La manía de ahogar el español Noel Álvarez

10 agosto 2026 | Opinión

El idioma que hablamos es la casa donde vive nuestra identidad, un refugio
cotidiano construido con la fuerza y la belleza de la palabra en castellano. Sin
embargo, en los últimos tiempos observa uno con asombro cómo avanza una
extraña costumbre que busca desplazar nuestra forma natural de comunicarnos
para sustituirla por modismos ajenos. Se trata de una tendencia marcada por el
complejo de inferioridad y el afán de aparentar una distinción fingida frente a los
demás. Quienes caen en esta práctica prefieren utilizar términos en inglés para
referirse a cosas que nuestro propio vocabulario resuelve con absoluta elegancia y
precisión.
Esta fascinación por lo extranjero, conocida como anglicismo forzado, esconde en
el fondo una profunda falta de aprecio por lo nuestro y una búsqueda constante de
estatus social. No estamos hablando de palabras técnicas inevitables que surgen
con los avances científicos, sino de sustituir sin necesidad los vocablos que hemos
usado toda la vida para sonar más refinados. La persona que incurre en este
exceso cree que hablar con términos prestados le otorga una categoría superior
frente al resto de la comunidad. En la práctica, lo único que logra es proyectar un
vacío conceptual envuelto en una postura ridícula que desdibuja la riqueza de la
lengua materna.
Abundan los ejemplos cotidianos en los lugares de trabajo, en la calle y en las
conversaciones informales donde se manifiesta esta afectación del lenguaje. Para
referirse a la ropa que llevan puesta ya no dicen atuendo o vestimenta, sino que
prefieren encumbrarse llamándolo outfit. Tampoco hablan de una reunión de
trabajo o de un intercambio de ideas, sino que convocan a un brainstorming para
analizar el contenido de sus plataformas digitales. Si alguien quiere mostrar la
planificación de sus actividades no usa la palabra agenda, sino que anuncia con
gran pompa su schedule, mientras califica el estilo de vida de los demás
simplemente como lifestyle.
La lista de estas sustituciones innecesarias resulta tan larga como absurda cuando
se examina con detenimiento el uso diario que se le da en la sociedad. Si una
persona demuestra ser innovadora o emprendedora, los cultores de la moda
verbal prefieren tildarla de entrepreneur. Si se busca evaluar el impacto de un
proyecto o la respuesta de la gente, descartan la palabra retroalimentación y se
apresuran a solicitar un feedback. Incluso en el ámbito personal, ya no se habla de
la imagen personal o la presencia, sino del personal branding, convirtiendo las
relaciones humanas en un catálogo de términos envasados.
Del mismo modo, resulta insólito escuchar a quienes para referirse a un breve
descanso en la jornada laboral prefieren anunciar que se tomarán un coffee break.
Si el propósito es fijar una meta o fecha límite, descartan el término plazo o
vencimiento para usar de manera rimbombante la palabra deadline. En las oficinas

modernas, los directores ya no son gerentes sino CEOs, y los empleados no
hacen redes de contactos o alianzas, sino que se dedican exclusivamente a hacer
networking. Todo este barniz lingüístico busca maquillar con palabras extranjeras
las mismas tareas y realidades que nuestros padres ejecutaron siempre con
impecable corrección.
Esta costumbre de desplazar nuestro vocabulario para imitar giros expresivos que
no nos pertenecen termina por debilitar el sentido de pertenencia de toda una
comunidad. El uso desmedido de estos barbarismos anglosajones no aporta
mayor claridad a las ideas que pretendemos transmitir a diario, ni resuelve ningún
dilema comunicacional. Por el contrario, empobrece la capacidad de expresión de
las nuevas generaciones, genera brechas absurdas entre los ciudadanos y
demuestra una desconexión preocupante con las raíces culturales que nos definen
como pueblo. Usar el castellano con soltura no es un capricho conservador, sino
un acto de elemental respeto hacia nuestra propia historia.
Nuestro idioma posee una variedad extraordinaria de palabras, matices, adjetivos
y giros expresivos capaces de nombrar cualquier aspecto de la realidad sin
necesidad de acudir a préstamos adquiridos de otras latitudes. Desde la literatura
clásica hasta las conversaciones amables de nuestros pueblos, el español cuenta
con la elasticidad suficiente para expresar la máxima complejidad del pensamiento
humano. Cuando renunciamos a esa riqueza para adoptar muletillas ajenas,
dejamos al descubierto una evidente pereza mental. Quien requiere de términos
extranjeros para darse importancia suele carecer de ideas propias y de la solidez
conceptual necesaria para sostener un argumento con argumentos sólidos y
autóctonos.
Defender la integridad de la lengua que heredamos exige rescatar la naturalidad
en la conversación y despojar el habla cotidiana de pretensiones artificiales. Cada
vez que elegimos la palabra precisa en español estamos fortaleciendo el tejido
cultural que nos une como pueblo y preservando un legado invaluable. Es tiempo
de dejar a un lado las apariencias, valorar la fuerza de la palabra autóctona y
expresarnos con la autenticidad que siempre nos ha caracterizado. Hablar bien
nuestro idioma, con claridad, propiedad y sin acomplejamientos, es la muestra
más evidente de dignidad y de respeto hacia nosotros mismos y hacia el futuro.
*Coordinador Nacional del Movimiento Político GENTE
noelalvarez10@gmail.com

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