En 2027. No un día después. Óscar Alberto Casal Castillo.

26 septiembre 2026 | Opinión

Hay que decirlo porque la niebla de Nueva York confunde: Delcy Rodríguez no es Adolfo Suárez, ni Frederik de Klerk, ni López Contreras.
 
Es una obviedad histórica, pero después de escuchar su discurso ante las Naciones Unidas hay que gritarlo.
 
Suárez venía de dentro del franquismo para desmontarlo. De Klerk venía del apartheid para enterrarlo. López Contreras venía de la dictadura gomecista para abrir una Venezuela moderna. Delcy no viene de nada de eso. Delcy viene del centro mismo del derrumbe.
 
No es una reformista tardía que acaba de descubrir la democracia. Ha sido parte del sistema durante casi toda su existencia. Fue parte del poder mientras se destruía la economía y se saqueaba PDVSA hasta dejarla en ruinas. Fue parte del aparato de censura, de la persecución, de CONATEL cerrando radios y del SEBIN tocando puertas de madrugada. Fue canciller mientras Venezuela se ataba a Cuba, Rusia, Irán y China para blindar la impunidad. Y es quien encabeza hoy el poder mientras cientos de venezolanos siguen secuestrados en centros de tortura.
 
Ella no es el futuro del chavismo. Es su pasado y su presente.
 
Entonces, ¿por qué ahora habla de democracia, reconciliación, instituciones, justicia, libertad y elecciones? Palabras que durante 27 años fueron consideradas traición en su propio vocabulario.
 
La respuesta no está en la ONU. Está en el 3 de enero.
 
Porque el 3 de enero Estados Unidos bombardeó intalaciones militares, capturó a Nicolás Maduro y cambió por la fuerza las condiciones en las que operaba el poder chavista. Maduro, por cierto, ni siquiera mereció una mención en su discurso. Su jefe, su compañero de proyecto, el hombre por el que juró lealtad absoluta, hoy preso en Nueva York, fue borrado de la historia en 20 minutos de discurso. Allá viajó Delcy, a la misma ciudad donde está detenido, pero sin visitarlo. Eso lo dice todo sobre la naturaleza de su poder: llegó al interinato no después de derrotar políticamente al madurismo ni de encabezar una corriente reformista, llegó porque así lo dispuso Washington y luego de traicionar a su jefe.
 
Por eso podemos escucharla entendiendo
 por qué está hablando de esa manera.
 
Y sí, habrá que sentarse con ella. Esta es la parte dura que nadie quiere decir en voz alta pero que todos saben. Habrá que negociar con Delcy, con Jorge Rodríguez, con Diosdado y con quienes todavía controlan los fusiles, los tribunales y los petrodólares, como está ocurriendo ya en las «mesas de trabajo». Habrá que ofrecer garantías, permitirles seguir haciendo política e incluso construirles el famoso puente de plata. Las transiciones también tienen eso. No son juicios de Núremberg. Son pactos incómodos para evitar que corra la sangre.
 
Pero negociar no puede significar olvidar. Mucho menos considerarles inocentes.
 
Porque quienes han controlado el poder durante décadas tienen un incentivo clarísimo: conservarlo. Su instinto no es abrir, es administrar la apertura. Dilatar. Hacer una liberalización controlada. Soltar un preso un lunes, dejar entrar a un periodista un miércoles, prometer elecciones «cuando estén dadas las condiciones» para llegar así, intactos, a 2028, cuando Estados Unidos esté concentrado en su propia elección presidencial y Venezuela deje de ser una prioridad geoestratégica y vuelva a ser un mero trámite administrativo.
 
Por eso el cronograma lo es todo. Por eso la urgencia no es impaciencia, es estrategia de supervivencia democrática.
 
La tirana inelecta dijo está semana en la ONU que habrá elecciones. Perfecto. Tomémosle la palabra, aun sabiendo de dónde viene y por qué está diciendo ahora lo que durante todo este tiempo atrás nego.
 
¿Quiere reconciliación? Deje entrar mañana mismo a María Corina Machado, que acumula siete intentos bloqueados de volver a su propio país.
 
¿Quiere libertad? Libere esta noche a todos los presos políticos. Civiles y militares.Todos.
 
¿Quiere elecciones? Eso queremos nosotros también. Ponga la fecha.
 
Y que no sea en 2028. No en 2029. No «cuando la sabiduría ancestral así lo indique». Que sea en 2027.
 
El rencor y el hastío con la tirana inelecta y el hambre de libertad de la sociedad venezolana no espera a 2028.
 
La tragedia del doble terremoto del 24 de junio no espera a 2028. Las preocupantes cifras de personas sin techo no esperan a 2028. Los venezolanos en campamentos no esperan a 2028.
 
La historia nos señala que todos los procesos de transición tienen sus diferencias y particularidades, por lo que deben servir para tomar elementos, entender incentivos, salidas, negociaciones y errores. Venezuela no es la España de 1976, ni la Sudáfrica de 1990, ni la Venezuela post-gomecista, aun cuando el chavismo nos llevó al siglo pasado.
 
Venezuela es Venezuela, hoy, entre escombros y entre pactos. Y necesita, le urge una fecha.
 
2027 es el año.

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