El silencio cuesta dinero. En el Centro Comercial Parque Cerro Verde, una pareja puede entrar a una sala de cine sin cargar bolsas, sin hacer fila por cotufas y sin levantarse de una butaca de cuero para pedir una copa de vino. La noche —dos entradas, comida y una bebida— puede rozar los 100 dólares.
A pocos kilómetros de allí, 31,7% de los hogares venezolanos no tiene ingresos suficientes para cubrir la canasta alimentaria.
Entre ambas escenas hay un modelo de país, uno donde el consumo de lujo encuentra clientes, incluso mientras la mayoría calcula qué puede sacrificar antes de llegar al final del mes.
Cinex VIP, en Parque Cerro Verde, y CinepicVery V.I.P., en el Centro Lido, no son anomalías aisladas. Tampoco simples extravagancias. Ambos son negocios construidos para una franja reducida, dolarizada y estable de consumidores que puede convertir una salida al cine en un gasto equivalente a una porción relevante de un salario mensual promedio.
La pregunta no es por qué existen. La pregunta es qué dicen sobre una economía donde una salida al cine puede costar, para dos personas, lo mismo que la comida de varias semanas para otros hogares.
La movida en Cerro Verde
El centro comercial, ubicado en Los Naranjos, no recibe al visitante con el ruido habitual de un centro comercial caraqueño.
En sus pasillos no hay una sucesión de promociones gritadas desde altavoces ni el tránsito apurado de quien entra, compra y se va. Hay calma, iluminación tenue y una disposición del espacio que sugiere que el tiempo puede gastarse sin urgencia. Porque se puede.
En la entrada, una caramelería amplia convive con una tienda de artículos vinculados a las películas en cartelera y una pequeña juguetería de gama alta. Hay estantes iluminados, figuras coleccionables, dulces importados y productos que desplazan la experiencia del boleto a la compra adicional.
El espectador atraviesa una zona comercial que le recuerda, desde el principio, que el entretenimiento tiene escalas.
La empresa opera alrededor de 120 salas en el país. Cerro Verde es su única sede concebida completamente bajo el formato VIP. Cinex mantiene salas de esta categoría en complejos como San Ignacio, Tolón y El Hatillo, pero en ninguno de ellos el concepto ocupa todo el espacio.
A un costado, una enorme barra patrocinada por Ron Santa Teresa instala un concepto distinto al de una concesión convencional. Hay tragos desde 12 dólares, dobles por 24, vinos y espumantes. La iluminación cálida, las botellas alineadas y el personal que atiende a pocos clientes remiten más a un bar de hotel cinco estrellas que a un cine.
En la sala, la proyección láser ofrece una imagen limpia y definida. El sonido Dolby 7.1 llena el recinto; no se impone. Las voces, la música y los efectos parecen ocupar capas distintas del espacio. Pero la tecnología no es el núcleo del negocio. El asiento lo es.
Las primeras filas disponen de butacas-cama; el resto cuenta con puestos amplios, reclinables y separados por una distancia que evita el roce con otros espectadores. El cuerpo no permanece en posición de espera, como ocurre en una sala tradicional. Se acomoda, extiende y permanece. Hay espacio para la bebida, la comida y las piernas.
Lido Very V.I.P.
En el Centro Lido, en la avenida Francisco de Miranda, la experiencia tiene otro registro. No se apoya tanto en la novedad comercial como en la recuperación de una referencia urbana.
El antiguo Teatro Lido abrió puertas en 1946. Cerró en 2019. Su reapertura, ahora como CinepicVery V.I.P., implica una inversión de un millón de dólares por parte del Grupo Sambil y transforma el espacio en dos salas de 60 butacas cada una.
La escala es deliberadamente pequeña. Y es que ellos no buscan recibir multitudes, sino administrar la intimidad.
El servicio comienza en la acera. El servicio de estacionamiento personalizado (valet parking), incluido en la entrada de 15 dólares, recibe el vehículo en la puerta. No hay búsqueda de puesto ni caminata a la intemperie. Es una diferencia menor en apariencia, pero significativa en el diseño del servicio. El cliente paga por reducir fricciones desde antes de cruzar la entrada.
Dentro, la sala privilegia colores sobrios, superficies oscuras y una distribución que evita la sensación de un auditorio lleno. Las butacas están tapizadas en cuero, son reclinables y tienen apoyapiés y mesa integrada. Cada asiento funciona como un espacio propio: una pequeña estación en la cual se come, se bebe y se mira.
La plataforma Cinex permite pedir comida y bebidas sin abandonar la butaca. El teléfono reemplaza la fila. El mesero reemplaza la bandeja llevada a oscuras. La sala reduce los movimientos del espectador para que la experiencia sea lo más continua posible.
Cerro Verde ofrece una versión más expansiva y comercial del lujo: tienda, dulces, barra, gastronomía y tecnología. El Lido se inclina por una experiencia contenida, con menos asientos y un peso mayor de su historia arquitectónica. Ambos venden cine, pero el producto real es otro: acceso a un espacio donde el tiempo, el cuerpo y el servicio se organizan alrededor de quien paga.
¿Y los precios?
La comodidad tiene una cifra concreta.
En Cerro Verde, la entrada VIP cuesta 25 dólares por persona, según las tarifas vigentes en agosto de 2026. El combo más económico del menú gourmet parte de 24 dólares. Es decir, una entrada y una comida superan los 50 dólares por persona antes de sumar bebida, transporte o estacionamiento.
Para una pareja, la salida puede acercarse a 100 dólares y, en Venezuela, esa cifra podría considerarse un ingreso.
Para dimensionarlo: una entrada a una sala convencional de Cinex cuesta entre 4 y 6 dólares. Una butaca reclinable en sala no VIP, 7,5 dólares. Una butaca-cama fuera del circuito VIP, 9,5. Una función 4DX, entre 12 y 15.
La entrada VIP de Cerro Verde multiplica por cuatro o cinco el boleto más común del propio Cinex, y supera, según cifras citadas por el economista Asdrúbal Oliveros, el costo medio de una sala VIP en Madrid, Bogotá o Miami.
Asdrúbal Oliveros: «Los precios y los salarios venezolanos pertenecen, en buena medida, a dos economías distintas» |Foto: Ezequiel Carías
Oliveros ofrece una respuesta sin ambigüedades. «Hay que distinguir entre poder pagar cien dólares alguna vez y tener capacidad económica para incorporarlos de forma permanente en un presupuesto de ocio. Son dos cosas muy distintas».
Las encuestas de ingresos de Ecoanalítica, con datos de junio de 2026, dibujan la pirámide social del país: 36,4% de la población gana hasta 100 dólares mensuales —el segmento que la Encovi 2025 ubica en pobreza extrema, 31,7% de los hogares—; 26,3% gana entre 101 y 300 dólares; 16,6% entre 300 y 600; 5,6% entre 600 y 1.000; y apenas 5,3% supera los 1.000 dólares al mes.
«El target es ese 11%», resume.
Salarios y nichos
El salario promedio del sector privado venezolano se ubicó en 283 dólares mensuales durante el primer trimestre de 2026, según Fedecámaras; el Observatorio Venezolano de Finanzas lo calcula, para el área metropolitana de Caracas, en torno a 237.
Una salida de pareja al cine VIP —entrada, combo, licor— puede consumir entre un tercio y casi la mitad de ese ingreso mensual en una noche.
Asdrúbal Oliveros explica la distorsión. «Los precios y los salarios venezolanos pertenecen, en buena medida, a dos economías distintas», dice.
El salario responde a la productividad, el tamaño de las empresas y la debilidad del mercado laboral. Los precios privados, en cambio, se fijan sobre costos dolarizados e internacionales, y sobre sobrecostos que en una economía mejor organizada no existirían: electricidad de respaldo, agua, internet redundante, seguridad, inventarios elevados por la incertidumbre del abastecimiento, y una carga tributaria y parafiscal considerable. «Venezuela es un país costoso por todo eso», infiere.
Que el fenómeno parezca exclusivo de una élite no lo vuelve irracional. «Muchas empresas venezolanas entendieron que ya no podían construir su rentabilidad sobre una gran clase consumiendo masivamente. Ese mercado se contrajo muchísimo», explica Oliveros.
La respuesta fue cambiar la ecuación: menos clientes, boleto promedio mayor, experiencia diferenciada.
«Un cine VIP no necesita que treinta millones de venezolanos puedan pagarlo. Necesita identificar unos miles de consumidores de alto ingreso dentro de una zona geográfica determinada y conseguir suficiente frecuencia de visita».
La misma lógica, señala, ya construyó restaurantes, clínicas, supermercados y tiendas alrededor de micromercados de alto poder adquisitivo.
En el otro extremo del espectro, asegura, conviven proyectos como el cine de La Candelaria, de corte popular, dirigido al mercado masivo que Cerro Verde y el Lido ignoran por diseño.
Ese nicho, además, compite consigo mismo. El mismo dólar que paga una entrada VIP también puede pagar una cena en un restaurante premium, una membresía de gimnasio o un vehículo: «Son empresas distintas, pero están disputándose el mismo ingreso de ese segmento».
De escapes y espejismos
El doble terremoto del 24 de junio añadió una variable a la ecuación del consumo. Lejos de contraerlo, ciertos eventos traumáticos lo reactivaron.
En una economía con cuatro décadas de inflación, ese impulso se combina con otro, más estructural: la desconfianza en el ahorro. Cuando el dinero pierde valor con rapidez y el futuro es incierto, consumir hoy deja de ser un capricho y se vuelve, para quien puede pagarlo, una forma racional de administrar el riesgo.
Aun así, Oliveros insiste en no sobredimensionar el factor emocional. Lo que sostiene esta oferta, antes que la economía del escape, es la existencia de un nicho de alto ingreso con la disciplina de gasto necesaria para sostenerla.
Cabe preguntarse si estas salas de butacas de cuero anuncian una recuperación real. Oliveros corta la hipótesis de raíz: «El consumo de lujo no muestra recuperación económica por sí solo».
Que abran restaurantes de lujo, concesionarios o cines VIP confirma que existe un segmento con capacidad adquisitiva y empresarios dispuestos a atenderlo. No confirma que la economía, en su conjunto, haya sanado.
La Encovi sigue mostrando que 68,5% de los hogares vive en pobreza monetaria y 55% en pobreza multidimensional.
La pregunta que decide el futuro de este modelo no es si hay un consumidor capaz de pagar 100 dólares por una noche de cine. Existe, sí, y según Oliveros no va a desaparecer. La pregunta es cuánto dura su interés: «El factor novedad puede garantizar ocupación durante las primeras semanas o meses, pero la verdadera prueba empieza después: cuántas personas regresan, con qué frecuencia, cuánto gastan por visita».
Estos proyectos combinan una inversión inicial elevada con costos fijos altos, lo que exige una ocupación mínima y un boleto promedio determinado solo para alcanzar el punto de equilibrio. «El riesgo principal no es que el consumidor VIP desaparezca. El riesgo es sobreestimar su tamaño, su frecuencia de consumo, o que te perciba aburrido y deje de ir», concluye.
En Cerro Verde y en el Lido, las butacas de cuero se llenan. En algún punto de Caracas, casi siete de cada diez hogares hace cuentas para llegar a fin de mes con lo básico. Las dos escenas ocurren en la misma ciudad, a la misma hora, y ninguna de las dos necesita a la otra para existir.
Ese, precisamente, es el país que describe Oliveros: uno donde conviven, sin tocarse, dos economías que hablan el mismo idioma y usan la misma moneda, pero con bolsillos diferentes. (Especial-EN)













