Ciudades sin ciudadanos Noel Álvarez

28 septiembre 2026 | Opinión

El termómetro más preciso de la salud de una sociedad no se mide por la cantidad
de leyes promulgadas ni por los discursos altisonantes, sino por la fluidez de sus
interacciones diarias. Es en la calle, en el transporte, en la cola del mercado o en
el gimnasio donde verdaderamente se pone a prueba la calidad de la ciudadanía.
Lamentablemente, de un tiempo a esta parte, parecemos haber entrado en una
dinámica donde el respeto al espacio ajeno y el sentido del deber colectivo se
diluyen frente a la prisa, la conveniencia personal y el individualismo salvaje.
Un ejemplo cotidiano de esta degradación lo encontramos en el tránsito terrestre,
un escenario convertido en una jungla sin reglas claras. Resulta indignante
observar cómo vehículos particulares y el creciente número de motorizados se
apoderan del rayado peatonal, invaden las aceras y acorralan al caminante. La
acera, que históricamente había sido el refugio sagrado de las familias y los
ancianos, hoy es un viaducto peligroso donde se estacionan y transitan
motocicletas a alta velocidad. Tampoco se salvan los propios peatones, quienes a
menudo cruzan las avenidas con imprudencia y desdén hacia el semáforo.
A este panorama se suma el grave peligro que se vive en las avenidas principales
y autopistas. Filas de motorizados que se desplazan a altísima velocidad por el
estrecho canal intermedio entre vehículos, confiando su suerte únicamente al
sonido implacable de su corneta. Pareciera que a muchos se les olvida la
existencia de un mecanismo llamado freno, limitándose a acelerar en espacios
reducidos donde el menor imprevisto desencadena una tragedia. Diariamente
presenciamos accidentes lamentables donde la apertura de una puerta o un leve
roce termina con el motorizado en el pavimento, pagando con su propia integridad
física la falta de prudencia y prevención.
La falta de cortesía al volante no se limita a la invasión de espacios. El principio
del paso intermitente en las intersecciones, esa regla básica de convivencia que
permite que el tráfico fluya con elegancia y sentido común, ha sido reemplazado
por la agresividad y el afán de meter el carro a la fuerza. No ceder el paso al
vehículo que cruza, no dar prioridad a las personas mayores o ignorar el derecho
de paso de un peatón en un cruce no son faltas menores; son síntomas de una
sociedad impulsiva que ha perdido la noción de la empatía y la cortesía elemental.
Esta misma falta de consideración se traslada sin filtros a las dinámicas de la vida
comunitaria diaria. El arte de la cola urbana parece haber perdido su código de
honor social. El acto de meterse en una fila donde otros han esperado
pacientemente para un trámite o compra ya no produce vergüenza en quien lo
ejecuta. Se asume la viveza como virtud y el respeto como debilidad. A esto se le
suma la indiferencia hacia los adultos mayores o las personas con movilidad

reducida, a quienes se les niega el asiento o la preferencia de atención de forma
indolente.
Incluso los espacios destinados al esparcimiento y la salud, como los gimnasios,
se han transformado en microambientes de insensibilidad. Allí abundan usuarios
desconsiderados que acaparan dos y tres máquinas simultáneamente para revisar
el teléfono celular, sin importarles el tiempo de quienes esperan su turno. Otros
dejan los equipos sudados por no usar toalla —o compartiendo apenas una
pequeña entre varios—, mientras abandonan mancuernas y discos regados por el
suelo. Esta falta de respeto demuestra que el problema no radica en la
infraestructura, sino en la ausencia de una educación ciudadana básica que
entienda que todo espacio compartido exige empatía y cuidado mutuo.
A estas conductas indeseables se suman la contaminación acústica descontrolada
de quienes colocan música a alto volumen sin importar la hora ni el descanso del
vecino, la costumbre de arrojar desperdicios desde las ventanas de los
automóviles, el uso abusivo de la corneta en todos los espacios públicos, incluso
ante clínicas y hospitales. Todas estas acciones, aunque parezcan aisladas,
componen un tejido social fracturado que genera frustración, agresividad y
desconfianza constante entre los ciudadanos.
Rescatar la convivencia urbana exige, ante todo, una profunda siembra de
educación vial y civismo en todos los niveles. La verdadera libertad no consiste en
hacer lo que nos venga en gana en perjuicio del prójimo, sino en ejercer nuestros
derechos respetando escrupulosamente los límites que garantizan la paz, la
seguridad y el bienestar de toda la comunidad.
*Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE
noelalvarez10@gmail.com

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