En el año 2000, Diego Velasco estrenó el cortometraje Cédula ciudadano, una historia protagonizada por Héctor Palma que todavía resuena y le habla a las nuevas generaciones que lo ven.
En Youtube suma más de 112.000 reproducciones. El reflejo de la caraqueñidad de entonces, sumado a una crítica tajante a la burocracia estatal desde una comedia muy sarcástica, convirtió a la obra en un hito del cine venezolano.
Diez años después, el cineasta venezolano llevó a las salas el largometraje La hora cero, una de las películas nacionales más vistas. Después de su estreno en cartelera en 2010, sumó 926.176 espectadores, sin contar proyecciones puntuales que hayan ocurrido después.
Ahora, el jueves 24 de septiembre se estrenará en el país El Silbón, una película de terror protagonizada por los actores colombianos Juan Pablo Raba y Diane Guerrero.
Una historia ambientada en Venezuela sobre Sebastián Castillo, un hombre que regresa del exterior a la finca familiar. Su padre ha muerto y debe tomar decisiones con respecto al negocio familiar y a su madre. Pero mientras resuelve los problemas, una serie de hechos sobrenaturales ocurren a pesar de su escepticismo. Su esposa, Nicole, no habla español, pero comienza a adentrarse en un mundo desconocido mientras también atraviesa un duelo difícil de superar.
Después de La hora cero, Diego Velasco se concentró en Estados Unidos para filmar capítulos de series como Orange Is the New Black. Ahora regresa con esta historia en la que toma la leyenda venezolana de este personaje, a la que le suma otros elementos para darle otra perspectiva a la trama.
—¿En qué momento surge El Silbón como objetivo de historia para filmar?
—Cuando estrené en 2010 La hora cero, había trabajado en Planeta de 6 en Televen. Me hice muy amigo del creador, Nacho Palacios. Y él me había dicho que me tenía la próxima película: El Silbón. Con La hora cero descubrí que funcionó muy bien en Venezuela, pero afuera entendí que a la gente a la que le gusta la acción, no le gustan los subtítulos, y a la gente a la que le gustan los subtítulos, no le gusta la acción. Entonces, era raro poder distribuir la película fuera de Venezuela. Y alguien me pasó el dato de que las películas de horror son las únicas que fácilmente cruzan fronteras. Es más: mientras más específica es la película de horror, más la quiere ver la población mundial. Entonces, pensé que si le iba a dedicar 3, 4, 5, pero en este caso 14 años de mi vida a algo, me gustaría que fuera a un proyecto que se pudiera ver también fuera de Venezuela. A partir de esa posibilidad nació la idea. Y ahí Nacho Palacios escribió la primera versión del guion. Estuvimos trabajando juntos. Vino también la pandemia y otra cantidad de cosas hasta que finalmente logré conseguir el dinero y sacar la película.
—¿Cuándo comenzó a concretarse la idea de El Silbón?
—La película casi se hace antes de la pandemia, pero se cayó todo por la emergencia. Luego, tuvimos que volver a buscar productores que pudieran invertir. Siento que las películas escogen cuándo se tienen que hacer. Y si ves la primera versión del guion, no tenía muchos elementos que tiene ahora: el culto, la migración, datos de quiénes somos los venezolanos. Pasé mucho tiempo teniendo un guion sobre algo muy contemporáneo por allá entre 2012 y 2015, cuando Venezuela estaba cambiando mucho. Y cuando se hizo la película, se alinearon los elementos para que esa historia se pudiera contar de una manera un poquito más global; que fuera venezolana, pero sin que la política y la situación del país fueran las protagonistas.
—En el cine que ha hecho en Venezuela o sobre Venezuela, como Cédula ciudadano o La hora cero, hablamos de ambientes muy urbanos. En El Silbón se traslada al campo, al llano. ¿Cómo fue trabajar ese ambiente?
—Interesante, porque tengo la dicha de poder viajar y conocer a mucha gente. Siempre he hablado de las maravillas de Venezuela, de las playas y de lo interesante que es Caracas y la cultura venezolana en general. En mis años de bachillerato siempre pasé muchos veranos en la finca de mi tío en Guárico, cerca de Calabozo. Entonces, con mis primos aprendí a montar a caballo, a manejar un tractor, todo el tema del sorgo, el maíz, a hacer vaquerías… Muchas de las cosas que están en el guion son cosas que yo hice. Siempre tuve la espina de que ese mundo es fascinante, pero mucha gente no lo conoce. Por lo general, las películas de horror siempre ocurren en una casa abandonada o en un castillo, y nunca las has visto en un contexto de los llanos o del campo abierto, donde durante el día es bellísimo porque tienes este lugar superverde, pero de noche es terrorífico y no sabes lo que está allá adentro. Me pareció fascinante esa idea de jugar con que el llano es un lugar donde la vida y la muerte se entrelazan todos los días: la violencia del ganado, cómo se trata a los animales. Fue traer elementos de una película de género de horror a este mundo. Me pareció interesante explorar.
—El personaje de Juan Pablo Raba en El Silbón es el de alguien que crece en el llano, se va y regresa. ¿Es autobiográfico?
—100%. Para mí hay varios tipos de venezolanos en esta película: los venezolanos que llegaron jóvenes, esos inmigrantes europeos que se quedaron para construir un país; esta generación que fue a estudiar afuera y algunos regresaron mientras otros se quedaron allá; y los venezolanos que, debido a ciertas circunstancias, están tratando de ver cómo salir del país. Entonces, traté de reflejar tres distintas realidades desde una perspectiva auténtica, pero al mismo tiempo sin juzgar, sino mostrando las circunstancias que produjeron eso.
—Hay un detalle sobre el personaje de El Silbón que siempre me ha llamado la atención: lo del silbido. Mientras más lejos se escuche, más cerca está; y mientras más cerca, es porque está más lejos. ¿Cómo representar eso cinematográficamente?
—Eso funciona muy bien para el gancho de la película, pero como dicen en mi país: ¿eso con qué se come? Y me tomó mucho tiempo traducir eso, aun usándose el Dolby, que te permite meter el sonido por detrás o por un lado. Eso ayuda mucho, pero fue difícil. Fue tomar el silbido original y ver cómo cambiarlo armónicamente para que, cuando se escuche un poquito más lejos, tenga un color distinto y así ayudar a la audiencia —o a las nuevas generaciones que quizá no están muy familiarizadas con la leyenda— a sentir cuándo se acerca el peligro.
—¿En qué veremos sus créditos próximamente?
—Ahorita estoy desarrollando cosas, nada específico aún. Pero voy a explorar más la comedia. Estoy trabajando con un amigo sobre una película de Navidad venezolana (ríe). (EN)









