«Que nos condenen a ambos». La declaración selló el destino de una producción, la adaptación cinematográfica de Cumbres borrascosas, que privilegia la estética comercial frente a la profundidad literaria.
La película llega a las salas este jueves entre el entusiasmo colectivo y el escepticismo de la crítica.
Quienes mantienen una relación de admiración y respeto con la narrativa de Emily Brontë contemplaron el despliegue técnico sobre los rostros de Margot Robbie y Jacob Elordi con cinismo.
La adaptación de la directora y actriz británica Emerald Fennell validó los temores iniciales apenas transcurridos los dos primeros minutos de metraje.
La directora declaró a la prensa internacional que su intención al hacer la adaptación se centraba en capturar las sensaciones que experimentó al leer el libro a los catorce años.
Visión Fennell
La trayectoria de Emerald Fennell podría avalar esta inclinación hacia la subversión visual y el choque narrativo.
Ganadora del Óscar y el Bafta al mejor guion original por Promising Young Woman y directora de la divisiva Saltburn (que también contó con la participación de Jacob Elordi), la cineasta británica tieneuna voz consolidada en la industria contemporánea.
Su experiencia transita desde la actuación de alto perfil en series como Killing Eve, hasta una dirección caracterizada por el uso audaz del color y la sátira social.
Esta autoridad cinematográfica le otorgó la confianza necesaria para someter la obra de Brontë a un tratamiento estético que guarda coherencia con su filmografía previa, aunque resulte ajeno a la sobriedad del material original.
Emerald Fennell es una actriz, guionista y productora británica nacida el 1 de octubre de 1985 en Londres
El resultado es, precisamente, una visión inmadura que despoja a la obra de su complejidad para convertirla en un producto de consumo estético.
La novela original de 1847 constituye una de las piezas más violentas y crudas de la literatura inglesa. Emily Brontë escribe sin tapujos sobre el odio, la exclusión social y el ciclo del abuso.
Sin embargo, Fennell decidió ignorar estas tensiones para centrarse en una interpretación libre que no le hace justicia al libro. Hay una orfandad de una narrativa que traiciona su origen.
Adaptar Cumbres borrascosas requiere una comprensión del horror y la depravación. Sí, el filme cubre la estructura de la historia, pero con una colección de fetiches visuales y un erotismo que confunde la obsesión metafísica con la urgencia hormonal.
Obra vacía dicen los críticos
Críticos como Rogert Ebert, y medios respetados como The Independent, Rotten Tomatoes, Collider, entre otros, señalaron que «estamos ante una obra asombrosamente vacía».
Adaptar Cumbres borrascosas requiere una comprensión de la depravación moral que Emerald Fennell decidió cambiar
Desde el principio
En 1847, bajo el seudónimo de Ellis Bell, Emily Brontë publica su única novela. No un romance, sino un tratado sobre la violencia doméstica, el trauma y la venganza.
Brontë concibió a Heathcliff como una fuerza de la naturaleza, por ejemplo. No era un galán de ojos llorosos. Era un hombre cuya apariencia «étnicamente ambigua» y origen marginal desafiaron la estructura de clases de la Inglaterra georgiana.
La crítica de la época, según la British Library, describió la obra como una «vulgar depravación». Y he allí la importancia: Brontë no escribió para agradar. Lo hizo para desangrar el idealismo victoriano.
Emerald Fennell al declarar que su película captura lo que ella sintió en la adolescencia, sentencia la obra.
La cinta comienza con una primera sugerencia erótica. Súper nítida. Gemidos de un hombre sobre una pantalla oscura. Fennell busca una provocación sadomasoquista. Intenta jugar con la expectativa del espectador.
Cuando la imagen aparece, aparece un hombre ahorcado, con una gran erección, en la plaza del pueblo. Nadie estaba sucumbiendo ante el placer. Al menos, no aún.
Este inicio define la pretensión de la directora: unir la lujuria y la muerte como dos caras de la misma moneda. Una propuesta audaz, pero que se desinfla rápidamente.
Lo que sigue es una sucesión de escenas con un estilo agresivo, pero con emociones opresivamente silenciadas.
Fotos Warner Bros.
La historia de Catherine (Margot Robbie) y Heathcliff (Jacob Elordi) exige una exploración del trauma y la marginación social. Fennell omite, de alguna manera, estos elementos. O peor aún, los romantiza.
Al eliminar las tensiones de raza (la elección de Elordi, un actor blanco, para interpretar a un Heathcliff que el texto describe como llascar) y simplificar el conflicto de lo que significa, la directora desuella la novela.
Esta decisión simplifica la narrativa y convierte una tragedia de clases en un drama adolescente sobre una joven que elige la riqueza frente a su alma gemela.
Estéticamente correcta
El diseño de producción de Suzie Davies y la fotografía de Linus Sandgren alcanzan niveles técnicos espectaculares. Los altos contrastes cromáticos, rojos intensos y la niebla persistente de Yorkshire crean un mundo visualmente atrapante. Impecable.
El vestuario de Jacqueline Durran cita clásicos como La bella y la bestia de Cocteau y la música de Charli XCX refuerza la sensación de estar ante un videoclip con melodrama gótico de 136 minutos. Ambos destacan, pero caen en un buen gusto que contradice la suciedad espiritual de Brontë.
Todo parece artificial, a pesar de lo hermoso.
Por su parte, la química entre Robbie y Elordi es intermitente. Se manifiesta en gran medida cuando están separados por la circunstancia, pero desaparece cuando finalmente se encuentran.
Margot Robbie interpreta a una Cathy que roza la pantomima de una muñeca Barbie en un entorno lóbrego. Jacob Elordi, por su parte, reduce al monstruoso Heathcliff a un galán siempre dispuesto a proteger a su amada de la lluvia. La complejidad del hombre que adquiere poder financiero solo para arruinar a sus enemigos desaparece.
La escena del beso en medio del torrencial aguacero, promocionada con la frase «que nos condenen a ambos», es uno de los únicos momentos de intimidad creíble. Tanto o más que el final.
Y es que la muerte de Catherine, que debería ser el punto de inflexión emocional del relato, se percibió rígida y carente de la efervescencia que Brontë plasmó en sus páginas. (EN)








