POLÍTICA CRIMINAL: LA NUEVA FORMA DE HACER POLÍTICA* Luis Hidalgo Parisca

17 noviembre 2021 | Opinión

Ya es un hecho cierto, percibido por gran parte de la comunidad internacional, que el caso Venezuela no es un asunto estrictamente político, cuya solución, además de las consideraciones propiamente políticas, cada vez más deberá buscarse en el ámbito de la acción policial. 
 
Eso tiene que ser así, puesto que ya es muy evidente que la tiranía genocida que sojuzga al pueblo venezolano, no responde con exactitud a un esquema de carácter ideológico, sino que la misma es la expresión del primer régimen mundial de una casta criminal que, utilizando a manera de disfraz un discurso ideológico, solo ha procurado con esta manipulación ganarse la protección y solidaridad de gobiernos igualmente tiránicos, que adversan los sistemas de democracias libres que prevalecen en el mundo occidental y cristiano.
 
En efecto, la tiranía venezolana detrás de la mampara de unos supuestos postulados antiimperialistas, bolivarianos, anticapitalistas, de redención social, etc., alberga en su seno a una heterogénea mescolanza de facinerosos, farsantes, vivianes, hampones, rufianes y pícaros de toda laya. 
 
Es así que en esa “revolución bolivariana”, han convivido y conviven delincuentes comunes, asesinos seriales, vagos de todas las especies, profesionales mediocres y hasta algunos calificados pero con graves traumas psicológicos, “empresaurios” depredadores y amamantados por el Estado, politiqueros frustrados, aduladores de oficio, mantenidos económicos, gente resentida socialmente, acomplejados de la clase media, traficantes de drogas, pedófilos, degenerados sexuales, desfalcadores profesionales, brujos, en fin, toda la escoria de la sociedad que consiguió su ambiente apropiado debajo de la sombrilla revolucionaria. 
 
Por supuesto, al lado de esa canalla nacional, también ha existido y existe todavía una porción de venezolanos sanos, ingenuos, ignorantes, generalmente gente humilde, que siempre ha constituido la carne de cañón y los esclavos voluntarios de todos los demagogos populistas.
 
Toda esa escoria social se amalgamó en una inédita megabanda criminal que se dedicó deliberada y sistemáticamente a saquear y destruir, de la manera mas brutal y descarada, toda la riqueza nacional, física y moral, de la nación venezolana. 
 
De allí surgió ese nuevo liderazgo institucional público, que ya hubieran querido contar para sí, personajes de la antihistoria como José Tomás Boves y Martín Espinoza, el siniestro personaje de la guerra federal que hasta Ezequiel Zamora tuvo que mandar a fusilar. 
 
Ese funcionariado profundamente corrupto, incapaz, inculto, irresponsable, deshumanizado, sin escrúpulos, cínico, mentiroso y sin fronteras morales de ningún tipo, expresión de la quinta esencia del pensamiento socialista, es el que ha dirigido al país durante los últimos 21 años.
 
Pero no acaba allí la tragedia venezolana. Frente a esa demencial estructura de pecado, surge también, en la contraparte opositora, un núcleo igualmente criminal que se ha ido posicionando en los comandos del movimiento opositor y que ha procurado, en connivencia con la mafia gubernamental, apropiarse de la dirección política del sector democrático nacional.
Es así que ese grupo desviado, ha pretendido convertir la lucha por la democracia y la libertad en una confrontación mafiosa, donde al final los ciudadanos libres no tienen alternativa.
 
Ya se han producido algunas manifestaciones de lo que significa y qué representa esa “nueva oposición”, las hemos visto, por citar algunos casos, en situaciones tales como la conversión de cierto fogoso líder estudiantil de la oposición en floreciente diputado de la revolución, o de connotados líderes de los partidos tradicionales sirviendo de caballos de Troya para despojar a sus partidos políticos de la representación legal y uso de sus símbolos, o en la venta pura y simple, por “unos dólares más”, que hicieron de su dignidad personal varios diputados de la Asamblea Nacional, o en los comerciantes tecnócratas, hijos y sobrinos de resaltantes figuras de la oposición, transfigurados en depredadores de alto vuelo de los dineros públicos a través de la venta fraudulenta de equipos tecnológicos a la nación venezolana, tales como máquinas de votación y plantas eléctricas. 
 
Pero la tapa del frasco de esta desviación ética, la tenemos en la forma como ciertos personajes han manejado parte del gobierno interino, cuya mejor expresión es la “monómerocracia”, es decir, el modelo de administración y gerencia implantado en la empresa estadal Monómeros Colombo Venezolana, S.A., que ha resultado en un escandaloso caso de corrupción en el que además se evidencian vasos comunicantes con la mafia criminal chavista.
 
Como consecuencia de estos hechos y del control que sobre la alternativa democrática pretende exhibir la cúpula del denominado G4, pareciera que el país ha sido encallejonado para decidir su destino solo entre dos mafias criminales, con lo cual adquiere plena vigencia la célebre frase popular utilizada cuando ante una situación de peligro surgen dudas e indefiniciones: “no se sabe que es peor, si el remedio o la enfermedad”.
Frente a esa disyuntiva no puede haber dudas. La parte sana de la sociedad, los militantes y dirigentes honestos de los partidos políticos democráticos, los ciudadanos que valoran la ética, la moral, la búsqueda de la excelencia, el reconocimiento al mérito, la idoneidad, la justicia, la eficacia y la eficiencia, como principios y criterios que enaltecen al ser humano y que deben ser los rectores que guíen el desempeño público y privado de las personas, deben hacer causa común en defensa de los superiores intereses de la nación venezolana, desligándose de la mediocridad, de la corrupción, de la ineptitud y la ignorancia que representan las dos mafias criminales, que pretenden disputarse el país. 
 
Ni los unos ni los otros. 
 
Ambas bandas criminales deben ser barridas del escenario político nacional. 
 
La nueva línea divisoria política entre los venezolanos no puede estar sustentada en consideraciones partidistas o ideológicas, sino en lo ético-moral y en la aptitud para ejercer con idoneidad funciones públicas. 
 
Por esa razón, el reagrupamiento social para actuar en política tiene que darse con base a una Alianza Ética conformada por la parte sana, limpia y honesta, de los partidos democráticos y de la sociedad civil, que la deslinde de los factores que practican y 
soportan la política criminal imperante.
 
 
Esa debe ser la nueva oposición 
 
 

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