La canonización del doctor José Gregorio Hernández, el médico de los pobres, y de la madre Carmen Rendiles, educadora, en reconocimiento a los milagros y virtudes heróicas de esos venezolanos de lujo, es un momento estelar en la historia de Venezuela.
El regocijo de nuestros paisanos y creyentes de otros países de Suramérica, quedó patentado frente al Santo Padre en Roma, como un hecho inolvidable.
La narcodictadura castrochavista le dio una respuesta de negativa canalla, a la petición de María Corina Machado y Edmundo González Urrutia, de aprovechar el episodio sagrado para ordenar la libertad de los casi mil presos políticos, humillados en las ergástulas del gobierno usurpador de Maduro y sus esbirros.
Afortunadamente el Secretario de Estado del Vaticano, cardenal Pietro Parolin, sí apoyó públicamente la solicitud de María Corina y Edmundo. Otro tanto hizo nuestro luminoso prelado Baltazar Porras Cardozo.
Y aunque hasta en las fiestas más sublimes aparece algo que deplorar, los católicos criollos no entendemos las conductas con aroma entreguismo o resignación, del Arzobispo de Caracas Raúl Biord Castillo y el Rector de la UCAB, Arturo Peraza SJ.
Tampoco nos explicamos el sonoro silencio del compatriota Superior mundial de los jesuitas, Arturo Sosa SJ.
Pero más allá de esas desagradables circunstancias, debemos celebrar a nuestros dos santos. Agradecer a los papas Francisco y León XIV, al tiempo que bendecimos a nuestra Iglesia católica que durante el cuarto de siglo de la tragedia castrochavista, ha sido un bastión de la resistencia de nuestro pueblo.
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