La Guaira se ajusta a la nueva realidad

2 julio 2026 | Sociedad

Ya a ha pasado una semana de los terremotos del 24 de junio, quizás el mayor desastre natural de la historia de Venezuela. En La Guaira, a pesar de la llegada de ayuda humanitaria y personal de rescate, los trabajos para tratar de resolver la devastación que dejaron los sismos avanzan muy lentamente.

En total, han transcurrido siete días desde que la atención de toda Venezuela se volcó sobre La Guaira para tratar de paliar el impacto del terremoto. Pese a esto, en la entidad costera el progreso, si bien es visible, parece no ir al ritmo necesario para atender la magnitud de la situación.

En la vía de Maiquetía a Macuto, el panorama está repleto de damnificados que, algunos con carpas y otros con estructuras improvisadas, pasan el tiempo en la calle mientras esperan algún tipo de solución gubernamental. Se trata de miles de personas que sobreviven en la intemperie, gracias principalmente a donaciones de particulares.

La presencia del Estado se manifiesta a través de efectivos de la Guardia Nacional Bolivariana y la Policía Nacional Bolivariana, que sobre todo se ocupan del tránsito de vehículos en decenas de puntos de control en la avenida Soublette. Sin embargo, la magnitud de la tragedia es tal que la presencia de funcionarios y de socorristas del extranjero simplemente no es suficiente.

Por cada ruina de una edificación que cuenta con personas buscando sobrevivientes y trasladando cadáveres al puerto de La Guaira –la morgue improvisada y centralizada–, hay decenas de otras en donde el trabajo de remoción de escombros no ha comenzado.

“¡Silencio, por favor!”

Contrario a algunos reportes que hablaban de la salida de los rescatistas extranjeros, estos se mantienen en el sitio, trabajando activamente en la búsqueda de sobrevivientes y en los campamentos desde donde se coordina buena parte de la ayuda humanitaria.

Personal de El Salvador, Qatar, México, España, Países Bajos y Emiratos Árabes Unidos, así como de otras naciones, no ha dejado de apoyar a los rescatistas del Estado y sobre todo a los civiles, que son la mayoría en los puntos más afectados.

Rescatistas pidiendo silencio – A. Tovar

Uno de esos ciudadanos es Alexis Martínez, voluntario del sector Caribe, uno de los más golpeados por la tragedia. Comentó que desde temprano acude a los puntos de rescate para remover escombros. Tiene familiares desaparecidos y necesita encontrarlos.

“Tengo muchos familiares desaparecidos, no los he encontrado; tengo parientes extraviados en la OPP de Tanaguarenas. Mi casa en Barrio Aeropuerto sufrió daños, mis hijos están distribuidos con otros familiares y amigos”, comentó Martínez.

Destacó la importancia de la ayuda que ha ingresado a la zona y del trabajo de los voluntarios, pero afirmó que no es suficiente: “Se necesita mucho más, todo lo que sirva para remover escombros, como linternas, guantes, picos y palas”.

Al igual que Alexis Martínez, cientos de personas estaban presentes en las ruinas de Caribe. Muchos para trabajar, otros simplemente a la espera de alguna buena noticia.

Es un lugar en el que el trabajo solo se detiene cuando, desde las ruinas, algún rescatista grita: “¡Silencio, por favor!”, señal de advertencia para que todos sepan que se detectó algún ruido entre los escombros.

Cuando esas palabras se pronuncian y los rescatistas sostienen un puño cerrado en el aire, es la señal para que todo el mundo se detenga; ni siquiera caminar está permitido, solo esperar a saber si en efecto se encontró a alguien con vida, o si fue una falsa alarma.

Una respuesta que llegó al día siguiente

Endrina Pérez, habitante de uno de los edificios afectados en el sector de Caribe, acudió este miércoles al sitio para ver el estado en el que se encontraba lo que quedaba de su residencia. Abrumada por la situación, calificó lo experimentado tras el terremoto como “algo demasiado triste para todos los que nos tocó vivir esto”.

Tras una semana de los terremotos, ella celebró que las labores de rescate no se hayan detenido, pero resiente que estas no se iniciaran sino un día después de la tragedia. También se mostró frustrada por la manera en que algunas autoridades toman la decisión de declarar una ruina como sitio en el que ya no hay nadie vivo atrapado.

“Las labores sí están avanzando, pero no llegaron el día del terremoto, llegaron al día siguiente. Cuando tembló, no llegó nadie. Le pido a la gente que no se dé por vencida. Me preocupa que hay lugares en los que las autoridades ya no buscan porque dicen que todos están muertos; creo que tienen que seguir buscando, yo sí creo que aún podría haber gente viva en algunas de esas zonas”, expresó.

Y añadió: “Nosotros les pedimos que vengan, revisen, que metan los perros. Que no solo busquen en los edificios privados. Siento que solo concentran los esfuerzos en los edificios privados”.

Casas por ser demolidas y locales cerrados

Más allá de los edificios colapsados y la incesante búsqueda de víctimas y sobrevivientes, La Guaira muestra una cara totalmente paralizada. Una semana después, la mayoría de los comercios en zonas como Maiquetía, Catia La Mar, Macuto y Caraballeda se mantienen cerrados.

Existen excepciones, como en el caso de panaderías y algunos abastos, pero son eso: excepciones. En esos negocios trabajan como pueden, algunos incluso limitando el acceso a cierta cantidad de clientes a la vez para evitar saqueos.

“Por acá en Macuto no se vio lo de los saqueos. En Catia La Mar y Caribe sí, muchos locales lo sufrieron”, comentó un hombre que se encontraba en una fila para comprar pan.

Uno de los locales saqueados fue el de Harold Tovar, en Catia La Mar. Él comentó que estuvo presente cuando un grupo de personas empezó a sustraer mercancía. Para evitar daños mayores, se limitó a abrir las puertas y permitir que se llevaran todo.

“Tuve que abrir; se llevaron toda la mercancía, fue vandalismo. Tenía harina de maíz, pasta, sardinas. No me dejaron nada, pero al menos no me destruyeron las cosas. Esto es poco a poco. A empezar de nuevo”, contó Tovar.

Los locales comerciales no son los únicos con futuro incierto. En sectores de La Guaira comenzaron las inspecciones a cargo de ingenieros de Protección Civil. Su trabajo consiste en entrar a las residencias afectadas para evaluar los daños.

En decenas de casas de La Guaira, una imagen cada vez más común es la de encontrar pintas de colores fosforescentes con palabras como “recuperable” o “habitable”. Son, entre todos, los casos más afortunados. La palabra “demoler” es, por mucho, la que más se aprecia en las viviendas de Caraballeda.

Frente a una de estas casas con la palabra “demoler” pintada en la fachada se encontraba una familia. Recogían sus cosas mientras hablaban entre ellos. Una de las mujeres preguntó al hombre de mayor edad del grupo familiar: “¿Y ahora?”. Este respondió: “No lo sé”. (EN)

La «nueva normalidad» de una Caracas entre el luto, réplicas y escombros

Ha transcurrido una semana desde que los terremotos causaron la peor tragedia de la historia reciente en Venezuela y en la capital se instalaron el luto y el dolor. Las solitarias calles de Caracas se transitan con paso lento y denso. Las clases están suspendidas. Las oficinas abren a media máquina. En las aceras, las pocas personas que caminan, sin poder evitarlo, miran hacia arriba observando los daños de los edificios. Nadie quiere dejar a sus familiares solos. El miedo a lo que pasó se mezcla con el terror a lo que podría volver a pasar debido a las constantes réplicas, que ya registran más de 600 según la Fundación Venezolana de Investigaciones Sismológicas (Funvisis).

En zonas como Los Palos Grandes, específicamente en el Edificio Petunia I, y en el edificio Santa Rita de San Bernardino, todavía hay quienes esperan con desesperación por los cuerpos de sus familiares. Mientras tanto, a tan solo 30 minutos de la ciudad, la urgencia empeora: decenas de personas se mantienen a diario levantando bloques y vigas con picos y palas para poder rescatar a los suyos de entre los escombros.

Eddie Tirado, de 41 años, está desde el jueves pasado como voluntario en el Santa Rita ayudando a remover escombros. «Aquí las herramientas han sobrado y hemos tenido mucha ayuda, tanto de otros voluntarios como de personas que se acercan a llevarnos comida», relata mientras se limpia el sudor de la frente que se mezcla con el polvillo del concreto. El cansancio no le impide seguir. No piensa dejar de ayudar hasta que se encuentre a la última persona desaparecida.

El drama en Bello Monte y Los Silos

«Aquí no vas a encontrar a nadie que te dé estadísticas ni declaraciones», dice de golpe un miembro del equipo de prensa del Servicio Nacional de Medicina y Ciencias Forenses (Senamecf) en la morgue de Bello Monte. Es la respuesta en institución gubernamental de Venezuela, antes y ahora.

Sin embargo, tras bastidores admitieron que el flujo de cadáveres que llega a la morgue principal de la ciudad ha bajado mucho en las últimas horas. La razón es logística: a los restos rescatados en La Guaira los están trasladando directamente a Los Silos, la morgue provisional a cielo abierto dispuesta en el litoral central.

En las afueras del recinto, la tragedia tiene el rostro de Óscar Hill, de 51 años, quien perdió a su única hija, Grady Hill, de 25 años, estudiante de Odontología y quien en pocos meses recibiría su título. El próximo 7 de julio cumpliría 26 y el acto de grado estaba pautado para el 8 de diciembre. El padre jamás se imaginó que la camisa de promoción universitaria de su hija la vestiría para despedirla.

Grady se encontraba en el Edificio La Gabarra, en La Guaira, pasando un feriado junto a su pareja y sus suegros. Los cuatro fallecieron tras el colapso de la torre de 12 pisos. Hill critica la falta de apoyo de las autoridades nacionales, afirmando que la familia tuvo que encontrar sus propios insumos para las búsquedas y que la ayuda real provino de los rescatistas internacionales. Apenas el pasado miércoles a las cuatro de la tarde, pudieron rescatar los cuerpos.

Sobre la entrega de los cuerpos, dice que su proceso ha sido un poco más ágil para ellos debido a que su yerno era funcionario del Cuerpo de Investigaciones Científicas, Penales y Criminalísticas (CICPC), a diferencia del calvario que viven otras familias en Los Silos en La Guaira. «Hay personas que no tienen, por llamarlo de alguna manera, la misma suerte. Hay personas que los tienen en Los Silos allá en La Guaira todavía desde hace días y se tardan más los procesos, y uno en este momento quiere pasar este dolor lo más rápido posible, de la manera más tranquila”, reconoció.

Nervios en la ciudad

En distintas zonas del municipio Chacao, como en Los Palos Grandes y en Altamira, hay personas damnificadas durmiendo en carpas puesto que sus edificios están desalojados. La alcaldía implementó un mecanismo donde, a través de etiquetas verdes, amarillas y rojas, distinguen cuáles edificios están habitables, cuáles no por ahora pero serán reparados, y cuáles sufrieron daños severos y deben demolerse.

Ante las constantes réplicas y un riesgo mayor de colapso del vecino, prefieren mantenerse allí en carpas y ser cautelosos.

Por su parte, Javier Poncel, de 64 años y también residente del Edificio San José, explica que la vida se ha vuelto una rutina cronometrada y tensa. Los vecinos tienen permiso para entrar al edificio en bloques de tiempo cortos para recuperar pertenencias básicas, pero no se les permite habitarlo aún. Existe una gran preocupación colectiva por la estabilidad del Edificio Coral, situado justo al lado, cuyo posible desplome afecta directamente la seguridad de su propio inmueble. «Cuando prendieron esos martillos nos arrancamos a correr», confiesa Poncel, reviviendo la zozobra de los temblores.

«Yo amanezco con un nudo aquí y otro aquí y no lo puedo evitar. Y soy afortunada que tengo un techo, y hay tanta gente que se murió, que se quedó sin casa en La Guaira… Uno tiene que ser realista y no esforzarnos. Si sentimos miedo, sintamos miedo hasta que se nos pase. Estamos nerviosos, adelante con tus nervios. Aceptar las emociones, aceptar la situación y las emociones», afirma con mucha seguridad.

Mientras tanto, la cifra de fallecidos sigue en aumento y Caracas se mantiene con una herida abierta, una que duele y duele mucho, porque bajo las toneladas de concreto de lo que antes eran hogares, todavía hay vidas atrapadas y planes que ya no llegarán a concretarse. (EN)

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