Literatura para entender la tragedia venezolana

19 agosto 2026 | Arte y Espectáculo

Una noche de diciembre de 2001, Luis Miquilena, de 82 años de edad, con más de sesenta dedicados a la política desde sus inicios en el Partido Comunista de Venezuela en las primeras décadas del siglo XX, recibió en su apartamento de Altamira, en el este de Caracas, la visita de Hugo Chávez. Llevaban meses de discusiones contrariadas mientras crecía en las calles y en la prensa el descontento contra el gobierno de la autodenominada revolución bolivariana. Días antes, el veterano de mil batallas, y casi todas perdidas, había dado por perdida una más -y la más dolorosa- cuando le dijo al comandante, al temible presidente de la República, que renunciaba a su cargo de ministro del Interior: “Hasta aquí llego yo, no puedo más”, le espetó. Pero aquella noche de diciembre, Chávez Frías, encantador de serpientes, se jugó su última carta para convencer a su “padre político”, el hombre clave para realizar la conversión de un golpista en un titán electoral de barniz democrático.

Lo que se consumó entre aquellas paredes de la vivienda de Miquilena fue la ruptura total y definitiva.

“¿Tú quieres que yo sea un office boy? -le encajó Miquilena, luego de la sonora risotada-. Cómo voy a ser vicepresidente cuando yo soy un hombre de hechos: un ejecutivo, no un muchacho para hacer las cosas que tú mandas, las que se te ocurran. Cómo me vas a poner a mí en la vicepresidencia. Hugo, probablemente tú no me conozcas por dentro, pero te repito lo que te dije hace días: no vine a la política por un cargo. Ya te dije que no te acompaño más, me voy, lo lamento, pero me voy. Tienes que entender de una vez por todas que gobernar es una vaina muy seria… y tú estás tumbado, liquidado. Estás caído. Y estás caído por torpe, porque has manejado esto con las patas y te has echado enemigos que tenían que ser amigos tuyos”.

Y menos de cuatro meses después, en la fecha que todavía sangra del 11 de abril de 2002, Chávez Frías estaba tumbado. Aunque resucitó en poco más de 48 horas, volvió al Palacio de Miraflores entre vítores, pidió perdón con un crucifijo en la mano y se afincó de ahí en adelante y hasta la muerte en consolidar su revolución pacífica y armada, dispendiosa, y exagerada en proclamas y promesas. Y en sepultar los 40 años de democracia iniciada en 1958 a la caída del dictador y general Marcos Pérez Jiménez, que se creía que era el último de una saga de militares que, contando el primer año de Chávez, mandaron durante 57 años del siglo XX.

Mirtha Rivero (Caracas, 1956) ha hurgado durante diez años en un período que va desde un poco antes del triunfo de Hugo Chávez Frías en las elecciones de 1998 hasta la realización del referendo revocatorio de 2004. La oscuridad no llegó sola, que tomó de un verso del poeta colombiano Miguel Silva –“La oscuridad deshace nuestros pasos y nunca actúa sola. ¿La oscuridad? La oscuridad no viene desarmada”- es una obra descomunal.

Presentada en Madrid en diciembre de 2025, luego también en Barcelona y Miami, La oscuridad no llegó sola fue publicada por la Editorial Alfa, fundada en 1958 en Montevideo por el español exiliado Benito Milla. Después la editorial se estableció en Buenos Aires y en 1977 se mudó a Caracas de la mano de su hijo, Leonardo Milla. La tradición editorial la continuó desde Barcelona el nieto del primero e hijo del segundo, Ulises Milla, apostando a la comunidad de lectores venezolanos repartidos por el mundo. La obra de Rivero es, por mucho, el título más extenso publicado por Alfa.

Dos tomos -1.368 páginas, 773 nombres en el índice onomástico- que se sostienen sobre 105 entrevistas a militares, políticos, dirigentes empresariales y sindicales, hombres de la iglesia católica, líderes civiles y de la industria petrolera, periodistas y analistas, todos protagonistas o testigos de los hechos acontecidos entre 1999 y 2004. La entrevista de Miquilena es una entre tantas y todas con información relevante y desconocida por la mayoría de los venezolanos. Además, Rivero hizo una minuciosa revisión de infinidad de horas de videos y audios, de centenares de fotos y de numerosísimas fuentes documentales y hemerográficas.

Para realizar tal cantidad de entrevistas tuvo que desplazarse desde Monterrey, donde ha vivido los últimos 20 años, a Caracas varias veces, también a Santo Domingo, a San José de Costa Rica, a Miami y a Bogotá, porque una buena parte de sus fuentes estaban en el exilio. En Venezuela entró en el Centro de Procesados Militares de Ramo Verde, ubicado a unos 30 kilómetros de la capital, donde conversó con el general Raúl Isaías Baduel, quien rescató a Chávez Frías cuando fue derrocado en 2002 y luego se convirtió en adversario. Baduel es una de las tantas víctimas que murieron en prisión.

También conversó en Ramo Verde con exfuncionarios de la Policía Metropolitana encarcelados por su participación en la multitudinaria y sangrienta marcha del 11 de abril de 2002. Fueron condenados a 30 años de prisión en juicios teledirigidos desde el Palacio de Miraflores. Hace apenas tres meses fueron puestos en libertad.

Para entrar en la cárcel, Rivero y quienes la acompañaban eran rigurosamente revisados. Ella se obligó a memorizar las preguntas que iba a hacer, y cuyas respuestas copiaba a mano en libretas que lograba camuflar. En otras oportunidades, pues estuvo varias veces, el cuestionario era doblado hasta convertirlo en un pliegue delgado para esconderlo debajo de la plantilla de los zapatos de alguien que ya estaba familiarizado con el recinto carcelario.

La rebelión de los náufragos se convirtió en un éxito editorial en Venezuela

“Los hechos que se narran -habla la autora en el abreboca de su obra- conforman una ristra de pérdidas: gobernabilidad, instituciones, garantías, derechos…vidas. Es una historia que dejó muchos muertos; muertos que hoy en día parecen tapizados por los que vinieron después, por los que siguieron y siguen llegando, por los más recientes (un largo y doloroso período que va de 2007 a 2025). Por eso, en esta historia quise registrar cada uno de ellos con los mayores datos posibles. Porque -aunque suene a cliché- no eran meras fichas, eran seres con nombre, oficio, querencias, deudos”.

El foco inicial de la investigación era el referéndum revocatorio contra el presidente Chávez Frías del año 2004, que concluyó con victoria del mandatario. Rivero comprendió pronto que para explicar ese proceso debía ir más atrás, hasta la campaña electoral de 1998, para advertir las torpezas de los viejos partidos de la democracia, inhabilitados por obra y omisión para enfrentar el ascenso del militar obsesionado con la figura de Simón Bolivar, e imposibilitados para contener el huracán de lo que vendría tras consumarse su triunfo electoral. “Me sorprendió mucho que no supieran cómo afrontar al teniente coronel, las tendencias autoritarias que lo acompañaban, la izquierda sedienta de poder que lo respaldaba, ni a quienes aplaudieron el golpe militar de 1992. No ofrecieron resistencia cuando el chavismo abolió el Congreso, aprovechándose del sentimiento antipolítico, que se había gestado desde la década de 1980”, dijo la autora en entrevista con el periodista Rafael Osío Cabrices, editor en jefe de Caracas Chronicles.

Nelson Rivera, director de Papel Literario, el suplemento cultural semanal que El Nacional edita desde hace 80 años -aunque hoy en día la sede del emblemático diario se la haya apropiado Diosdado Cabello, y su editor Miguel Henrique Otero viva en el exilio- dice que La oscuridad no llegó sola va a contracorriente de la literatura de urgencia que se ha producido en Venezuela en todos los campos en estas últimas dos décadas. “Mirtha Rivero se ha detenido a hacer una investigación disciplinada, rigurosa, apoyada en multitud de fuentes. Nos recuerda todo lo que hemos olvidado. No hacemos eso en Venezuela”.

Puede asustar tener enfrente dos tomas con ese millar y pico de páginas en estos tiempos en que todo aparece y desaparece al ritmo de la yema de los dedos. Lo que construye Mirtha Rivero es una crónica periodística, ese género tan nuestro que heredamos de los conquistadores y misioneros deslumbrados por el Nuevo Mundo. Una crónica sólida, impecable y con una narración poderosa, frenética a veces, más lenta en otras.

Por años peleó con la pantalla, enredada entre tantos relatos, ninguno inocente. “Entre tanto ruido. Hubo veces -bastantes- que me sentí aturdida por una bulla constante: eran muchas voces hablando y contando al mismo tiempo, pero no siempre, el mismo cuento. Yo tenía que armar un rompecabezas, pero antes debía despejar la mesa en donde lo iba a asentar. Debía desbrozar el terreno”.

La oscuridad no llegó sola es ese rompecabezas, armado con infinita paciencia, para hacer encajar cada pieza. Rivero no juzga ni dice dónde está la verdad. Hace hablar a los hechos, cómo y en qué circunstancias se produjeron, los escudriña y los contrapone a las voces de los protagonistas que los cuentan. Una, entre muchas, la magnética y poderosa voz sin compasión del comandante Chávez Frías en una de sus tantas cadenas de radio y televisión -la más terrible de sus cadenas- que se oye mientras caen a tiros diecinueve vidas sobre las calles del centro de Caracas. Mirtha Rivero nos cuenta la crónica de una tragedia venezolana.

Es el relato de la muerte y sepultura de la institucionalidad venezolana, indispensable para saber cómo pasó lo que muy pocos previeron y para tratar de entender esta Venezuela extraviada del primer cuarto de siglo, tutelada desde Washington mientras siguen mandando los herederos del caudillo militar, empeñados en borrar todas sus huellas menos una: el poder no se entrega.

A Rivera la obra de la periodista venezolana le recuerda a Anatomía de un instante (2009), del escritor español Javier Cercas, que explora ese instante en el que el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero tomó por las armas, el 23 de febrero de 1981, el Congreso de los Diputados de España para torcer el rumbo de la transición democrática. Un instante sostenido en una investigación acuciosa y escrito maravillosamente. Anatomía cabalga entre el ensayo y la novela, y sus casi 500 páginas se leen de un tirón, aunque requiera una digestión pausada.

Igual ocurre con ambos tomos de La oscuridad no llegó sola porque Mirtha Rivero es una investigadora-reportera capaz y muy detallista, como ya probó en La rebelión de los náufragos, un éxito de ventas en Venezuela, con cerca de una veintena de ediciones. Un libro referencial para entender –a la autora le obsesiona saber cómo pasan las cosas, y luego nos entrega obras sin desperdicio- la caída del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez en 1993. ¿Habría empezado entonces a oscurecer? Si así fuera, Rivero, que nunca aprendió a coser o tejer seducida desde muy pequeña por la lectura, está tirando del mismo hilo.

Ulises Milla, su editor, descubrió en los primeros textos de su libro inicial que le envió Rivero en 2010 por medio de Alberto Barrera Tyszka, que estaba frente a algo distinto, nada convencional en el periodismo, con gran tracción narrativa junto con un lenguaje fresco y un enfoque singular. El editor piensa que -probablemente- La oscuridad no llegó sola no alcanzará las ventas de La rebelión. “Su relevancia es de otro orden: es una obra destinada a perdurar. No tengo dudas de que será un libro de consulta para historiadores dentro de 50 años. Es un orgullo publicar una obra fundamental para la historia reciente de Venezuela, también una obra única dentro el periodismo en lengua española”.

Cuando el director de Papel Literario terminó de leer el primer tomo de La oscuridad -ahora avanza en el segundo-, resumió su asombro en una pregunta: ¿cómo se hace un libro de esta magnitud? La palabra que lo explica en buena medida es tenacidad. La palabra surge durante una conversación sobre la obra de Rivero con un experto en otros asuntos -políticas públicas-, lector atento y curioso. A Marino González, quien desempeñó un rol también de armador de rompecabezas, pero en la oposición venezolana que apenas en 2006 empezó a ver algo de luz entre tanta sombra, la ambición de la obra de Rivero le lleva a un nombre: Robert Caro, a quien comenzó a leer mientras estudiaba en la Universidad de Pittsburgh. Caro, el empecinado periodista autor de cuatro tomos sobre la vida de Lyndon Johnson, miles y miles de páginas escritas y publicadas a lo largo de 30 años sobre el expresidente estadounidense. Un esfuerzo inagotable pues aún a sus 90 años prepara un quinto tomo.

Considerado uno de los autores de no ficción más influyentes el siglo XX, Caro confesó en una entrevista años atrás para The New Republic que las técnicas para hacer sus libros son las mismas que aprendió mientras era reportero de investigación en un diario. “Intentas investigar todo antes de empezar a escribir. Yo visualizó el libro entero, hasta la última línea, antes de empezar a escribir”. Suele o solía colocar un tablero de corcho de 6,7 metros de largo que contenía -tan solo- el esquema.

Mirtha Rivero es tenaz. Una tenacidad también inusual en el periodismo venezolano. Investigó y escribió su obra entre Monterrey y el pequeño pueblo de Allariz, en la provincia gallega de Ourense. Hasta Allariz se llevó, en el tiempo de la pandemia, todos sus papeles, junto a un mapa, de dimensiones más modestas que el tablero de corcho de Caro, que reproducía las calles del centro de Caracas, cuya guía son los nombres de sus esquinas: Pedrera, Muñoz, Solís, Piñango, Bolero, Puente Llaguno. Una cuadrícula cercana a Miraflores que le permitió construir el capítulo más extenso de su libro: 160 páginas para narrar, como si fuera una película, aquella marcha sobre Miraflores del 11 de abril de 2002. Es el capítulo 61, un pequeño tomito dentro del tomo dos. El capítulo Sin nombre. Para que cada lector se lo ponga.

Solo ese capítulo le llevó tres años de trabajo porque lo que ocurrió aquel jueves 11 de abril de 2002 es, con diferencia, el pico más alto de la tragedia venezolana, el más oscuro y el más distorsionado por la propaganda del poder. Es tan portentoso lo que narra que descubre incluso para dónde miraban las víctimas cuando fueron blanco de las balas asesinas y da cuenta de que algunos de esos cuerpos quedaron tendidos toda la noche sobre el pavimiento.

Antes de convertirse en la potente y fiable escritora que es, Mirtha Rivero fue periodista en varios medios caraqueños, el más referencial, El Diario de Caracas, que tuvo entre sus fundadores al escritor argentino Tomás Eloy Martínez. Desde mucho antes de decidir por intuición que sería periodista ya era una lectora apasionada porque su papá, que venía de la Juventud Comunista, tenía muchos libros en casa. Leyó –“era una muchachita”, dice- desde Faulkner hasta todo Miguel Otero Silva, periodista, escritor, humorista, también político, y fundador de El Nacional, que sembró el periodismo moderno en Venezuela. Un profesor de literatura de Rivero en la secundaria le pidió el primer día de clases a sus alumnos que escribieran en una hoja los libros que habían leído. Ella llenó la hoja completa, aunque sin los nombres de los autores. “No los recordaba, leía por placer”, dice. Ahora se la lee por placer, y para saber a qué ha dedicado tantos años de obstinado trabajo.

La oscuridad no llegó sola es el libro que ha producido en mayor soledad. Le tomó diez años, aunque no lineales, porque la primera entrevista la realizó el 11 de noviembre de 2011 a las 11 de la mañana y entregó su manuscrito, completo, a su editor el 23 de septiembre de 2024. Aun tardaría más de un año en publicarse. Había mucho que revisar, podar, reconfirmar, sobre todo con las fuentes entrevistadas a lo largo de años para que permitieran o no que aparecieran sus nombres mientras la represión era el signo protuberante de la Venezuela bajo Nicolás Maduro.

Trabajó de lunes a domingo, pero sobrepasó el límite de tiempo establecido para poder cumplir una fecha de presentación -11 de abril de 2025- prevista inicialmente. En un momento de cierta ofuscación decidió engavetar su trabajo, llegó a pensar que no le interesaría a nadie. Entre su marido, Alberto Rial, y su editor la convencieron de seguir adelante y fue entonces cuando surgió la idea de dividir la obra en dos tomos. El primer libro, que incluye tres partes: Introito, Ditirambo y Tragedia I; y el segundo, Tragedia dos, a su vez partida en tres episodios: Episodio 1: 11-A, Episodio 2: Plaza Altamira, Episodio 3. El paro.

“Lo armé como una obra teatral, partiendo del enamoramiento y la euforia (ditirambo) que desató Chávez Frías, hasta el desenlace trágico. En esos tres episodios que conmocionaron al país y al mundo: la caída y retorno del presidente Chávez Frías; la sublevación militar que se concentró en una emblemática plaza caraqueña y favoreció, contrario a su propósito, al desmembramiento de lo que quedaba de institucionalidad castrense; y la paralización laboral de más de dos meses, cuyo epicentro se localizó en el ámbito petrolero y que llevó al despido masivo y en un solo acto de miles y miles de ejecutivos y empleados de Petróleos de Venezuela”.

Cuando le pregunto por qué se debe leer su libro, responde con modestia: “Yo no sé si se debe leer. Cuenta una versión de los hechos que no proviene del poder”.
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Javier Conde es un periodista venezolano, nacido en Galicia, donde ahora reside. Ha sido reportero y ocupado cargos de jefatura en diarios importantes de Caracas como El Nacional, El Diario de Caracas, Tal Cual y 2001. También ha colaborado con El Espectador de Bogotá, El Observador de Montevideo y El Progreso de Lugo (España). (EN)

 

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