¿VENEZUELA AGRO EXPORTADORA? Raúl Alegrett

30 septiembre 2020 | Economía

¿Podrá la economía venezolana contar con una exportación significativa de productos del agro?

Una vez que Venezuela haya superado este oscuro período de su historia, deberá afrontar con urgencia el desafío de la recuperación y del desarrollo sostenible. La diversificación de la economía y la disminución de la dependencia de las exportaciones petroleras, deben estar entre las prioridades.

Desde sus orígenes hasta el inicio de la expansión petrolera, la agricultura y la foresta fueron base de la economía de Venezuela, constituyendo la totalidad de sus exportaciones. A partir de los años treinta con la explotación del petróleo en gran escala, la producción de otros bienes fue perdiendo significación y los pocos exportados carecían de significación frente al valor de las exportaciones petroleras. La política de sustitución de importaciones, adoptada a fines de los años cincuenta, contribuyó sólo en parte a disminuir el dominio de la renta petrolera en la economía venezolana y mucho menos en las exportaciones.

Después de casi un siglo de dependencia del petróleo, la economía del país enfrenta una situación muy comprometida, agravada por el deterioro que en los últimos veinte años ha sufrido la industria petrolera, tanto físico como financiero e institucional. La demanda de petróleo en el mercado internacional pierde dinamismo en razón de la creciente participación de otras fuentes de energía menos contaminantes, mientras que la oferta mundial tiende a crecer. Nuestra industria petrolera, con elevados costos de explotación, agravados por un largo período de desinversión y pobre mantenimiento, y con una producto en el cual la participación de petróleo de alta densidad, y por tanto de menor precio, es siempre mayor, disminuirá sus márgenes de beneficio y volúmenes de colocación, con la consecuente caída en los ingresos.

Ante este panorama es apremiante generar actividades económicas que contribuyan a superar la brecha de ingresos y asegurar a los venezolanos un nivel de vida al menos cercano al de comienzos de los años setenta, antes del primer boom de los precios del petróleo. Ello exige identificar actividades con potencial, lo cual implica una buena disponibilidad de los factores productivos, la existencia de mercados estables y condiciones favorables para el aprovechamiento eficiente de los recursos.

Al lado de la inversión en educación, así como de la recuperación acelerada de nuestra industria del petróleo y derivados, prioridades no discutibles por cuanto sin avances significativos en estas áreas se compromete la posibilidad de las demás, el desarrollo de la producción agrícola debe estar incluido entre los programas prioritarios de un futuro gobierno. No sólo por su incidencia en la seguridad alimentaria de la población y en la soberanía del país, sino como elemento destacado en el fortalecimiento de nuestra economía, tanto por su participación en el producto nacional y en la balanza comercial, como en la ocupación y el desarrollo regional.

A partir de la expansión del petróleo la agricultura venezolana ha sido vista por muchos como un sector atrasado e ineficiente, incapaz de asegurar la alimentación básica de los venezolanos y apenas capaz de exportar algunos productos tradicionales, cuyo comercio representa un porcentaje insignificante del valor total de exportaciones del país, lideradas por el petróleo. Durante más de setenta años la preocupación fundamental de los gobiernos y de los productores mismos, ha estado centrada en producir para el mercado interno y reducir las importaciones. La agricultura venezolana de los nuevos tiempos no sólo debe ser capaz de satisfacer la mayor parte de la demanda interna de alimentos y otros productos agrícolas, sino que también deberá desarrollar renglones de exportación competitivos. La balanza comercial de productos agrícolas con el exterior ha sido ampliamente negativa por casi un siglo; esta situación debe y puede revertirse. Para lograrlo, al lado del aumento de producción en renglones básicos del consumo interno, es necesario potenciar al máximo el aprovechamiento de recursos que permitan generar excedentes para la exportación.

De acuerdo a la evaluación de las condiciones naturales del territorio venezolano, un tercio aproximadamente de la superficie total del país sería apta para la explotación agrícola, excluida la actividad forestal. De esta superficie la mayor parte, casi el 80%, es aprovechable para ganadería. Del 20% restante, sólo menos del 8% pudiera destinarse a cultivos de ciclo corto como cereales, hortalizas, tubérculos, oleaginosas y otros, mientras que para cultivos de plantación como café, cacao, palma de aceite, frutas tropicales, plátano, caña de azúcar, etc, se dispondría de algo más del 12% del total de la superficie agrícola. Por sus condiciones climáticas Venezuela tiene mayor potencial para la producción de cultivos que ocupan el suelo por un año o más, como los cultivos tradicionales de café y cacao, los árboles frutales, las palmas, el plátano, la caña de azúcar, las raíces y los pastos, mientras que presenta limitaciones para la mayoría de cultivos de ciclo corto, como la mayoría de los cereales, las hortalizas, las leguminosas de grano y oleaginosas como el algodón, el girasol y la soya, todos ellos de consumo masivo en el país.

A inicios de la segunda década de este siglo la superficie aprovechada en explotaciones ganaderas se estimaba en menos del 70% de la superficie potencialmente apta para esa actividad. El cuanto a la agricultura vegetal, los cultivos permanentes y semi-permanentes en producción cubrían bastante menos del 25% de la superficie potencialmente apta para esos cultivos y todo indica que en los últimos años tal superficie ha sufrido una sensible reducción. Existe entonces la posibilidad de una expansión significativa del área utilizada en ambos renglones de actividad.

Sin embargo debe tomarse en cuenta que la aptitud para cada cultivo no es homogénea en las superficies disponibles y que, cómo es lógico suponer, las mejores áreas accesibles están ya siendo aprovechadas. Por tanto, además de la expansión de la superficie utilizada, es necesario mejorar el uso eficiente. En primer lugar incorporando el cultivo adecuado y luego, desarrollando una producción rentable y competitiva.

Venezuela tiene condiciones reales para desarrollar un ambicioso programa de exportación de productos agrícolas. Tanto en productos de la ganadería como del grupo de cultivos permanentes y semi-permanentes antes mencionados. La mayor parte de estos productos presentan una demanda creciente en países de alto ingreso. Adicionalmente es factible realizar exportaciones menores o eventuales de otros cultivos como hortalizas, arroz, ajonjolí, azúcar refinado. Ciertos productos exportables, como el azúcar refinado, el arroz y productos cárnicos, incluyen valor agregado beneficiando así a la agroindustria nacional. Los productos agrícolas también están presentes en la exportación de cigarrillos, bebidas alcohólicas, chocolates, jugos y preparados de fruta, conservas y productos congelados de carne o pescado y otros frutos del mar.

Existiendo satisfactorias condiciones para la producción de cultivos seleccionados, es necesario asegurar la eficiencia de su explotación. Para que el cultivo pueda ser sostenidamente competitivo debe desarrollarse en un contexto de elevada productividad, lo que significa que el rendimiento físico debe ser alto, pero también que los costos de producción (insumos, mecanización, mano de obra, renta de la tierra) deben ser bien controlados, logrando la mayor eficiencia. Esta condición se vincula estrechamente con el nivel de tecnología y las prácticas de cultivo, pero además con una administración eficiente.

Nuestro país dispone actualmente de un contingente de agricultores de vanguardia con capacidad para adoptar las prácticas y técnicas exigidas, pero requieren del apoyo del sector público en términos de seguridad jurídica, de facilidades de financiamiento y de acceso a la provisión de insumos, de servicios de investigación y experimentación. Estos últimos no se limitan a la fase productiva sino que también a la conservación y procesamiento primario del producto. Paralelamente al apoyo a la producción, el Estado debe considerar algunos incentivos específicos a la exportación, así como garantizar adecuada infraestructura vial, ferroviaria, portuaria y aeroportuaria, promover servicios y equipamiento especializado y asegurar las facilidades relacionadas para un eficiente transporte y expedición de los productos.

Un elemento que amerita especial consideración es la distorsión causada por la paridad cambiaria. Durante décadas la sobrevaloración de nuestra moneda, consecuencia del elevado

ingreso de divisas generadas por la exportación de petróleo y el saldo favorable de la balanza comercial, impuso un marcado sesgo importador a nuestra economía y restringió eventuales posibilidades de diversificar exportaciones. Todo ello contribuyó a obstaculizar el desarrollo de la agricultura y de la industria local, con el apoyo tácito de los consumidores quienes disfrutaban de ingresos en moneda dura y del beneficio de poder adquirir bienes de calidad a precios asequibles. En este contexto la posibilidad de desarrollar empresas industriales o agrícolas nacionales estaba más o menos condicionada a la aplicación de subsidios bajo distintas modalidades. Las nuevas condiciones del país exigen corregir las distorsiones existentes mediante políticas macroeconómicas  idóneas.

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