El aula ya no resuena con el eco vibrante del debate abstracto; hoy arrastra el susurro pesado de la menesterosidad. En la penumbra de los pasillos universitarios, donde antaño el conocimiento se labraba con la paciencia de los orfebres, hoy se respira la densa atmósfera de un desmantelamiento sistemático. El salario, aquel hilo dorado que unía la dignidad de la inteligencia con el sustento cotidiano, ha sido transmutado por el mal alquimista del Estado venezolano en una ficción volátil que tiene un oneroso nombre; el bono. Un estipendio caprichoso y a todas luces insuficiente, que despoja al trabajo de su memoria jurídica, desvaneciendo las prestaciones, sepultando la seguridad social y quebrando los peldaños de la carrera académica.
Frente a este yermo de promesas incumplidas se alza la voz de la academia, en el caso de este sábado de la profesora Kheta Stephanie, directiva de la Federación de Asociaciones de Profesores Universitarios de Venezuela (Fapuv), de visita desde el viernes en Ciudad Guayana, donde se han reunido con los gremios profesorales y empleados de las casas de estudio superior locales. Sus palabras no surgen del mero reclamo administrativo; brotan de una urgencia existencial. «Nosotros estamos luchando fundamentalmente por la salarización de las remuneraciones», afirma, con la templanza de quien defiende los cimientos de una fortaleza sitiada. Para ella, sustituir el salario por bonos no es solo una herida económica; es la destrucción calculada del valor del trabajo, un atentado directo contra la educación nacional. La universidad, que debería ser el faro de la República, naufraga en un mar de bonificaciones de corte medieval que hunden las aulas en el silencio.
La Geografía del Descontento: El Llamado de Guayana
El conflicto, lejos de amainar, escala como una marea silenciosa. Las aulas vacías durante los dos paros previos de veinticuatro horas son el preludio de un vendaval mayor. La próxima estación de este calvario gremial se dibuja en la cartografía de las principales ciudades del país, donde las asambleas intergremiales e intersectoriales buscan articular un clamor unísono. La fecha del 9 de junio se perfila en el horizonte como un hito: una jornada nacional de protesta donde ninguna medida está proscrita. ¿Un paro indefinido? ¿Huelgas escalonadas? En el seno de las asambleas se sopesan las cartas; la paciencia se ha agotado y la resistencia no descarta ningún camino.
Es en la tierra mítica de Guayana, allí donde el río Caroní entrega sus aguas oscuras al Orinoco, donde este espíritu de cuerpo adquiere su manifestación más telúrica. El encuentro con las fuerzas docentes en el sur ha dejado una estela de encendida en la comunión de los esfuerzos. Tres siglas, tres bastiones de la inteligencia regional se fundieron en un solo abrazo: la Asociación de Profesores de la Universidad de Oriente (APUDO Bolívar), la Asociación de Profesores de la Unexpo (APUNEXPO Puerto Ordaz) y la Asociación de Profesores de la Universidad Nacional Experimental de Guayana (APUNEG). Con ellas se encontraron la profesora Kheta Stephanie y el Dr. José Gregorio Afonzo, que preside la asociación de profesores de la UCV en su visita a la región.
La asamblea no fue un claustro cerrado de doctores en toga. En sus bancos se sentaron, codo con codo, los profesores cuyos libros se desvanecen por la humedad, los empleados administrativos de camisas gastadas, los obreros de manos encallecidas y los maestros de las escuelas básicas congregados en el gremio de Simprotec. Incluso las voces de los trabajadores de las empresas básicas, acostumbrados al fragor del hierro y del aluminio, se sumaron al coro. Hay una simbiosis viva en Guayana: cuando la universidad convoca al paro, el magisterio responde; cuando el maestro protesta, el catedrático marcha. Es una alianza de las luces y las manos que se niega a doblegarse ante el decreto central de la miseria.
La Ficción del Incremento y la Vejez Forzada
El profesor José Gregorio Afonzo, presidente de la Asociación de Profesores de la Universidad Central de Venezuela (APUCV), desmitifica con precisión quirúrgica el relato oficial de la opulencia estatal. Al ser interrogado sobre el supuesto beneficio económico anunciado pomposamente por el Ejecutivo nacional en las vísperas de mayo, su respuesta es un mazazo de realidad: «No hemos recibido aumento salarial alguno, ni un céntimo más».
Lo ocurrido aquel 30 de abril no fue un acto de justicia, sino un juego de espejos orquestado en los despachos ministeriales. Bajo la etiqueta de «Ingreso Integral», el gobierno engrosó una bonificación preexistente y parió otra criatura burocrática para matizar los escalafones. El remedio, señala Afonzo con amargura, resultó más letal que la enfermedad. Aquel pago se dispersó de manera caótica, arbitraria y excluyente: un bálsamo que apenas rozó al veinticinco por ciento de los docentes activos, dejando en la orfandad absoluta a los empleados, a los obreros y, de forma más cruel, a los profesores jubilados que entregaron su vida a la formación del porvenir. Un diseño que no solo vulnera el sustento vital, sino que dinamita la tradición jurídica de las contrataciones colectivas.
Las consecuencias de esta asfixia se reflejan en el rostro mismo de la institución. La planta profesoral venezolana envejece a un ritmo alarmante, desprovista de relevo generacional. Con salarios que provocan el desdén o la compasión, la universidad ya no posee la fuerza magnética para captar el talento joven. Hoy por hoy, el promedio de edad del docente que aún sostiene la tiza es de cincuenta y cuatro años. La mitad de ellos podría cruzar el umbral de la jubilación mañana mismo, si así lo decidiera, dejando los anfiteatros vacíos de guías.
La Intervención Amigable de la Estética sin Ciencia
Hay una paradoja de mármol y cemento que se erige sobre la Ciudad Universitaria de Caracas, el Alma Máter de la nación. El gobierno presume de haber «metido la mano» en el patrimonio arquitectónico de la UCV, remozando pasillos y curando las heridas de las estructuras. Sin embargo, Afonzo desenmascara la operación con una lucidez implacable: se trata de una «intervención amigable». Aquella promesa de reparación nacida ante el desplome de un techo en el año 2021 se ha prolongado por cinco dilatados años.
Los cuarenta millones de dólares anunciados, los cuarenta y cuatro frentes de obra y los más de mil doscientos obreros desplegados no fueron un monumento a la educación, sino la confesión explícita de un dogma autoritario. El problema jamás fue la ausencia de recursos; el problema era que el Estado se negaba a que fuesen administrados por la propia universidad. «Nosotros los universitarios con esos recursos hacemos cuatro veces más de lo que hace el gobierno, y de manera más proba y más eficiente», sentencia el presidente de la APUCV, defendiendo la probidad intelectual frente al clientelismo de la pintura fresca.
Mientras las fachadas brillan para las cámaras del canal estatal, la verdadera materia prima de la academia —el conocimiento y los hombres que lo transforman— se descompone en el abandono. El aparato de investigación científica de Venezuela sufre una caída libre vertiginosa. En las postrimerías del siglo veinte, el país se batía con orgullo entre el cuarto y el quinto puesto de los rankings de publicaciones científicas de la región. Hoy, la realidad humilla a la estadística: la nación ha caído al noveno o décimo lugar.
Este desplome tiene una causa estructural. El modelo laboral imperante ha proscrito la figura de la dedicación exclusiva. El profesor universitario ya no puede permitirse el lujo de habitar los laboratorios ni de perderse en el rigor de las bibliotecas; está obligado a refugiarse en la docencia de horas contadas o a huir hacia oficios alternos, ajenos a la academia, para poder garantizar el pan de su familia. La universidad se reduce, así, a una precaria escuela transmisora de saberes antiguos, imposibilitada para crear ciencia nueva.
El Anhelo Intacto de un Trabajo Digno
A pesar del naufragio, del éxodo silencioso de las mentes y del asedio presupuestario, el viaje de los líderes gremiales a Guayana no dejó un saldo de resignación, sino un sedimento de inquebrantable esperanza. Luis Afonzo, compartiendo el pulso colectivo captado en el sur, rescata una certeza que late con fuerza bajo el pecho de los venezolanos: la demanda de cambio sigue intacta.
La provincia sabe que no habrá refundación republicana sin la restauración de una vida digna, y que esta solo se edifica sobre la roca de un trabajo justamente retribuido. La consigna inmediata es clara: defender las riquezas extraordinarias de la nación para que no se disuelvan en los sumideros de la corrupción, el despilfarro y la opacidad oficial. Pero la mirada va más allá de la coyuntura. Se busca labrar una perspectiva definitiva donde el conocimiento sea el motor, donde el esfuerzo del maestro reciba el justo premio de la prosperidad y donde los jóvenes no se vean empujados a cruzar las fronteras a pie, persiguiendo en tierras extrañas la supervivencia en empleos precarizados.
La crisis universitaria venezolana no es solo una disputa de tablas salariales o presupuestos de laboratorios; es la batalla por el alma de una nación. Entre las asambleas de Guayana y las aulas de la UCV, la inteligencia venezolana resiste con su última riqueza: la dignidad histórica de sus maestros. (Gustavo Montaña/CNP 8235)









