El reloj marcaba apenas las 7:00 de la mañana de este sábado 6 de junio cuando el Parque Loefling comenzó a llenarse de algo más que su esporádica neblina matutina: se llenó de esperanza. En el marco de las celebraciones por el Día Mundial del Ambiente, una conmovedora jornada de reforestación demostró que el amor por nuestra tierra es capaz de sanar las heridas que el fuego y el olvido dejaron en el pasado.
La convocatoria, impulsada originalmente por la Sociedad Orquideológica del Caroní, se transformó rápidamente en un hermoso tejido social. Al llamado se sumaron el Rotary Club junto a sus clubes subsidiarios, y los incansables miembros de la organización Loefling Runners que hacen vida en el parque, incluso un par de miemnbros del club de ciclistas La Ruta Natural estuvieron colaborando. Más tarde, la energía juvenil de los voluntarios de la UNEG y la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB) se integró a la faena, demostrando que las nuevas generaciones están listas para asumir el relevo en el cuidado de nuestra casa común.
Sanando las cicatrices del fuego
El objetivo de la jornada era claro y urgente: reforestar y repoblar la cara sureste del parque, la que se ubica frente a la redoma de la torre de Corpoelec. Quienes caminan habitualmente por la zona saben que, aunque abunda el monte bajo, los grandes árboles escaseaban. Esa área específica aún arrastraba las dolorosas cicatrices de incendios forestales de años anteriores.
Bajo la estricta coordinación técnica de las autoridades del Parque y de la Corporación Venezolana de Guayana (CVG) —quienes donaron la gran mayoría de los ejemplares—, y fueron la autoridad oficial presente, los voluntarios se distribuyeron por el terreno. Poco más de un centenar de nuevos habitantes verdes, entre los que destacaban el amarillo vibrante de los araguaneyes, la elegancia de los apamates y algunas vistosas josefinas, encontraron su nuevo hogar en la tierra guayanesa.
La ciencia aliada de la naturaleza
Sembrar en junio no fue una coincidencia. Tal como lo explicó el ingeniero forestal de la CVG a cargo de la charla previa, la actividad se planificó meticulosamente para coincidir con el inicio de la temporada de lluvias. Esto garantiza que la naturaleza misma se encargue del riego constante, elevando exponencialmente las posibilidades de que los árboles echen raíces fuertes, sobrevivan y se aclimaten al suelo.
El proceso no dejó nada al azar. En cada hoyo —previamente excavado por las cuadrillas de trabajadores de la CVG— los voluntarios no solo colocaron la planta, sino que realizaron un minucioso proceso de abonado utilizando fertilizante NPK. Este aporte estratégico de nitrógeno, fósforo y potasio (nutrientes esenciales para estas especies) les dará el «impulso» necesario para crecer firmes.
Un llamado que no termina con la siembra
Hacia las 10:00 de la mañana, la jornada concluyó con el sudor en la frente, las manos llenas de tierra fértil y la satisfacción del deber cumplido. En solo tres horas, la comunidad organizada demostró el inmenso poder de la acción colectiva.
«Esta actividad, gracias a Dios, nos permite sanar un pulmón vegetal que ha sufrido por los incendios, la sequía y la deforestación. Pero esto no puede ser un evento de un solo día; necesitamos que se repita, que más personas se sumen», comentaba uno de los participantes mientras contemplaba los hileras de nuevos árboles.
El Parque Loefling-Cachamay, junto a su hermano “La Llovizna”, que conforman el gran parque urbano Caroní, son un tesoro de Ciudad Guayana, un refugio de biodiversidad en medio de la urbe que nos regala oxígeno, sombra y paz. Sin embargo, no puede defenderse solo. El éxito de este sábado es un recordatorio de que proteger el parque es tarea de todos. Cuidar estos nuevos arboles, denunciar las quemas y sumarse a las próximas jornadas es el mejor tributo que podemos rendirle a la tierra que nos da la vida. La invitación queda abierta: el parque nos necesita hoy más que nunca. (GM- CNP 8235)












