«La reciente confesión del Alto Mando Militar, al justificar la inacción ante una supuesta amenaza externa por temor al ‘suicidio’ frente a una fuerza superior, termina por desvelar una verdad dolorosa para la nación: se reconoce la impotencia ante el extranjero, pero se ejerce la omnipotencia contra el ciudadano.
Es una contradicción histórica y moral inaceptable. No se puede invocar la prudencia militar para evitar un combate de defensa soberana, mientras durante décadas se ha aplicado la fuerza máxima contra manifestaciones populares desarmadas. Un ejército que se repliega ante aviones, pero avanza contra su propio pueblo, ha desvirtuado su razón de ser.
Como civiles, quizás no dominemos la estrategia de guerra, pero sí conocemos el concepto del Honor. Si quienes portan las armas de la República consideran que proteger la nación es un suicidio, pero reprimir al soberano es un deber, entonces han transferido el honor del uniforme a la conciencia del ciudadano. En esta hora crítica, el honor no reside en el rango, sino en la valentía de quienes, sin armas y sin aviones, siguen exigiendo justicia frente a la fuerza.»







