Los partidos: Escuelas de formación para que la Democracia funcione Luis Hidalgo Parisca

27 marzo 2026 | Opinión

Entre los servicios que los partidos políticos deben prestar a la ciudadanía, está el de fungir como escuelas para formar políticamente a sus militantes. Ese servicio le permitiría a las organizaciones partidistas optimizar su funcionamiento interno y propiciar la excelencia en el desempeño de las funciones públicas por parte de sus dirigentes y adherentes.
El abandono o la desestimación de la importancia de ese compromiso en el área educativa, ha sido una de las principales fuentes de perversión y desnaturalización de estas organizaciones. El pragmatismo electoralista se ha impuesto como la principal actividad, en algunos casos como la única, del partido, convirtiéndolo, de hecho, en una mera maquinaria para ganar elecciones sin importar la calidad de sus candidatos, los procedimientos empleados para lograrlo y, mucho menos, las propuestas de cambio a poner en práctica desde la posición a la que se aspira llegar. Frases como, “lo importante es ganar las elecciones que lo demás se da por añadidura”, son expresiones de la mas grotesca irresponsabilidad ciudadana. Alcanzar una posición pública sin estar preparado para ello y sin saber que hacer, es tan inmoral como robársela.
Ese electoralismo a ultranza, y el pragmatismo rampante asociado a esa manera de concebir la política, en la que ésta se ve como una actividad  desprovista de valoraciones éticas, en la que las competencias personales y profesionales no tienen mayor relevancia y, donde la lealtad a un proyecto histórico de cambio social tampoco significa nada, han convertido a los partidos en unas maquinarias sin alma, contrarias a los principios filosóficos de la democracia liberal. Esa manera de visualizar a los partidos políticos es la que les ha generado el rechazo, la desconfianza y el desprestigio frente a la mayor parte de los ciudadanos.  
La carencia de una elemental formación política y ciudadana, que incluya los principios y valores esenciales que conforman la base moral en la que se inspiran los partidos, se ha constituido en el ambiente mas propicio para la entronización del sectarismo, la hegemonización, el autoritarismo y la corrupción.
La ignorancia política, la desinformación, la superficialidad analítica, la resistencia a la participación, la pereza intelectual y la indiferencia de gran parte de la sociedad civil frente a los asuntos públicos, ha provocado que muchos ciudadanos asuman una actitud pasiva, acrítica, voluble e irresponsable con respecto a la actividad política, por lo que fácilmente se dejan impresionar por los líderes “de moda”, por los que “hablan bonito” o tienen “buena presencia”,  fundamentos del mal llamado “carisma” que en el fondo no parece ser mas que desparpajo, cinismo, osadía y manipulación de imágenes.
Ser dirigente político se ha convertido en una manera fácil de figurar sin tener talento, de vivir sin trabajar y de influir en asuntos importantes sin contar con ninguna cualidad especial o mérito alguno. Ese tipo de líderes, reencarnación viviente de las llamadas “nulidades engreídas” y “reputaciones consagradas”, que tanto daño causaron en el pasado, se niegan a desaparecer del escenario político del país. Su presencia en ese espacio ha sido una de las principales causas de la actual tragedia nacional, por lo que estamos obligados a identificarlos y rechazarlos. La nueva realidad del país exige un liderazgo responsable, preparado en las materias o asuntos que le corresponderá manejar y dotado de una incuestionable solvencia moral.
Ya basta de los vicios del amiguismo, del nepotismo, del partidismo y de las solidaridades automáticas, como prácticas habituales en el desempeño público y privado de los líderes. No se puede seguir confundiendo lealtad a principios con incondicionalidad a personas. El liderazgo político del siglo XXI no puede ser un reencauchamiento de los defectos y errores que caracterizaron la actuación de los partidos en el pasado: ni la soberbia, ni el servilismo, ni la incoherencia, ni la indignidad son conductas o actitudes dignas de imitar ni estimular. El modelo estalinista de la organización y funcionamiento de las estructuras partidistas, en las que se exaltó el caudillismo, el centralismo y toda forma de discriminación y abuso de poder, debe ser desterrado para siempre de los partidos que sinceramente crean y proclamen su adhesión a los valores de la libertad y la democracia. Llegó el tiempo de hacer realidad la vigencia del liderazgo trascendente para que gobierne la eficacia, la decencia y la excelencia,
Ese nuevo liderazgo para ser aceptado, para tener credibilidad y generar confianza, además de predicar virtudes tiene que practicarlas en el ejercicio cotidiano de sus actividades. Tiene que haber coherencia entre lo que dice y lo que hace. Las virtudes que se pregonen deben ser vividas en el día a día. Tienen que ser un modelo de integridad personal. 
El prototipo de ese modelo superior de liderazgo es el que encarna en la actualidad la figura señera de María Corina Machado, que ha irrumpido en el mundo político venezolano con una inmanente carga ética. Ese modo de liderar, surgido desde las entrañas de la sociedad civil en medio de una tiranía brutal, emergió sin ninguna relación formal ni apoyo alguno de ningún partido nuevo o tradicional. 
Para sustentar orgánicamente el movimiento social de apoyo a sus planteamientos, viabilizar su participación electoral y darle coherencia doctrinaria al conjunto de las ideas que integran sus propuestas programáticas, ella promovió la creación de VENTE VENEZUELA como un nuevo partido político que subscribe los postulados del pensamiento liberal.
VENTE es una estructura partidista que ha introducido innovaciones organizativas y de funcionamiento interno, que deberían arrojar resultados positivos en el corto, mediano y largo plazo. Esta nobel y esperanzadora organización debería crecer y potenciarse dentro de la sociedad venezolana, deslastrada de los vicios, errores y desviaciones que caracterizaron el lamentable desempeño, especialmente durante los últimos años, de otras organizaciones políticas que frustraron los sueños de varias generaciones de venezolanos. 
Esa insurgencia del pueblo venezolano en contra del establisment político, que encontró en María Corina Machado el canal mas expedito para expresar su hartazgo e inconformidad con la dramática situación social, política y económica que le agobia, “pasó a retiro”, sin aviso y sin protesto, a toda la dirigencia política del país. Incluyendo por igual a los del gobierno y a los de la oposición. Ese es un hecho político inédito, nunca antes visto en Venezuela, y en muy pocos países del mundo. Lo mas parecido a este caso fue lo que sucedió en la Argentina durante la crisis del año 2001, cuando las masas populares enardecidas contra la clase política de ese país, se lanzaron a las calles gritando ¡¡QUE SE VAYAN TODOS!! Algo similar sucedió en Venezuela con los resultados electorales de la consulta primaria de 2023 para escoger al abanderado presidencial de las fuerzas opositoras, ratificado luego con la paliza electoral al oficialismo en el 2024.
Todo el liderazgo formal de la llamada Plataforma Unitaria Democrática quedó deslegitimado en ambos procesos. A partir de allí el mensaje ha sido muy claro, las organizaciones partidista que inspiran su accionar político en las corrientes filosóficas de los pensamientos socialdemócrata y socialcristiano, si quieren mantener su vigencia en la sociedad venezolana, no solo deben renovar totalmente sus cuadros de dirección alejados del anacrónico modelo estalinista de organización y funcionamiento, sino que también deben revisar y actualizar sus tesis ideológico-programáticas, que las desliguen definitivamente de las concepciones estatistas, centralistas y partidistas para el manejo de los órganos del Estado. 
En un mundo donde ya es evidente el fracaso irreversible de las concepciones socialistas en el manejo del Estado y orientación de la sociedad, no tienen cabida ni ofrecen ninguna opción de futuro las ideas que siguen pregonando el rol preponderante del estatismo, del mesianismo, del centralismo, del odio social y del colectivismo. En el mundo contemporáneo, a la par del reimpulso de las ideas en las que se fundamentó la democracia liberal, derivada de la Revolución francesa, de la reivindicación del libre mercado en el ámbito de la economía y de la revalorización de la libertad y la iniciativa individual, luce como un contrasentido persistir en axiomas superados abiertamente por las evidencias empíricas.
Lo que si es cierto es que en el mundo de las ideas, a pesar del predominio que ejercerá durante las próximas década la concepción del liberalismo político y económico, éste no tendrá las características de un pensamiento único, sino que en uso del principio de la libertad podrán presentarse diversas interpretaciones de esta corriente filosófica en los campos de la política y la economía. Eso abre la posibilidad de que en función de esas distintas acepciones acerca de lo que significa el liberalismo, puedan existir diferentes organizaciones partidistas que lo proclamen como su fuente de inspiración.
El partido VENTE, la fuerza política dominante en la actualidad y que seguramente se mantendrá durante los próximos años, parece que se encuentra sometido en varios estados y municipios al asedio de politiqueros de oficio que pretenden penetrar, por las buenas o por las malas, los comando de dirección de la organización. Para ello aplican sus usuales prácticas inescrupulosas, que si no son desenmascaradas y detenidas a tiempo pueden acarrear serios problemas, no solo a ese partido sino al funcionamiento mismo de la democracia que se quiere recuperar. La mayoría sana de toda la estructura interna tiene que mantenerse alerta y unida para enfrentar esos intentos de distorsión.    
Quienes estamos comprometidos con el proceso de cambio radical, para relanzar el proyecto democrático del país bajo nuevos paradigmas éticos y políticos, también tenemos que estar activos y vigilantes, a fin de colaborar y evitar distorsiones y desviaciones que frustren esta nueva experiencia de reconstrucción nacional.

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