Por: Abg. Luis Antonio Anaya Duarte
El mismo día que se anunció la alianza entre Donald Trump y Delcy Rodríguez, una punzada de certidumbre recorrió mi intuición. Presentí, de inmediato, que nada bueno podía emanar de semejante entendimiento, máxime cuando el magnate estadounidense se refirió a María Corina Machado con desdén, pretendiendo endilgarle carencias políticas e incapacidad intelectual y personal. Conozco bien los antecedentes de estos tres actores. Inundado por una honda molestia, no pude sino expresar a mi familia un apremiante pensamiento:
—Dios quiera que esté equivocado y que esto no sea una alianza diabólica entre dos factores para esquilmarnos a todos; ruego que sea tan solo una apariencia táctica para el logro de los fines debidos: el retorno a la democracia con todas sus implicaciones positivas.
En aquel momento, mi suspicacia brotaba de una constatación elemental: resultaba francamente inverosímil una verdadera sintonía entre Trump y María Corina Machado, dada la insalvable distancia que separa sus talantes. La rectitud doctrinaria y la transparencia de la líder venezolana chocan de forma irreconciliable con la ambigüedad axiológica del expresidente norteamericano. Intentar amalgamarlos equivalía, a mis ojos, a juntar el agua con el aceite.
Ha sido, precisamente, la fe inquebrantable en la conducta ética de la líder venezolana lo que nos ha permitido a los ciudadanos tragar el grueso y nauseabundo bolo de estos meses. Hemos sido testigos de una entente de corte gatopardiano, donde dos fuerzas contrapuestas parecen distribuirse el botín de sus respectivos intereses: por un lado, una dictadura empeñada en perpetuarse en el poder o, al menos, en dilatar su agonía garantizándose un futuro lo menos oneroso posible con las riquezas sustraídas al erario; por el otro, la pretensión de incrementar arcas particulares mediante la constelación de negocios que esta coyuntura cataliza. Ninguno de estos afanes ha redundado en beneficio de las naciones que hoy sirven de mera mampara para revestir de buenas intenciones sus actos.
Venezuela prosigue sojuzgada por la peste autoritaria, mientras Estados Unidos atraviesa convulsiones económicas y políticas que erosionan el bienestar de sus habitantes. Tal realidad confirma el cumplimiento de los mezquinos objetivos de los aliados, quienes resguardan sus agendas personales tras la máscara de unos intereses nacionales invocados siempre en futuro condicional. Mientras los pueblos padecen las miserables consecuencias de este escenario a ambos lados del mapa, los actores principales se refocilan en una danza de promesas y sumas astronómicas, en tanto los destinatarios de esos discursos caen progresivamente en el desespero.
En la orilla opuesta se erige María Corina Machado. Imbuida de valores democráticos, guiada por el respeto irrestricto al Estado de Derecho y movida por un profundo amor a Venezuela, ha debido transitar el arduo camino hacia la libertad sin más armas que la fuerza de su palabra. Una fe inquebrantable la ha mantenido firme y en pie de lucha desde hace más de dos décadas; una trayectoria pulcra y sacrificada que, si bien le ha acarreado sufrimientos personales, hoy es reconocida a escala nacional e internacional. Este reconocimiento simbólico universal tuvo su cúspide cuando el mundo le otorgó el Premio Nobel de la Paz.
Se trata de una mujer que, al margen de personalismos, ha situado a Venezuela y a su gente en la cúspide de sus prioridades. Ha invocado sin cesar la legitimidad que emana de la voluntad popular como depositaria del poder soberano. Merced a su labor incansable, el país ha rescatado un indómito espíritu de unidad y lucha, matizado por la esperanza que su liderazgo infunde frente a la impotencia ante los fusiles, las mazmorras y la geopolítica del hambre. Ese mismo pueblo al que el himno inmortalizó como «bravo», aquejado históricamente por el fraude, el engaño y la desilusión, ha sabido en momentos decisivos encarar la adversidad. Jamás ha perdido su carácter indomable; jamás será un buey uncido al yugo.








