Samantha Castillo interpreta en Zafari, película de Mariana Rondón que llega hoy a las salas, el personaje que genera mayor temor: Natalia, una mujer de mirada profunda, seductora, llena de tanto resentimiento que en cualquier momento podría hacer algo terrible. Se ve en escenas como la que comparte con Ana (Daniela Ramírez), una mujer de clase media venida a menos, quien se le acerca para pedirle carne y Natalia, sabiéndose poderosa ante quien antes estaba por encima de ella, corta con un machete una patilla, le entrega unos pedazos a cambio de otro alimento y le exige que se largue.
Ana cocina esa patilla como si se tratara de carne para alimentar a su esposo, Edgar (Francisco Denis), un hombre paralizado por la miseria del país en el que vive, y su hijo Bruno (Varek La Rosa), que siendo apenas un adolescente se deja seducir por el salvajismo que lo rodea. Para Natalia, que sufre por la escasez junto con su esposo Alí (Alí Rondón), saber que Ana y su familia la están pasando mal le genera satisfacción. Es el personaje de las tensiones en el filme, el que empuja a Alí a ir más allá, el que maneja las cosas de manera calculada. La representación del odio, la viveza y la supervivencia.
“Natalia es una encantadora. Es lo más parecido a un político. Es una encantadora de serpientes. Detrás de ella hay un resentimiento, claro que lo hay, una rabia, una ira, pero la manera de comunicarse con el mundo no puede ser a través de eso sino a través del encanto”, explicó la actriz venezolana, que protagonizó en 2013 otro filme de Mariana Rondón, Pelo malo, por el que recibió reconocimientos como el premio a Mejor Intérprete del Montréal Festival of New Cinema o el de Mejor Actriz en el Torino Film Festival.
Actriz en otras películas destacadas como El Amparo de Rober Calzadilla o El Malquerido de Diego Rísquez, Castillo ha sido sobre todo una artista del teatro, con trabajos en piezas como Hembras, mito y café, Acto cultural, Jazmines en el Lídice, Los Navegaos o Me llaman La Lupe. Para ella el arte escénico, más que una carrera, es una necesidad que responde a una vocación difícil de explicar. “A mí la palabra vocación me encanta. Es algo que viene de dentro, no lo puedes explicar y lo tienes que sacar”, dijo la intérprete que vive desde 2018 en México, donde presentó hasta hace poco una temporada de Jazmines en el Lídice, original de Karin Valecillos, dirigida por Giovanny García, con quienes trabajó en el grupo de teatro Tumbarrancho, fundado en Caracas y ahora radicado en ese país.
A los 45 años de edad, Castillo señaló que muchas veces lo que desea hacer no corresponde con las oportunidades, pero ella, con la madurez, ha entendido que por cuenta propia puede también producir proyectos. De hecho, actualmente está explorando la dirección y la escritura.
“No es que soy guionista, escritora o directora, sino que son aspectos que estoy empezando a rozar. Son aspectos en los que digo lo que me interesa contar o los puntos de vista con que quiero abordar los personajes. Creo que la historia del actor siempre ha sido así, pero de pronto se nos olvidó, o el tema del desarrollo de Hollywood, el nacimiento de la estrella de cine, aburguesó de alguna forma al actor”, expresó la actriz, que presentará pronto Me llaman La Lupe en Ciudad de México, pieza que trajo de vuelta a Venezuela el año pasado.
—¿Cómo fue la caracterización del personaje de Natalia?
—Algunos ensayos fueron presenciales y otros en línea. Fue interesante porque se trató de un proceso distinto a Pelo malo, que sí se hizo completamente presencial y con un entrenamiento más exhaustivo. También la responsabilidad para mí era más exigente en el sentido del tiempo en pantalla. Aquí fue igual de exhaustivo pero distinto. Cuando estuvimos de manera presencial, hicimos mucho trabajo de exploración en relación con el vínculo, que es lo que por lo general Mariana trabaja y que me gusta mucho. Se trata de explorar cómo es el vínculo, descubrirlo a partir de la relación de circunstancias hipotéticas que ella nos plantea y que no necesariamente están en el guion. Es una manera de abordar lo que podría ser una biografía del personaje.
—Natalia, a pesar de ser una marginada, no deja de mezclar momentos de cierta sensibilidad con otros de agresividad. ¿Usted cómo la definiría?
—Natalia es una encantadora. Es lo más parecido a un político. Es una encantadora de serpientes. Detrás de ella hay un resentimiento, claro que lo hay, una rabia, una ira, pero la manera de comunicarse con el mundo no puede ser a través de eso sino a través del encanto. Es a través del juego, del encanto, de la simpatía y de tratar de ser empática con los otros. Incluso con el personaje de Daniela. También de justificar que lo que hacen es por los niños, siempre obviamente sacando ventaja.
—¿Por qué diría que Natalia llegó a esa situación de miseria?
—Ella es una trabajadora de clase media baja y creo que en la medida en que el país en que vive se fue deteriorando paulatinamente ellos fueron cayendo en una situación en la que no podían mantenerse. Hasta que llegaron a ocupar el edificio en el que están. Hubo circunstancias que me puse a mí misma que no están en la historia pero tienen que ver con el porqué del resentimiento. Creo que más allá de la situación económica personal, hay un resentimiento previo. Cosas que le pasaron. Ahí está también el tema de la diferencia de clases, que si esta tipa me hizo esto y esta otra mujer me hizo esto. Por culpa de la gente me pasó esto. Hay un resentimiento y un deseo de ocupar lo que ella siente que le pertenece y le fue arrebatado.
—¿De qué modo logra la química que tiene en escena con Alí Rondón?
—Con Alí también pasa que nosotros somos muy amigos desde hace muchos años. Nos conocimos en la universidad cuando él tenía como 17 años, más o menos. Estudiamos juntos en la Escuela de Artes de la UCV y esa amistad se ha mantenido y la hemos trabajado. Estuvimos también en Pelo malo y la verdad somos muy cercanos, muy amigos. Nos encanta trabajar y jugar juntos. Hay mucha confianza y nos conocemos laboralmente, en el escenario, entonces sabemos que podemos tentar los límites del otro.
—¿Tiene una interpretación personal sobre el hipopótamo Zafari?
—Para mí el hipopótamo es el chivo expiatorio. Eso es lo que siempre sentí. Es mi visión como actriz que no necesariamente es la del director o la del guionista que pensaron esta película. Yo siempre sentí que era el chivo expiatorio de todo esto. Es ese que no es partícipe activamente, pero termina pagando las consecuencias de todo. Siendo un animal tan potente, siento que es la nobleza lo que se sacrifica aquí. Aunque está representada por un animal, siento que ese chivo expiatorio, en una consciencia colectiva, es la humanidad que se pierde. Pero es mi percepción como actriz, no me atrevería a decir que eso es la película.
—Una de las escenas más tensas de la película es cuando Ana se le acerca a Natalia para pedirle comida y usted, amenazadora, corta una patilla con un machete. ¿Puede comentarnos el desarrollo de este fragmento?
—Eso fue delicioso. Para mí trabajar con Daniela fue súper rico porque nos entendimos súper bien y estábamos abiertas las dos y vulnerables, dispuestas a que cada cosa que hacía la otra nos tocara. En mi caso, me generaba mucho morbo su vulnerabilidad. Habíamos explorado muchas maneras de vincularnos en los ensayos presenciales, pero luego, cuando estábamos ahí, hicimos un poco de exploración, sobre todo, en relación con el espacio, las actividades físicas que teníamos que hacer y también hubo mucho juego que Mariana nos proponía en la locación: de ver un poco a partir de la puesta en escena y del movimiento de cámara que se iba adecuando a lo que nosotros íbamos generando en la escena. Fue un placer para mí. Una de las escenas que más he disfrutado en mi vida.
—¿Qué significa para usted su personaje en Zafari?
—Obviamente la migración trae muchas cosas buenas, también tiene sus costos. No existe algo como un almuerzo gratis, todo tiene su costo, están los sacrificios que uno hace y están los beneficios que uno recibe. Cuando este personaje llegó a mí resultó en una gran esperanza por hacer algo que me interesaba, que me gustaba, que me motivaba, que me inspiraba. Ha sido un gran espaldarazo, como un aliento de esperanza y muy estimulante artísticamente hablando. Trabajar con Mariana es un sueño, en el sentido de que nos llevamos muy bien, siento que ella me conoce, que me entiende, que a veces ni siquiera hace falta hablar. Entendemos nuestros cuerpos, las sensaciones. Más allá de eso, creo que ella enfrenta sus trabajos, al menos los dos que he hecho con ella, desde lugares distintos pero con una esencia en la exploración de personajes que a mí me resulta muy rica, muy estimulante. Es una directora a la que le gusta trabajar con los actores. Eso es una bendición. Una vez en una conferencia en un festival en Panamá Ricardo Darín —yo estaba ahí por Pelo malo— dijo que había dos tipos de directores: el que le gusta trabajar con los actores y el que no le gusta trabajar con actores. Yo prefiero los primeros.
—No es la primera vez que la vemos en personajes duros y sensibles a la vez. Dos casos que podemos recordar son Marta, en Pelo malo, o Yolanda, en El Amparo. ¿Es el tipo de personajes que le gusta hacer?
—Es lo que me ha tocado. Hay un poco de lo fortuito ahí. Creo que cada actor tiene su temperamento. Más allá de que tu rango sea amplio, hay algo del temperamento. A mí me encanta hacer de todo. He hecho mucha comedia, pero no en cine sino en teatro. Creo que no tengo ninguna preferencia. Sé que estos personajes han sido duros, pero de hecho me gustaría explorar todo lo que sea posible. Obviamente siempre hay algo que ven los otros que no necesariamente es como te ves o te sientes.
La mujer que llora, filme brasileño de George Walker Torres protagonizado por Castillo
—¿Qué nos puede adelantar de su personaje en La hija de la española?
—El personaje que interpreto —ya lo verán— va por otro rango. Es algo muy distinto. Exploro matices distintos a la dureza, justo de lo que hablábamos. Tiene otro ritmo y se maneja con otra sensibilidad.
—Va a los festivales de Toronto y Venecia. ¿Cómo se siente?
—No iré a estos festivales en esta oportunidad. En este caso estaré ahí en pantalla y como apoyo emocional a todos mis compañeros, pero no estaré de manera presencial. Igual es extraordinario esto que está pasando. Aunque físicamente no estás ahí, lo estás. Es maravilloso. Un lujo.
—¿Cómo se proyecta hacia el futuro Samantha Castillo? ¿Seguirá en teatro y cine, quizás televisión?
—Justo terminó una temporada de teatro. Estuvimos dos meses en Ciudad de México haciendo Jazmines en el Lídice, una obra de Karin Valecillos dirigida por Giovanny García. Nos ha ido bien. El diálogo de esta historia en este país ha sido algo muy bonito, además la hablamos con acento venezolano. La gente cuando entra a la sala huele a arepas, escuchan grillitos. Es como si realmente estuvieras en Lídice. La gente ha conectado muy bien. El pueblo mexicano es mixto y esta es una ciudad a la que llega gente de todos lados. Haré Me llaman La Lupe otra vez aquí, que la hice en Caracas el año pasado. Es muy loco porque este personaje, quizás porque esta persona existió, sabe cuándo quiere estar en escena. Me pasó que alguien la vio, me paró afuera y me dijo que tenía una casa para la obra porque sabía que yo la presentaba en espacios no convencionales. Vi la casa, me encantó la idea como evento especial y entonces se dio. Eso pasa siempre con esta obra. (EN)









