Barrios, que era presidente de Acción Democrática y presidente del Congreso de la República; con Luis Herrera Campíns, con Teodoro Petkoff y, en general, con los jefes de las fracciones parlamentarias. No fue difícil que se incorporara el artículo en la ley.
—Pdvsa funcionó muy bien…
—Desde su creación en 1976 Pdvsa fue administrada como una empresa privada, con gente escogida por sus méritos y aislada del fisco nacional. Las ganancias acumuladas me permitieron en 1990 hacer un plan de expansión. Mi condición cuando acepté la presidencia de Pdvsa fue que Venezuela volviera a ser el primer productor mundial de petróleo. Teníamos todo para serlo. Somos el país de mayores reservas de petróleo del mundo y podíamos comenzar de inmediato un plan de expansión de la industria petrolera. Se negoció con la OPEP y aprovechamos que había una guerra en el Medio Oriente para comenzar a aumentar la producción de petróleo.
—Al finalizar el mandato de Carlos Andrés Pérez en 1979 se redujo la producción y se aplicó el enfriamiento de la economía.
—La orden de no producir más petróleo del gobierno que sucedió a Pérez le impidió a Pdvsa seguir creciendo. Luis Herrera Campíns era una bellísima persona, pero su gobierno no fue muy brillante en el área económica. En 1983 estábamos en poco más de millón y medio de barriles. En el gobierno de Jaime Lusinchi, con el enorme problema del desempleo y de la inflación, se puso en marcha la internacionalización de la industria petrolera. Un plan muy bueno que produjo un repunte de la producción muy modesto: 400.000 barriles diarios entre 1986 y 1989. Pdvsa comenzó a comprar refinerías en el exterior. La primera fue Citgo Petroleum Corporation, después adquirió refinerías en Alemania y en el mar del Norte. Teníamos capacidad de refinación en nuestros mercados naturales. Una buena iniciativa. (EN)\









