Tras haber nacido con apenas 33 semanas de gestación, la bebé de Claris Marcos permanecía conectada a oxígeno en el área de neonatología del Hospital del Seguro Social de La Guaira cuando los terremotos del 24 de junio transformaron el centro médico en un escenario de caos. Los equipos caían al suelo, el personal corría y, en medio de la desesperación, las madres que recién habían dado a luz se quedaron prácticamente solas. Horas después, gracias al esfuerzo titánico de familiares y voluntarios, lograron salir del lugar. Sin embargo, la emergencia no terminó aquella noche. Para Marcos, las semanas posteriores estuvieron marcadas por la interrupción de controles médicos y una profunda carga emocional que todavía intenta procesar. Por eso acudió el martes 4 de agosto a la jornada médica organizada por la Fundación Más que un Aporte en Caraballeda. Necesitaba una revisión ginecológica que no había podido realizar desde el nacimiento de su hija.
La historia de Claris se repite entre decenas de mujeres que, además de haber sobrevivido al desastre, ahora enfrentan una crisis para acceder a servicios básicos de salud sexual y reproductiva en medio de una emergencia humanitaria. La situación es especialmente preocupante entre embarazadas y adolescentes que desde hace más de un mes se encuentran viviendo en refugios improvisados o campamentos levantados junto a edificios parcialmente colapsados.
La iniciativa nació de una realidad que comenzó a hacerse evidente apenas iniciaron los recorridos por las comunidades afectadas en La Guaira. Miles de mujeres habían perdido sus historias médicas, sus exámenes prenatales, el contacto con sus médicos tratantes o incluso los centros donde recibían atención.
Estimaciones de organismos internacionales citados por Pazos indicaban que antes del desastre existían alrededor de 30.000 mujeres embarazadas en La Guaira, de las cuales unas 4.000 se encontraban próximas al parto.
Ante ese escenario, la fundación convirtió en prioridad la continuidad de los controles prenatales y de la atención ginecológica, tomando como base protocolos que ya existen a nivel internacional para la atención de mujeres bajo estas condiciones.
Una consulta médica en medio del desastre
El hospital de campaña levantado en los espacios del restaurante McDonald’s de Caraballeda, en La Guaira, se convirtió desde el inicio de la emergencia en una especie de consultorio colectivo. Desde temprano comienzan a llegar mujeres embarazadas, madres recientes, adolescentes acompañadas por familiares y sobrevivientes que buscan resolver problemas de salud que quedaron relegados por la emergencia.
Dentro del grupo que esperaba por atenderse se encontraba Claris, en compañía de su madre, Claudia, que sostenía en sus brazos a la pequeña bebé de la joven. Es la primera vez desde los terremotos que la joven recorre La Guaira y observa el nivel de destrucción en el que quedó la ciudad donde ha hecho su vida. Tiene los sentimientos a flor de piel. Aunque no perdió a ningún familiar cercano, sí fallecieron muchos amigos, vecinos y compañeros de trabajo, entre ellos, una joven embarazada de pocos meses.
Claris casi perdió a su hija. Debido a su delicado estado de salud por haber nacido prematura, la pequeña se encontraba en incubadora cuando la tierra comenzó a moverse. «Fue una locura porque no teníamos los medios para para sacar a la los niños de allí y as personas no nos querían ayudar porque no se atrevían a subir al piso donde se encontraban. Casi a las 9:00 pm fue que pudimos sacar a siete niños prematuros, únicamente con ayuda de mi esposo, mis dos hermanos, el papá de otra bebé hospitalizada, algunas mamás, la doctora de neonatología, una enfermara y una mucama. Mi hija estuvo casi 30 minutos sin oxígeno, al igual que los otros prematuros. Prácticamente entre los padres obligamos a una ambulancia a trasladarnos a Caracas», recordó.
Una vez en Caracas, los bebés fueron ingresados al Hospital General Dr. Miguel Pérez Carreño IVSS. La hija de Claris estuvo algunos días en estado delicado por el tiempo que pasó sin oxígeno, sin embargo, logró recuperarse y fue dada de alta luego de dos semanas. «Ella fue la que más rápido salió del hospital, lamentablemente otra bebé que estaba junto a ella no lo logró y falleció».
Tras volver a La Guaira, Claris buscó la atención médica que no había podido recibir en semanas. Se enteró del trabajo de la Fundación Más que un Aporte y decidió acercarse en busca de alivio para algunas molestias que estaba presentando por no haber cumplido adecuadamente con el reposo postparto.
Otras jóvenes presentes en la jornada acudieron para retomar sus controles prenatales. Otras buscaban orientación sobre planificación familiar. También había quienes llegaban únicamente para escuchar, por primera vez desde el terremoto, el latido de sus bebés.
Ese fue el caso de María de Jesús Gutiérrez, embarazada de seis meses y medio. «Me enteré por medio de una amiga que habría una jornada acá. Me fue muy bien. Excelente el doctor, excelente el trato. Estaba preocupada, pero por fin pude escuchar el corazón de mi bebé», contó después de salir de consulta.
Aunque su vivienda no sufrió daños estructurales importantes, la tragedia dejó profundas heridas en su entorno familiar. «Perdí a mi prima. Éramos muy apegadas y siento que he caído como en depresión. Sin embargo, sé que tengo que estar bien porque todo lo que me pasa a mí también le afecta a mi bebé», comentó acariciando su vientre.
Su embarazo también sufrió otra consecuencia menos visible. Desde mayo no había podido asistir a controles médicos debido a que la maternidad donde recibía atención en La Guaira resultó afectada por los terremotos y todavía permanece fuera de servicio. «Es preocupante porque estoy en mi último trimestre de embarazo. Trato de estar tranquila, pero si es muy difícil todo lo que está pasando y todo la gente que perdimos», explicó.
Más allá de la pérdida de infraestructura hospitalaria, las condiciones de vida posteriores al terremoto representan un desafío adicional para quienes continúan sus embarazos. Dormir sobre colchonetas o en carpas improvisadas, no disponer de agua potable de forma permanente, carecer de baños adecuados o enfrentar dificultades para alimentarse bien incrementa los riesgos obstétricos.
«Los problemas son multifactoriales. La mujer embarazada necesita condiciones óptimas para descansar, una alimentación balanceada de alto valor proteico y condiciones sanitarias adecuadas. Si eso no existe, aumenta el riesgo de infecciones urinarias y ginecológicas», señaló el doctor Pazos.
Esas infecciones pueden desencadenar complicaciones severas, entre ellas, amenazas de parto prematuro, ruptura temprana de membranas e incluso infecciones en el recién nacido.
A esos riesgos se suma el impacto psicológico que dejó la tragedia. El estrés extremo, la pérdida de familiares, el desplazamiento y la incertidumbre sobre el futuro también afectan la evolución de un embarazo.
«Los estados de estrés pueden generar procesos inflamatorios, aumentar las contracciones, producir ansiedad, alterar el sueño y comprometer el estado nutricional del bebé», explicó el especialista.
Por eso, además de realizar ecografías y evaluaciones ginecológicas, las jornadas buscan identificar tempranamente a las pacientes con mayor nivel de riesgo para canalizarlas hacia centros donde puedan recibir seguimiento especializado.
No se trata únicamente de atender una consulta, dijo Pazos, se trata de impedir que una segunda emergencia —más silenciosa, menos visible y profundamente desigual— termine agravando las consecuencias de la primera.
Embarazos adolescentes, anticoncepción y violencia sexual
A las consultas que ofrece la Fundación Más que un Aporte en La Guaira también llegan muchas adolescentes. Algunas por primera vez. Otras acuden para recibir información sobre métodos anticonceptivos. También están quienes llegan tras haber iniciado su vida sexual sin acceso a orientación médica, mientras que algunas están embarazadas.
Para el ginecobstetra, todas forman parte de un grupo que los terremotos expusieron a riesgos todavía mayores. «Desafortunadamente, a raíz de toda esta situación son muchas las adolescentes que quedaron desprotegidas y sin supervisión familiar. Al estar en albergues o refugios, sin condiciones óptimas, se hacen mucho más vulnerables a embarazos no planificados y no deseados», advirtió Pazos.
Esta preocupación forma parte de un problema que Venezuela arrastra desde hace años y que, según el especialista, la emergencia sísmica amenaza con profundizar. La tasa de embarazo en adolescentes en Venezuela es una de las más altas de Latinoamérica, con un estimado de 101 casos por cada 1.000 jóvenes de entre 15 y 19 años, según reportes de organizaciones expertas en salud reproductiva y ONGs locales como Cedesex.
«Ya era un problema nacional; el terremoto solo lo hizo más visible», señaló Pazos al explicar que la diferencia es que ahora convergen múltiples factores que incrementan esa vulnerabilidad, especialmente en las jóvenes que se encuentran en refugios, campamentos improvisados donde falta la energía eléctrica y los niveles de seguridad son limitados.

A displaced resident lies on a bunk bed inside a temporary shelter set up at the Jose Maria Vargas sports complex housing people displaced by the twin earthquakes in Maiquetia, La Guaira state, Venezuela, on July 13, 2026. The death toll from the twin earthquakes that struck Venezuela nearly three weeks ago has surpassed 4,500, while the number of injured remains at about 17,000, according to the latest government report released on July 13. (Photo by Federico PARRA / AFP)
«Hay mucha gente sin supervisión. Ese es uno de los grandes riesgos que estamos enfrentando hoy como sociedad. Es un llamado de atención para los líderes sanitarios y para los responsables de refugios y albergues. Los sistemas de supervisión, aislamiento y condiciones sanitarias deben recibir una atención superior», manifestó.
El especialista considera que la respuesta humanitaria no puede limitarse únicamente a distribuir alimentos, agua o medicamentos. También debe incorporar medidas específicas para proteger a niñas y adolescentes.
Además de enfocarse en las menores de edad, la respuesta diseñada por la fundación contempla un componente que pocas veces aparece asociado a un desastre natural: la planificación familiar. Durante cada jornada, además de consultas ginecológicas, ecografías y evaluación prenatal, el equipo distribuye gratuitamente métodos anticonceptivos.
El objetivo, según Pazos, es prevenir que la crisis derive en una segunda emergencia sanitaria. «Estamos aplicando de manera masiva métodos anticonceptivos. Los de barrera tienen un doble objetivo: evitar embarazos precoces y prevenir enfermedades de transmisión sexual», indicó.
La estrategia incluye preservativos, anticonceptivos hormonales inyectables de aplicación mensual y trimestral, así como la posibilidad de incorporar implantes subdérmicos cuando existan las condiciones para ello.
Para el especialista, la prevención adquiere una dimensión distinta en medio de una emergencia de esta magnitud. «Ya tenemos una condición vulnerable. Ya existe un problema. No podemos permitir que ahora se sigan embarazando mujeres bajo esta situación», sostuvo.
Otro de los ejes del programa diseñado por la Fundación Más que un Aporte aborda la violencia basada en género, un fenómeno que suele permanecer oculto durante las crisis humanitarias.
Desde las primeras jornadas, contó el doctor, comenzaron a recibir relatos que encendieron las alarmas. «No hemos tenido únicamente embarazadas. También hemos recibido notificaciones de adolescentes abusadas, manipuladas y extorsionadas en diferentes niveles. Son situaciones alarmantes que hay que atender de manera inmediata», afirmó Pazos.
Por esa razón, además del equipo médico, la organización incorporó abogados especializados para atender las denuncias.
«Si una mujer ha sido víctima de violencia o abuso de género, contamos con un equipo legal especializado. Se le brinda el manejo médico correspondiente y también el acompañamiento jurídico», explicó.
La salud menstrual es parte de la emergencia
Cuando se habla de asistencia humanitaria después de un terremoto, rara vez aparece otro aspecto esencial para miles de mujeres como lo es la menstruación.
Pazos sostiene que garantizar la salud menstrual también constituye una medida de protección.
«Estamos buscando ofrecerles a todas estas mujeres una condición digna de salud menstrual. Desafortunadamente, son muchos los lugares donde no existen condiciones sanitarias óptimas ni privacidad suficiente para las mujeres que están menstruando», explicó.
El especialista insistió en que la educación menstrual continúa siendo un tema rodeado de tabúes en Venezuela y que la emergencia dejó aún más expuestas esas carencias. «Los programas de salud y dignidad menstrual permiten que las adolescentes tengan más información sobre su propio cuerpo y una mejor calidad de vida. Deben saber qué significa la menstruación, con qué frecuencia ocurre, cuánto dura y cómo manejarla adecuadamente».
Esa falta de información, añadió, también retrasa el diagnóstico de enfermedades ginecológicas. Citó como ejemplo la endometriosis, cuyos síntomas muchas veces son normalizados durante años porque persiste la creencia de que todo dolor menstrual intenso forma parte del desarrollo habitual de una adolescente.
Más allá de la atención inmediata, Pazos considera que la tragedia dejó al descubierto vacíos estructurales en materia de salud sexual y reproductiva.
A su juicio, la respuesta no puede agotarse cuando desaparezcan los campamentos o concluyan las jornadas médicas. «Los programas de salud sexual y reproductiva deben masificarse. Los talleres de planificación familiar y la distribución de métodos anticonceptivos tienen que formar parte de las políticas públicas y llegar también a los centros educativos».
También cuestionó que numerosos planteles aún eviten abordar estos contenidos mientras niñas y adolescentes acceden diariamente a información de dudosa calidad a través de internet.
«Hoy los muchachos tienen mucho más acceso a las redes sociales que a información correcta. No podemos seguir escondiendo la cabeza. Tenemos que enseñar, informar y acompañar», afirmó.
La emergencia provocada por los terremotos aceleró una discusión que, para el especialista, el país lleva años posponiendo: reconstruir las redes de protección para miles de mujeres y adolescentes.
Un espacio para hablar
Las consultas ginecológicas en La Guaira terminaron convirtiéndose también en un lugar para hablar de aquello que muchas sobrevivientes no habían podido contar desde el 24 de junio.
Mientras esperaban ser atendidas, varias mujeres compartieron con El Nacional las secuelas que aún arrastran casi dos meses después del desastre: dolores físicos que no desaparecen, tratamientos interrumpidos, ansiedad, pérdidas materiales y una sensación común de haber quedado suspendidas en una emergencia que todavía no termina.
Entre ellas estaba Karla Delgado, quien acudió a la jornada acompañando a su nuera, Treizy Patricia Ramírez. Ambas sobrevivieron al colapso del edificio donde vivían, en la avenida José María España de Caraballeda, en La Guaira.
Desde entonces, explicó, ambos continúan presentando secuelas físicas. «Mi nuera tiene dolores en la cervical y en un pie por la forma en que quedó atrapada. Mi hijo también sigue en tratamiento», manifestó.
Delgado reconoce que, además de las lesiones, permanece el impacto emocional de haber visto desaparecer el hogar donde vivió durante un cuarto de siglo. «No fue fácil llegar a esa residencia donde tenía 25 años viviendo y encontrarme con mis muchachos debajo de los escombros. Ella para mí es como una hija. Yo empecé a gritar. Busqué ayuda. Me tiré en el suelo. Fueron momentos de desesperación».
A pocos metros de ella, Tracy Patricia Ramírez revive cada detalle con una precisión que revela que la experiencia sigue muy presente. Tras escuchar la alarma, la pareja intentó salir del apartamento junto a su mascota, pero ya era demasiado tarde. Todo se venía abajo. Se abrazaron y todo a su alrededor colapsó.
«Fue horrible. Pensábamos que no íbamos a salir de allí. Escuchábamos personas pidiendo auxilio por todos lados y sentimos que la muerte estaba muy cerca», relató.
Cuenta que permaneció atrapada junto con su esposo durante casi diez horas, rodeados de concreto y respirando gases que escapaban de una nevera destruida por el derrumbe. «Mi pareja se desmayó varias veces porque inhalamos amoníaco. Yo gritaba y nadie me escuchaba. Hubo un momento en que todo quedó en silencio y pensé que nos habían dejado allí».
La desesperación dio paso, dice, a una imagen que todavía la emociona.
«De repente vimos una luz. Nos preguntaron nuestros nombres y comenzaron a abrir un hueco para sacarnos. Yo sentí que estaba viendo a Dios», contó. (EN)









