El auge masivo de las plataformas digitales ha transformado el consumo de información y convirtió los feeds de las redes sociales en el primer consultorio al que acuden millones de personas. Sin embargo, la irrupción irresponsable de creadores de contenido sin formación médica y el ejercicio de profesionales de la salud en áreas para las que no están cualificados han encendido las alarmas de la comunidad científica y médica global, pues lo que antes era una consulta privada regida por la ética, hoy se ha transformado en un espectáculo de consumo masivo donde la autoridad científica es desplazada por el carisma de figuras mediáticas.
El alcance real de esta tendencia se hizo evidente tras la reciente divulgación de una investigación del Pew Research Center. El estudio reveló que la mitad de los adultos estadounidenses menores de 50 años recurren con frecuencia a influencers o pódcasts para informarse sobre salud y bienestar. Tras evaluar casi 13.000 cuentas con más de 100.000 seguidores en plataformas como Instagram, TikTok y YouTube, la investigación arrojó que menos del 20% pertenecen a profesionales médicos convencionales —como médicos, dentistas o enfermeros—, estando el grueso del contenido liderado por entrenadores, empresarios o creadores que basan sus discursos en experiencias personales o anécdotas sin aval clínico.
Esta desconexión desencadena una paradoja de la contradicción con riesgos para el cuidado del paciente: aproximadamente 20% de los usuarios admite consumir e integrar información digital que difiere o contradice los tratamientos e indicaciones formulados por sus propios médicos de cabecera. De esta manera, la vulnerabilidad y la empatía narrativa de los creadores de contenido terminan desplazando la evidencia médica comprobada, exponiendo a la población a recomendaciones no verificables o potencialmente perjudiciales.
Mariah Wellman y Rachel Moran, investigadoras de este estudio, sugieren que la «vulnerabilidad» (compartir anécdotas personales sobre enfermedades) actúa como un vector de confianza más potente que la evidencia científica. El influencer ofrece la seguridad de una cura milagrosa que la medicina, honesta en sus matices y limitaciones, no siempre puede prometer.
Galen Stocking, director asociado de investigación de Pew, explicó que “no necesitaron establecer ese tipo de credibilidad o experiencia para amasar esas audiencias”. Muchos de estos creadores basan su autoridad únicamente en vivencias personales. Al respecto, Wellman señaló que entiende la efectividad de los relatos anécdoticos, pues la vulnerabilidad y la transparencia generan confianza de forma acelerada entre los usuarios, quienes asumen como verdad clínica la experiencia individual de un tercero.
En Venezuela, la reacción frente a esta ola desinformativa y de ejercicio irregular ha sido contundente. Tres de las sociedades médicas más relevantes del país expresaron su rechazo a estas prácticas. La Sociedad Venezolana de Medicina Interna (SVMI) encendió la alerta denunciando la multiplicación de diagnósticos e indicaciones al margen del rigor científico. Su presidenta, la doctora Mariflor Vera, enfatizó el peligro de mercantilizar el bienestar.
Vera ha liderado el rechazo contra el incremento de mensajes sanitarios impulsados por influencers ajenos a la ciencia. Su denuncia es tajante: la medicina no responde a intereses de visibilidad digital. La difusión de remedios sin sustento ha provocado que pacientes con enfermedades crónicas suspendan tratamientos vitales, seducidos por la promesa de una medicina «de tendencia» que carece de ensayos clínicos.
“Recordemos que la salud no es contenido de entretenimiento; la divulgación médica exige responsabilidad, ética y credibilidad profesional”, dice.
La SVMI subrayó en su comunicado que la medicina basada en la veracidad no responde a modas ni a búsquedas de notoriedad en entornos digitales, advirtiendo que los consejos de inexpertos derivan en la suspensión no autorizada de tratamientos o en diagnósticos tardíos de patologías severas.
A este rechazo se sumó la Sociedad Venezolana de Ultrasonido en Medicina (AVUM), representada por la doctora Ninoska Quijada y el doctor Jesús Veroes, que advirtió a las autoridades y al público —especialmente a las mujeres gestantes— sobre una peligrosa campaña viral que insta a suspender el control ecográfico prenatal bajo la premisa de que es un procedimiento dañino. La sociedad ha sido clara: la promoción de estas prácticas anticientíficas constituye un delito que atenta contra la salud pública.
La AVUM denunció el intento de desacreditar un procedimiento respaldado por décadas de evidencia científica. La junta directiva de la organización catalogó la ecografía como una herramienta diagnóstica segura e irremplazable.
Este intento de desacreditar este método de diagnóstico fue divulgado el pasado mes de agosto por el influencer venezolano Gianpiero Fusco, quien en sus discursos difunde mensajes controvertidos sobre el abordaje de patologías complejas como el cáncer y la diabetes.
En un video difundido por Instagram, Fusco aseveró que «el ultrasonido es la situación más incómoda bajo la cual se somete a un hijo y la decisión más estúpida que puede tomar la mujer embarazada». Fusco sostuvo que el ultrasonido se inventó para detectar barcos enemigos durante la Segunda Guerra Mundial. Afirmó que las ballenas huyen a cientos de miles de kilómetros al detectarlo, al igual que huyen los bebés dentro de la placenta, hecho que los médicos interpretan como si el bebé «está posando para la foto».
El influencer reiteró que, para lo sensible que es el feto, el ultrasonido le puede causar mucho daño.
Desde una perspectiva técnica y científica, la ecografía obstétrica es una herramienta preventiva y predictiva caracterizada por su alta seguridad, porque no emplea radiación ionizante, sino ondas de sonido de alta frecuencia, constituyendo un método carente de riesgos tanto para la madre como para el feto. Su utilidad diagnóstica es fundamental para la disminución de la morbimortalidad materno-fetal, puesto que permite la detección temprana de anomalías estructurales y congénitas, el monitoreo hemodinámico y la evaluación continua de complicaciones.
En el ámbito jurídico, el control prenatal representa un derecho a la salud integral consagrado en el artículo 41 de la Ley Orgánica para la Protección del Niño, Niña y Adolescente (Lopna). Por ello, contraindicar estudios diagnósticos o interferir en la vigilancia médica del embarazo sin contar con el título de Médico Cirujano y la debida especialización no solo vulnera este derecho, sino que constituye un flagrante atentado al ejercicio legal de la medicina, tipificado como delito de intrusismo.

En el intrusismo digital médico se ejercen funciones informativas o terapéuticas sin la acreditación correspondiente – Imagen Gemini
“Expresamos nuestra preocupación por las opiniones no expertas ni profesionales difundidas en redes sociales, que limitan el beneficio diagnóstico a nuestras mujeres y sus hijos”, enfatizó.
Desde la perspectiva del cuidado dermatológico y la medicina estética, la Sociedad Venezolana de Dermatología Médica, Quirúrgica y Estética (Svdmqe) alzó su voz para condenar las modas peligrosas e intrusivas.
Su presidenta, la doctora Julia Rothe de Arocha, advierte sobre el daño físico provocado por «remedios» virales como el uso de limón, bicarbonato o pasta dental, que resultan en quemaduras químicas y dermatitis irritativas. Sin embargo, el peligro más letal es el enmascaramiento de patologías: el uso de «cremas milagrosas» está provocando diagnósticos tardíos de melanomas, confundidos inicialmente con verrugas por ojos no expertos.
“El peligro fundamental que vemos con esto es que muchísimos de estos consejos por personas que no tienen ningún conocimiento médico real hacen daño. O sea, más de una vez nos han llegado pacientes con quemaduras, con dermatitis. Confunden una verruga con un cáncer de piel y entonces cuando ya llegan a nosotros, la lesión es muy grande o hay metástasis”, señala.
Rothe alerta además sobre la irresponsabilidad de promover conductas drásticas en Internet.
“Lo que pasa es que actualmente es frecuente la cantidad de consejos en los que dicen: ‘Ponte esta crema, ponte esta rama, ponte esta cosa, ponte crema dental en la cara, pásate un cepillo de dientes’. Entonces los pacientes nos llegan con quemaduras y quejándose. Son consejos que dan y que generalmente la gente joven sigue. Hay otros que se pasan y niegan que un eco es bueno o te dicen que la quimioterapia no te la debes poner. Te dicen: ‘No te pongas protector solar, que científicamente está reportado que produce manchas, arrugas, cáncer de piel. Entonces, claro, nuestra misión es cuidar la piel de nuestros pacientes, de nuestra población venezolana. Por eso fue que se sacó el comunicado”, explica.
La presidenta de la Svdmqe ahonda también en la frontera del ejercicio profesional especializado.
“Los dermatólogos tratamos piel sana y piel enferma. Nosotros tenemos seis años de estudio de medicina y luego tres años de especialización y tenemos que hacer diplomados, tenemos que ir a congresos, porque la medicina cambia día a día. Entonces, si tú eres médico o tienes otra rama de la medicina, pero no estás especializado en piel, ¿por qué tienes que opinar acerca de tratamientos que son especializados solamente para dermatólogos? Ahí es a lo que vamos. O sea, se cae en un campo en el que no se debería caer porque eso también es intrusismo”, explica.
Asimismo, la especialista advierte sobre el uso de ingredientes naturales como tratamientos para curar enfermedades.
“Otra de las cosas es que retardan muchas veces un tratamiento que uno ha indicado porque les dicen: ‘Esta matica o esta cremita te va a hacer bien porque es un producto natural’, pero no todo lo natural es bueno. O sea, si no lo sabemos usar y si no lo sabemos aplicar, a la larga produce daño también”, señala.
Uno de los problemas más habituales en la consulta dermatológica, sostiene, es la confusión que generan las ofertas engañosas en redes sociales, donde se prometen procedimientos como la remoción de verrugas por costos muy bajos.
La población, dice, suele confundir fácilmente estas lesiones, por lo que resulta crucial identificar con precisión si se trata de un lunar, una verruga o de algún tipo de cáncer de piel, ya sea basocelular, espinocelular o melanoma, siendo este último el más agresivo debido a su capacidad metastásica. Ante este panorama, la recomendación principal es acudir siempre con un especialista capacitado para determinar con certeza si una lesión es benigna, premaligna o maligna.
Por otro lado, aclara, existe la falsa creencia de que las consultas dermatológicas son inaccesibles y que los médicos prescriben únicamente productos costosos. Sin embargo, al seguir las recomendaciones de personas no calificadas en Internet, subraya, los usuarios terminan adquiriendo rutinas complejas de hasta 10 productos diferentes. Aunque individualmente estos artículos pueden parecer económicos, el gasto acumulado de una rutina tan extensa supera con frecuencia el costo de una evaluación médica especializada.
En realidad, agrega, los cuidados esenciales de la piel son sencillos y se resumen en tres pasos fundamentales: limpieza, hidratación y protección solar. Si existe una condición particular que requiera atención, se puede añadir un suero específico —como ácido hialurónico o niacinamida— adecuado para cada tipo de piel. Asimismo, en presencia de patologías como acné, psoriasis o dermatitis atópica, el dermatólogo indicará el tratamiento médico correspondiente. Por lo tanto, no es necesario someter la piel a rutinas de 10 u 11 pasos que, a la larga, resultan innecesarias.
Los expertos sostienen que la situación que se vive actualmente es una confrontación entre la formación académica de décadas y la narrativa de la experiencia personal sin sustento, a menudo disfrazada de un «estilo de vida natural» que ignora los principios más básicos de la fisiología humana.
Rothe asimismo rechaza la falacia de los cursos que realizan algunas personas para aconsejar sobre dermatología y enfatiza que un taller corto jamás otorgará la capacitación de seis años de medicina y tres de postgrado requeridos para evaluar la piel de manera rigurosa. Sin esa preparación, reitera, resulta fácil confundir una verruga o lesión benigna con un carcinoma o un melanoma metastásico, un error de apreciación que retrasa diagnósticos cruciales y pone en riesgo directo la vida del paciente.
Fusco, por su parte, defiende la idea de que el protector solar da cáncer de piel, y desaconseja el uso de la quimioterapia, opinión que no tardó en hacerse viral.
“Si yo tuviera cáncer jamás me haría una quimioterapia. ¿Qué haría yo? Te estoy dando una demostración. Llevar sol, principalmente, conectar a tierra con los pies descalzos, haría ayuno”, dijo en un video publicado en sus redes sociales.
En sus intervenciones, Fusco asegura que enfermedades graves responden a conspiraciones comerciales. Manifestó asimismo que “los dueños de esas empresas que crean estos agroquímicos son los mismos dueños de las farmacéuticas que te venden las supuestas pastillas y te venden la quimioterapia para curarte del supuesto cáncer y todo es una operación psicológica”.
“A mí nunca me va a dar cáncer porque yo tengo las bases correctas”, afirmó.
Del mismo modo, ante afecciones metabólicas crónicas, Fusco ha difundido declaraciones en las que desacredita el uso de tratamientos biológicos estándar.
En una de sus intervenciones aseveró: “Si yo tuviera diabetes, jamás me inyectaría insulina”. El creador de contenido arremetió también contra la formación del personal sanitario al sostener que “los médicos siempre funcionan de esta misma manera: tengo un uñero, móchale el dedo. Me duele la mano, móchale el brazo. ¡Ah!, tengo diabetes, vamos a mocharte el estómago para que no puedas absorber nada; entre ellos el azúcar y así pienses que te curaste de la diabetes”.
Además, Fusco afirmó que los pacientes terminan atrapados en un ciclo constante de enfermedad del cual el sistema médico se beneficia vendiendo insulina de por vida para mantenerlos en una situación de dependencia.
Frente a la vulneración de los límites éticos y profesionales, los expertos analizan el concepto de intrusismo digital médico, abordándolo como un fenómeno donde se ejercen funciones informativas o terapéuticas sin la acreditación correspondiente ni la debida jurisdicción profesional. Lo definen como un riesgo emergente para la confianza en la ciencia.
En el ámbito analítico de la bioética y el bioderecho, este problema ha sido catalogado como una amenaza directa a la seguridad del paciente y una fuente de desinformación clínica con ejercicio de funciones. La Organización Mundial de la Salud califica este entorno de sobreinformación desmedida y falsa como una infodemia. Las investigaciones sobre la materia publicadas en la Gaceta Médica de Caracas concluyen que el intrusismo digital médico debilita la confianza en las instituciones de salud, desafía la autoridad epistemológica de la ciencia y expone a los ciudadanos a severos riesgos de daño terapéutico. Para contrarrestarlo, los especialistas señalan la urgencia de establecer un abordaje transdisciplinario donde confluyan la medicina clínica, la epidemiología, la bioética, las ciencias de la comunicación y el derecho.
En la Gaceta Médica de Caracas, los investigadores establecen una taxonomía dividida en cinco categorías para comprender la estructura de este fenómeno: informativo, referido a la difusión de datos médicos sin validación académica; terapéutico, centrado en la recomendación de fármacos o procedimientos sin aval clínico; pedagógico, referente a la formación en salud impartida por personas o instituciones no acreditadas; institucional, a través de plataformas que simulan servicios sanitarios regulados, y telemático, correspondiente al uso indebido e ilegítimo de la telemedicina por parte de actores no acreditados.
Esta categorización permite evidenciar el compromiso bioético del fenómeno, en el cual el principio de no maleficencia resulta vulnerado al exponer a los usuarios a riesgos físicos y psicológicos. En este marco, y alineado con la postura de Talha Burki en la revista The Lancet, la desinformación clínica en línea no debe considerarse un simple intercambio de opiniones, sino ser abordada como un «vector de daño» tan real y concreto como una práctica médica negligente
El médico y vocero gremial Jaime Lorenzo divide la problemática en dos vertientes operativas marcadas: el intrusismo que realizan personas no preparadas en el área para ofrecer un servicio y el intrusismo dentro del área de salud.
“Hay intrusismo dentro del área de salud, que lo hace el personal sanitario. Por ejemplo, personas que sin ser enfermeras se anuncian para cuidar pacientes, se anuncian para cumplir tratamiento. En el caso de los médicos, vemos, de vez en cuando, personas que se anuncian como médicos que ofertan servicios de estética, tratamientos dermatológicos, incluso algunos en tratamientos del área de rehabilitación, siendo médicos, pero que no son especialistas”, explica.
Lorenzo hace hincapié en la falta de adecuación del marco legal vigente frente a la inmediatez de la tecnología, pues recuerda que el sistema o las leyes de cada profesión tienen mecanismos para hacer seguimiento y hacer la denuncia necesaria. Sin embargo, sostiene, en Venezuela, la parte gremial en esa competencia se encuentra en minusvalía con los avances de la tecnología porque, destaca, cuando esas leyes o reglamentos fueron públicas, no existían las redes sociales.
“Lo primero que hay que hacer es una actualización de normas y reglamentos, porque existe una serie de normas que fueron hechas en un momento dado cuando no existían las redes sociales. O cuando no existía ni siquiera la inteligencia artificial. Hay que actualizar normas y reglamentos porque con las normas y reglamentos tú le das un arma a quien tiene la competencia. Es decir, al colegio médico, al tribunal disciplinario, a la dirección de delitos contra la salud pública, al Cicpc; y esas normas tienen que salir de cada gremio profesional y del Ministerio de la Salud, para así poder tener una herramienta para que los órganos contralores puedan acceder y tomar decisiones, incluso que pueden rayar en el punto más duro que es en el caso de un profesional; quitarle su licencia o su matrícula de ejercicio”, afirma.
Respecto a los vacíos en el marco legal en el entorno digital en Venezuela, Rothe recuerda que el intrusismo médico en Venezuela se pena, pero no se cumple.
“El año pasado la Federación Médica Venezolana sacó una notificación donde decía que todo médico que incurriera en intrusismo o hiciera propaganda irreal iba a ser sancionado. Incluso con suspensión. Se hizo en algunos casos, no ha terminado de ser realmente eficiente, pero castigar a gente que lo hace o multar a gente que lo hace sin tener nada que ver con medicina, no hay nada hasta ahora publicado al respecto”, denuncia.
En el contexto del ordenamiento jurídico venezolano, aunque la figura del intrusismo digital médico no se encuentra tipificada explícitamente de forma autónoma, las conductas derivadas de esta práctica en entornos virtuales pueden ser procesadas bajo un conjunto de herramientas legales vigentes. En el plano constitucional, los artículos 58 y 60 de la Constitución garantizan el derecho ciudadano a recibir información veraz y oportuna, protegiendo además la honra, la intimidad y la vida privada frente a la difusión masiva de diagnósticos falsos o contenidos engañosos. Asimismo, el Código Penal contempla sanciones penales y pecuniarias aplicables bajo el artículo 213 para la usurpación de funciones y el artículo 214 para la usurpación de títulos o grados académicos por parte de personas no acreditadas.
Por otro lado, la Ley de Ejercicio de la Medicina establece que la realización de actos médicos está reservada exclusivamente a profesionales titulados y colegiados, catalogando cualquier incursión no autorizada como ejercicio ilegal de la profesión. A este marco se suma la Ley Especial contra los Delitos Informáticos, la cual contempla 21 delitos distribuidos en cinco categorías, proporcionando el amparo legal necesario para procesar infracciones como la oferta engañosa y el fraude cometidos a través de plataformas digitales y redes sociales.
Lorenzo, por su parte, enfatiza que el intrusismo debe abordarse judicialmente como un delito.
“El intrusismo es un engaño, es una estafa a la persona que recibe el servicio. Tú como institución debes hacer la denuncia necesaria a los órganos competentes. ¿Cuáles son los órganos competentes? La Fiscalía de la República o el Cicpc”, añade.
A escala internacional, la necesidad de frenar los efectos lesivos de la pseudociencia digital ha impulsado el desarrollo de normativas estrictas. Francia se convirtió en pionera europea al sancionar una legislación específica para regular la actividad de los influencers. La ley francesa prohíbe a los creadores de contenido promocionar intervenciones de cirugía estética o regímenes de alimentación restrictivos y peligrosos sin el sustento adecuado, previendo penas severas e incluso sanciones penales para quienes incurran en publicidad engañosa en el ámbito de la salud.
Asimismo, las autoridades de salud galas impulsaron cartas deontológicas para los médicos que divulgan en redes sociales, obligándolos a transparentar sus credenciales oficiales e identificar claramente cuando un mensaje aborda asuntos sanitarios o de patologías reales.
Otras naciones han tomado caminos regulatorios de gran alcance. En China, las regulaciones gubernamentales establecen de forma obligatoria que los usuarios que divulguen contenido sobre áreas técnicas o especializadas, como la medicina y la salud, deben acreditar títulos profesionales o formación universitaria ante las plataformas antes de difundir recomendaciones. Con estas medidas, los marcos normativos globales buscan proteger la integridad de los ciudadanos, erradicar la desinformación clínica y garantizar que el ejercicio de la medicina responda siempre a la ética, la certificación institucional y la evidencia científica. (EN)








