Benedetto, o mejor conocido como Nitto Santapaola, falleció este martes en el departamento de medicina penitenciaria del hospital San Paolo, en Milán.
El histórico jefe de la Cosa Nostra sucumbió a una diabetes grave a los 87 años, tras un deterioro progresivo de su salud que obligó a su traslado desde la prisión de máxima seguridad de Opera.
Santapaola habitó los últimos 33 años de su vida en un régimen de aislamiento severo, cumpliendo múltiples cadenas perpetuas.
Su deceso pone fin a la trayectoria de un hombre que transformó el crimen organizado en una potencia económica y violenta sin precedentes en el norte de Sicilia.
Su captura en mayo de 1993, en una casa de campo cerca de Caltagirone, cerró una fuga de 11 años.
Desde aquel momento, el Estado italiano mantuvo al capo bajo una vigilancia extrema para neutralizar su influencia sobre los reductos criminales que aún le guardaban lealtad.
Empresa y terror
A diferencia de los jefes rurales de la mafia tradicional, Santapaola cultivó un perfil de hombre de negocios.
En las décadas de los 70 y 80, resultaba habitual su presencia en eventos sociales junto a comisarios, prefectos y la élite económica de Catania.
Esta capacidad de infiltración le permitió desviar contrataciones públicas y controlar el tráfico de estupefacientes bajo una apariencia de legalidad.
No obstante, tras esa fachada de respetabilidad, Santapaola dirigió una maquinaria bélica responsable de cientos de asesinatos. Siempre tuvo en mente eliminar a cualquier competidor o funcionario que obstaculizara sus intereses.
Su clan se convirtió en un modelo de «mafia empresarial», donde la violencia extrema actuaba como el brazo ejecutor de una estructura financiera compleja.
Esta estrategia garantizó la hegemonía del padrino durante décadas, marcando a fuego la historia social y política de Sicilia, según recuenta EFE.
Régimen 41-bis y la justicia de los jueces mártires
La justicia italiana vinculó directamente a Santapaola como instigador de los ataques que acabaron con la vida de los jueces antimafia Giovanni Falcone y Paolo Borsellino en 1992.
Aquellos atentados forzaron al Estado a endurecer las condiciones de reclusión para los jefes mafiosos.
Santapaola permaneció bajo el régimen «41-bis», un sistema de aislamiento diseñado para evitar que los líderes sigan dirigiendo sus organizaciones desde la celda.
Esta medida buscaba romper los vínculos jerárquicos y silenciar la voz de quienes, mediante una simple orden, podían incendiar las calles de Italia.
Durante su confinamiento, el capo experimentó la crudeza de la guerra que él mismo alimentó.
En 1995, su esposa Carmela Minniti fue asesinada en un acto de venganza personal, un evento que subrayó la caída en desgracia de una familia que alguna vez dominó los destinos de la isla con impunidad.
Época de masacres con Nitto Santapaola
Con la muerte de Santapaola, desaparece uno de los últimos rostros de la etapa más oscura de la Cosa Nostra.
Su fallecimiento representa el triunfo de la justicia sobre la longevidad de un hombre que intentó arrodillar a las instituciones democráticas mediante el terror y la corrupción.
Italia observa este deceso como un recordatorio del costo humano de la lucha contra el crimen organizado.
El hospital San Paolo cierra hoy el expediente de un prisionero que, pese a su poderío pasado, terminó sus días bajo la custodia absoluta de las leyes que desafió.
La desaparición física del padrino de Catania deja un vacío en la estructura histórica de la mafia, alejando definitivamente los ecos de las masacres del siglo XX. (Agencias)








