Para que no se te olvide es la ópera prima de la cineasta venezolana Marcela Jabes. La semana pasada ganó el Premio de la Prensa en el Festival Internacional de Cine de Guanajuato.
Es una película ambientada en un edificio que puede ser tantos de América Latina; uno en el que las paredes dejan constancia del paso de muchas vidas, vidas ocupadas tanto en su día a día que casi no ven a los lados. Y ahí, en esa dinámica de supervivencia y aspiración, son vecinas Carita (Pau Menna) y Carmen (Karen Martí). La niña y la joven son aficionadas al video casero.
Las cámaras funcionan como herramientas de adaptación y navegación de la existencia. Carita, la niña, descubre y realza su cotidianidad con cada toma, como quien registra el asombro y el sentido lúdico de cada día. Mientras tanto, Carmen trata de resguardar en cada video todo aquello que perteneció a quien ya no está: un ejercicio de mantener un universo ahora incompleto. También está Amalia (Samantha Castillo), la madre de Carmen, quien sostiene un hogar en el que se sobrevive todavía a las ausencias y donde hay pérdidas latentes, a la vez que la pequeña quiere comprender de dónde viene.
Para que no se te olvide surgió como el proyecto de tesis de grado de Marcela Jabes en la escuela de cine Arte7, en México, país al que llegó en el año 2018. Una película que coescribió con Abril Villegas, también productora y aliada en proyectos venideros.
Nacida en el año 2000, es hija del cineasta Hernán Jabes, quien ha realizado películas como Piedra, papel o tijera (2012) y Jezabel (2022), además de videoclips como “Terrenal”, de Dermis Tatú, y “Rotten Town”, de Onechot.
Si bien es una producción mexicana, cuenta con un importante equipo venezolano, desde la actriz Samantha Castillo hasta el músico Luis Daniel González, reconocido por su trabajo con Famasloop.
—¿Pensaste que podías ganar?
—Honestamente, no. Si te soy muy sincera, yo estaba muy feliz de poder estar en un festival como ese, y además como venezolana. En un festival mexicano tan grande, yo ya estaba muy feliz con eso, y con la mente en conocer gente y que el público la viera. Pero no pensé en premios.
—¿Y qué fue lo primero que se te vino a la mente cuando te avisaron que sí habías recibido un premio?
—Me emocioné muchísimo, la verdad. Además me encantó que fuera ese premio en particular, porque justo habíamos tenido una ronda de entrevistas de casi cuatro horas y la prensa fue muy, muy cálida. Nos hicieron preguntas muy específicas. Digo, debería ser así normalmente, pero no siempre lo es. Entonces me sorprendió mucho y la pasé muy bien. Fue un premio que me gustó mucho recibir, la verdad. Fue bonito, sí.
—¿Cuándo comenzaste a desarrollar esta historia?
—La idea surgió cuando me fui de Venezuela, sola, con 18 años. Y bueno, tuve una crisis de identidad muy fuerte porque no me reconocía a mí misma sin mi país, sin mis amigos ni mi familia. Fue bastante difícil. La única manera que encontré como de reconectar conmigo misma fue empezar a revisar los videos que yo hacía cuando era chiquita, porque desde que tengo como ocho años, cuando mi papá me regaló mi primera cámara, que era una Handycam, me la pasaba grabando videos todo el tiempo con mi mejor amiga de ese momento, Ananda. Y hacíamos muchísimos videos todo el tiempo. Grabamos cualquier cosa. Entonces, cuando estuve en esa crisis de identidad, lo que me ayudó a reconectarme conmigo fue ver esos videos y empecé a pensar: «Wow, qué raras las cosas que yo decidía filmar». Y pensé que quizás todo lo que filmamos habla mucho de nosotros y de lo que somos. Entonces a partir de ahí empiezo a desarrollar esa premisa. Cuando era pequeña, como a los 10 años, empecé a preocuparme mucho de crecer y a repetirme todas las noches: «No te olvides de cómo piensas, no te olvides de quién eres ahora». Me lo repetía mucho a esa edad porque me daba una preocupación muy grande de ver a los adultos y no querer ser como ellos. Y a los 18, justo en esta búsqueda de entender qué me gustaba a mí filmar cuando era chiquita, recordé esto que yo me decía a esa edad. Entonces fue como si esa niña, de alguna manera, que soy yo y no, me hablara directamente. Como si me hablara y me dijera esto. A partir de ahí empecé a desarrollar la idea de qué pasaría si me encontrara con una versión mía de pequeña. ¿Me podría reconocer en esa persona o no? Y entonces ahí empecé. Después con Abril en 2023 empezamos a darle forma a lo que es esta historia a partir de muchas vivencias nuestras, de los personajes… Muchos tienen características de mi mamá, de mi papá, de su papá. Fue como una terapia. Así la empezamos a desarrollar y terminó siendo el guion de esta película.
—¿Qué fue quizás lo más raro y determinante que recuerdas haber encontrado en esos archivos, en esos registros de la niñez?
—Esa es una gran pregunta. No sé si es lo más raro, pero sí me parece muy interesante. Con mi mejor amiga nos lanzábamos por La Florida; había una calle súper empinada y nos gustaba usar la patineta. Entonces hay un video de nosotras lanzándonos donde solamente se ven como mis pies. Yo no sé cómo hice, no me acuerdo, para poner la cámara en la patineta, la amarré con algo, y entonces se ven mis pies bajando y de repente se ven como unos vecinos que gritan: «¡No!». Y nos chocamos con unas hojas. Nunca nos vemos nosotras, solo se ve como el punto de vista. Eso fue lo que más me interesó de ver esos videos, que en muchos no me veo yo, sino lo que yo grabo. Otros que me encantaron fueron unos donde estoy rapeando, porque además yo quería ser rapera, como la protagonista de la peli. Encontré unos videos míos rapeando como una loca en casa de mi abuela y me subía al árbol y hacía cortes, cortes en vivo. Sabes que antes a las Handycam tú les dabas pausa y editabas desde la cámara. Y así, como de 11 años, rapeando encima de un árbol, encima del techo. Eso me trajo muchos recuerdos y también por ahí empecé a escribir ese personaje de Carita.
—Me llama la atención cuando hablas de la edad que tenías cuando empiezas a ver estos videos y esa crisis de identidad, y precisamente tus dos personajes, las dos vecinas que se hacen amigas, son de distintas generaciones y surge este vínculo, esta amistad, aunque también se puede ver como una relación de hermana mayor y hermana menor.
—Sí. De hecho me han dicho mucho que hay momentos en donde sienten que son hermanas. La idea desde el inicio era que el corazón de la película siempre fuera la niña, Carita, y creo que a ella la teníamos muy clara, como que venía a representar la sorpresa, la curiosidad. A Carmen nos costó muchísimo porque de alguna manera nos veíamos muy reflejadas en ella, y en ese momento en el que estaba, como de mucha crisis, de estar aferrada a su mamá, a los recuerdos de su casa. Entonces ese contraste entre ellas dos fue bien interesante de escribir y creo que parte sobre todo de la niña. Al final trabajamos mucho los personajes antes de trabajar las escenas porque ese contraste entre ellas nos ayudó mucho a ver hacia dónde iba a ir esta historia. Porque no era una historia, digamos, en la que haya un viaje del héroe muy claro. Ahora también es importante decir que yo tengo una hermanita chiquita de nueve años —en ese momento tenía como seis cuando yo empecé a escribirla— y para mí fue clave, tanto con ella como con mi hermanito, que también tenía como ocho o nueve años en ese momento, hacer muchos ejercicios con ellos, hacerles muchas preguntas, jugar mucho con ellos y anotar las cosas que decían. Creo que de alguna manera hay un momento donde Carmen y Carita también reflejan un poco ese vínculo con mi hermana, y para mí fue muy fácil hacer esas escenas de juego porque las vivo mucho con mi hermana.
El edificio desvencijado tiene marcas del tiempo y heridas de sus habitantes
—Otro detalle que me llama mucho la atención es la elección de un edificio que está sobreviviendo al paso del tiempo, al descuido, y es ahí donde se encuentra también este destello de esperanza de vínculo humano.
—Desde el inicio sabíamos que queríamos algo así. Nosotras partimos de una frase que dice: «Nunca te bañes en el mismo río dos veces». Es una frase cliché, pero a mí me encantó porque justamente habla de que, aunque sea el mismo río, nunca lo es porque el agua fluye. De hecho por eso la película tiene todo este momento del río y del agua, que conecta a estos dos personajes también. El espacio además para mí es clave porque en esos videos también de chiquita, me gustaba mucho filmar grietas, paredes… Y claro, siempre he asumido que de alguna manera el espacio donde vivimos refleja lo vivido ahí, y para mí las grietas, las aperturas, todo este desgaste de la infraestructura de los edificios me fascina. Me parece increíble porque ahí se ve la vida. Y además la memoria, son como heridas, como marcas del tiempo, y yo quería justamente reflejar eso en la película. Y el hoyo además para mí es como la representación de la herida de esta mujer que se abre. Al final es la niña quien abre esa herida, y quien entra a ese hueco. Es como si entraras al corazón de tus traumas.
—Y además se convierte en secreto. Porque es a espaldas de los adultos, en este caso de la madre.
—Porque el viaje en general siempre fue de ella con ella. Ojo, perdón (Ríe). Es importante que no digamos spoilers. Pero bueno, sí, justo el viaje real de estos personajes es entre ellas dos, entre Carmen y Carita. Justo por eso hay algo muy lindo en no decirle a la mamá. Puede ser muy duro, pero yo también lo he vivido. Además en Venezuela, que tienes 1.500 preocupaciones, pues yo ocultaba muchas cosas y las tuve que resolver sola. Aunque ella siempre estuvo, pero también era porque yo no quería, sino resolverlas por mi cuenta. Y de eso también se trata, de dos personajes que resuelven sus temas entre ellas.
—¿Qué querías transmitir cuando comenzaste junto con Abril a escribir el guion y qué consideras que se transmite ahora que la película está terminada?
—Fue una decisión muy personal hablar de esto. Me gusta hablar de lugares que conozco al 100%. A mí no me gusta pensar en que yo quería transmitir algo, más bien creo que lo que hicimos tiene mucha verdad y siempre fue desde una verdad absoluta. Creo que eso es lo que queríamos mostrar, que se puede hacer cine también desde la honestidad y desde la verdad de uno mismo. Me gusta vivir desde la curiosidad y desde la sorpresa de la vida, y a veces es complejo hacerlo. Yo creo que conectando con tu niño interior, de alguna manera puedes llegar a volver a vivir desde esa sorpresa, que es como me gusta hacer cine. La verdad quería hacérmelo un poco a mí misma y a esa niña también, un regalo para ella. Y ahora que el público la ha visto, me encanta porque cada quien tiene su interpretación y agarra los temas que más le llegan. Siento que esa parte como de reconectar contigo es algo que a todos les llega, pero también he tenido muchas personas que me dicen que la película va de soltar. Hay gente que me ha dicho que después de verla llama a la mamá.
—Ya son casi 10 años en México, y aquí en Venezuela te formaste. Estuviste en la Escuela de Teatro Musical de Petare. Existía esa curiosidad por el cine, además de tu entorno familiar. ¿Pero cómo la mudanza a México influyó en tu manera de expresarte desde el punto de vista cinematográfico?
—Para mí la Escuela de Teatro Musical de Petare fue clave porque fue un espacio muy seguro de creación y donde hicimos de todo, experimentamos muchísimo. Es mi génesis de la creación, mi cuna. Pero me fui del país a los 18 años. Entonces yo no he vivido mi adultez en Venezuela, por ejemplo. Venezuela me atraviesa mucho. Además desde afuera se vive la cosa también muy rara. Ver el país y sentir una impotencia muy grande por no estar allí. Es como una herida que no termina de cerrarse nunca. Pero al mismo tiempo, México me formó como cineasta. Es aquí donde he trabajado profesionalmente con muchos directores, directoras. Entonces también de alguna manera me siento una cineasta mexicana. Pero Venezuela está inevitablemente en mí también. Hay una dualidad ahí que es bien interesante. Me gusta escribir desde ahí, y esta película también está escrita desde ese lugar.
—No solamente escrita, sino también con un equipo mixto, gente tanto venezolana como mexicana
—Sí, es una película con muchísimo apoyo de Venezuela. Tenemos nuestro productor asociado que es Juan Bernardo González de Whisky, por ejemplo, que apostó por la película desde que le mostramos el pitch; Film Harmonic, que es un grupo de creadores increíbles que está acá y nos ayudó con equipo. Obviamente Samantha Castillo; Alí Rondón, que hizo de coach actoral; mi papá, que estuvo desde el inicio también apoyándome con todo y además es el editor; Luis Daniel González, que es el músico de la película, que también se entregó e hicimos una cosa increíble con él. Entonces sí, de Venezuela hay un montón de gente. Venezuela siempre nos ha apoyado muchísimo. Lugar Común (productor asociado), que es este espacio cultural de mi mamá (Vyana Preti) y mi padrastro (Garcilaso Pumar), pues también me apoyaron desde el inicio. Eso es clave para hacer cine: tener muchos contactos, amigos y gente que te apoya, y Venezuela siempre ha estado ahí, detrás y delante de cámara. (EN)








