¿Por qué tanto ruido con Barbie? El rosado que cautiva e incomoda

30 julio 2023 | Arte y Espectáculo

La película de Barbie cumplió una semana en cartelera. Si ya fuiste a verla, quizá formaste parte de la multitud vestida de fucsia que con un fervor particular se ha apersonado en las salas de cine. Y seguro o te encantó o la odiaste.

En 1 hora 54 minutos de metraje no hay una sola escena subida de tono. Ni siquiera hay un beso en la boca. No se habla de religión, de política o de sexodiversidad. Tampoco hay desnudos, sangre, armas de fuego ni violencia (en sentido estricto). Aun así, la primera advertencia que te hacen antes de ir a ver Barbie es que es una película “solo para adultos”. La muñeca que ha teñido al mundo de rosado también ha llenado a medios, redes sociales y conversaciones casuales de preguntas incómodas. Esto es por un único concepto que atraviesa transversalmente su historia y se menciona sin maquillaje: el patriarcado. ¿En serio aún incomoda tanto hablar de eso? Veámoslo en perspectiva.

Alerta de spoiler: si no has ido a ver la peli y piensas hacerlo, debes saber que en este texto revelamos partes importantes de la trama que podrían arruinar tu experiencia en el cine, así que continúa leyendo bajo tu propio riesgo.

¿De qué se trata Barbie?

A menos que vivas aislado en la puntica del Pico Bolívar es imposible que a estas alturas no hayas escuchado hablar sobre Barbie. En un mundo donde la segmentación de mensajes y contenidos ha llegado a niveles insólitos, la película sobre el archiconocido juguete de Mattel se ha convertido en un fenómeno global del cual prácticamente nadie ha salido ileso.

Cualquiera hubiera pensado que la película de Barbie sería un cuento de hadas, pero nada más lejos de lo que es. Si vamos directamente a la historia, su guionista y directora Greta Gerwig propone el viaje de una particular antiheroína encarnado en una Barbie “estereotípica” (la actriz Margot Robbie), que, de la noche a la mañana, literal y figurativamente, pone los pies en la tierra.

Y es que sucede que, en medio de una vida perfecta dentro de su mundo plástico, fantástico y sororal, nuestra Barbie contrae una crisis existencial que la hace ir en un periplo iniciático lejos de las fronteras del único hábitat que conoce. Así, llega a Los Ángeles, donde descubre, para su desgracia, que nada es como ella lo tenía figurado. En el mundo “real” a las Barbies ya nadie las quiere y, a diferencia de su lugar de origen, no son las mujeres las que dominan al mundo.

Pero Barbie no es la única que hace descubrimientos. También le sucede a Ken (el actor Ryan Gosling), su inseparable compañero, que ve esta realidad a través de un cristal totalmente opuesto: en este nuevo mundo los hombres no son accesorios sino líderes, y esto lo empodera.

Ken decide regresar a Barbieland a implantar un movimiento de liberación con sus pares, tomando como bandera al patriarcado. A partir de allí todo comienza a caotizarse y corresponde a las Barbies luchar para retomar el poder en ese lugar donde siempre fueron soberanas.

Muchas caen rendidas ante el nuevo sistema masculino que se ha propuesto tratar a las muñecas como muñecas, pero una encendida declaración de principios en la que el personaje de América Ferrera vocifera que “es literalmente imposible ser mujer”, echando al viento unas cuantas verdades, es lo que las despierta a todas para que el orden se restablezca.

A través de una puesta en escena onírica, estéticamente vibrante, con unos diálogos casi naive y con un llamado permanente a la nostalgia dirigido a todas quienes jugamos con Barbies a lo largo de más de medio siglo, la película entra en una conversación cien por ciento actual que levanta roncha.

¿Qué significa ser mujer? Esa es la primera gran pregunta que plantea. Empezando por ahí, ya hay mucha tela que cortar.

Un festival de dicotomías y metáforas

Varias dicotomías se enfrentan en la historia de Barbie. Civilización y barbarie es una de ellas. Pasar de un mundo de juguete donde las mujeres son absolutas líderes, independientes, inteligentes, poderosas y bellas, para luego ir a un mundo de carne y hueso donde parecen ser más un accesorio, es cuando menos una premisa provocadora.

Barbie plantea un paralelismo entre lo que es real y lo que es no-real. Esto lo hace usando un recurso que antes Hollywood y otros cines han explotado exitosamente en el pasado, y es el de esa narrativa de “¿y si todo fuera al revés?”. Lo vemos claramente en Barbieland, gobernado por mujeres y con hombres buscando liberación.

Vimos algo así hace pocos años en la película No men beyond this point (No hombres a partir de este punto), que por razones completamente distintas también habla de una hipotética ginecocracia en la cual los pocos hombres que sobreviven han perdido todo tipo de participación social o política, siendo recluidos en “santuarios”, tal como animales en extinción.

La película francesa Africa Paradis, de Sylvestre Amoussou, también usa ese recurso, hablando de un futuro distópico donde Occidente ha caído y África se convierte en la tierra prometida. Este tipo de historias son perfectas para poner realidades en blanco y negro.

Ese desdoblamiento, y en específico el retrato que hace Barbie de los hombres, ha hecho que muchos califiquen a la película y a su directora de ser “antimasculina” y de promover la misandría, pero quizá quienes así lo ven es porque no han aplicado el test de Betchel (googlea si no lo conoces) al gran porcentaje de las películas que Hollywood estrena año a año, que hacen lo mismo, pero con los personajes femeninos, solo que desde una “realidad” normalizada.

La propia película lo aborda al poner a los Kens como fans de la película El Padrino (la cual usan para adoctrinar a las Barbies sobre el patriarcado), una historia que muestra un ambiente gobernado cien por ciento por hombres donde solo aparece un puñado de mujeres, como accesorios y solo “existentes” a través de la mirada masculina. Para Gerwing, esa es su antítesis y no tiene pena de mostrarlo en el filme de forma explícita.

Mucho más podemos ver detrás de Barbie: el mito de Pigmalión enamorado de su escultura, Pinocho queriendo ser un “niño de verdad”, Dorothy poniéndose sus zapatillas (en este caso son unas cholas) para irse de su lugar seguro a buscar al Mago de Oz, Neo en The Matrix buscando la verdad con la pastilla roja, como también la buscó Pandora al abrir la caja… hay tantas referencias en Barbie de historias ancestrales y de la cultura popular que es difícil acopiarlas todas. El punto en común: el viaje de la heroína, necesario para ir tras sí misma como una metáfora del “nosotras mismas”. El “quién soy” es “quiénes somos”, o lo que es lo mismo, esa idea en la que insistimos las feministas: lo personal es político.

Érase una vez en Hollywood

Empaquetada en rosa, moda y glamour, quizá Barbie sea la primera gran película polémica de la era 2.0. Nadie ha sido indiferente a su historia: las feministas la califican de truco publicitario, los machistas de feminazi, los Lgbtiq+ de excesivamente binaria… y por ahí podemos irnos. Todo el mundo tiene algo que decir.

¿Pasó antes? Sí, pero a diferente escala. En 1940 Charlie Chaplin escandalizó al mundo al estrenar El gran dictador y pintar a Aldolfo Hitler como un personaje cómico. La película levantó ardores como pocas otras antes. En el 62 Lolita, de Stanley Kubrick, basada en la novela de Vladimir Nabokov, sexualizó a una niña que se enamora de la pareja de su madre. Todo mal en esa historia que idealiza la violación y que hoy hubiese sido imposible de realizar.

Chaplin hizo de las suyas con un Hitler cómico.

En 1971 Kubrick volvió a escandalizar con La naranja mecánica y su desmedida dosis de violencia y perturbadoras escenas de sexo. En el 73 El Exorcista no dejó a nadie indiferente con sus postales de terror y Linda Blair, de 14 años, masturbándose con un crucifijo. Más adelante, en el 88, Martin Scorsese estrenó La última tentación de Cristo, donde se ve nada más y nada menos que a Jesús contrayendo matrimonio con María Magdalena.

El Exorcista no dejó a nadie indiferente con sus postales de terror.

En el 92 Sharon Stone puso a todo el mundo a hablar de sus picones en Bajos Instintos y en 2004 Mel Gibson acaparó titulares con La Pasión de Cristo, una película precedida por denuncias de antisemitismo y de dibujar de forma sádica y sangrienta la crucifixión de Jesús (como si no lo hubiese sido).

La Pasión de Cristo, de Mel Gibson, también generó polémica entre adeptos y detractores.

Religión y sexo son los temas que parecen hacer más ruido

Como dijimos al principio, Barbie no toca ninguno de ellos, pero toca uno igualmente incómodo: la participación política de las mujeres. Eso, sumado a su increíble campaña de marketing y la digitalización, ha conformado el cóctel perfecto para meter a todo el mundo en la conversación. ¿Es tan irreal, tan bárbaro, tan de juguete, imaginar un gobierno cien por ciento femenino? ¿Cuántos gobiernos cien por ciento masculino existen y han existido sin que nadie se sonroje?

¿A quién le incomoda Barbie? Si algo ha quedado en evidencia con Barbie es que nombrar al feminismo aún hoy, en 2023, sigue siendo descolocante. Sobre todo, si se hace desde los espacios hegemónicos. Esto es por varias razones: uno porque es una postura política y dos porque no existe un solo feminismo.

Y parece que fuera mentira porque estamos hablando del mismo Hollywood que viene del #MeToo, pero, así como sucedió eso, también Estados Unidos se encuentra ante una avanzada de la derecha que eliminó el derecho universal a la interrupción voluntaria del embarazo, así que al menos allá, el tema está más encendido que nunca.

En específico, los grupos ultraconservadores (de esa misma ala de donde viene QAnon) califican al filme como anti woke, esto por lo supuestamente anti hombre, y por tanto, antifamilia y anti “orden natural”.

Para eso no hay que estar en la alta política

Si ya fuiste a ver la peli seguro viste cómo muchos hombres salieron ardidos, criticando con gran animosidad lo que consideran es una historia que los insulta, vulnera y humilla.

Que Ken (en individual y en colectivo) sea tan solo un accesorio sin voz ni voto, que se lamente de su “rubia fragilidad”, que sea el personaje más caricaturesco del filme, que Barbie apenas lo determine y en general que no tenga un solo momento de redención en dos horas de largometraje, es para muchos hombres algo imperdonable.

Por otro lado, tenemos a los grupos Lgbtiq+. Aquí las opiniones son diversas, muchas son positivas, pero si una crítica ha tomado más fuerza aquí es la acusación de que Barbie sea una película “demasiado binaria”. Y es que, en efecto, Barbie pone en blanco y negro a hombres y mujeres, y esto sucede en una época en la cual los estudios buscan desdibujar la diferencia de los géneros.

Son los tiempos en los que se ha popularizado decir “personas embarazadas”, “personas menstruantes” o “persona con pene”. Barbie hace caso omiso de todo esto y eso, para algunos grupos, es un discurso retrógrado.

Dependiendo de la acera en que estés, que Barbie reivindique el binarismo es de extrema derecha o de extrema izquierda. El punto es que no hay punto medio.

Finalmente, tenemos a las feministas. ¿Nos identificamos con el discurso empoderador que viene de la mano de una muñeca rubia, de cuerpo irrealmente perfecto y nacida en el seno de una compañía trasnacional? Es un poco paradójico, tomando en cuenta que uno de los pilares del movimiento es que es anticapitalista.

Barbie, ¿nuevo icono feminista o ardid publicitario?

Barbie llega al cine en un momento muy particular, cuando las salas tratan aún de recuperarse (si es que esto es posible) de la ausencia de espectadores tras la pandemia y sobre todo tras el boom del streaming. También en plena huelga de guionistas y gremio actoral.

Desde que los cines volvieron a abrirse este ha sido el estreno más ruidoso y todo el esfuerzo no ha sido en vano. En su primera semana el filme ha obtenido facturación récord a nivel global y para eso no solo ha servido su gran campaña publicitaria sino tanta polémica, ¿o acaso ambas cosas son lo mismo?

Ver a Barbie desde el feminismo es problemático. Su origen se lo pone todo en contra, pero también puede rescatarse que al igual que otras tantas películas, a esta podemos tomarla como un punto de partida para hablar de temas incómodos con gente que de forma natural jamás se acercará a un libro de Simone de Beauvoir o a una marcha de pañoletas verdes.

“Tuve que llegar a la casa explicándole al niño qué era el patriarcado”, escribió en instagram una amiga que llevó a su hijo a ver Barbie.

“Pero bueno, ¿por qué te da risa pensar en un mundo gobernado por mujeres? Te aseguro que sería mejor que este”, dijo una señora de unos 50 a su esposo al salir de la sala de cine, cuando quien escribe esta nota fue a ver el filme.

¿Habrían sucedido estas conversaciones sin un detonante como Barbie? ¿Cuántas millones más de conversaciones como esta están sucediendo mientras lees este artículo? Punto para Barbie.

 
 
 
 
 
 
 

 

 
 

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