A un año de la reconversión monetaria; Aurelio F. Concheso

El 20 de este mes se cumple un año de la reconversión monetaria.  Es decir, de la eliminación de cinco ceros, además de otros tres que ya se le habían eliminado al propio Bolívar en el 2008, a la moneda que estaba entonces en circulación, el Bolívar Fuerte.

Esta medida se suponía que iría acompañada de otras nonatas que, de haber sido implementadas de manera coherente, podrían haber constituido el inicio de una reforma monetaria propiamente dicho. Lamentablemente, como es habitual en este Gobierno, a la hora de escoger entre políticas económicas alternativas, se fue por las peores y las posibilidades de una reforma quedaron en el tintero.

El Bolívar Soberano, que iniciaba su existencia en Bs. 60 por dólar, se cotiza hoy en las mesas de dinero a Bs. 12.800 por dólar. Esto es equivalente a una devaluación de 99.5 %, lo cual prácticamente garantiza que un futuro Gobierno, que por fin logre cortar el nudo gordiano de la increíblemente incompetente política monetaria venezolana, tendrá que eliminarle tres o cuatro ceros más a lo que algún día necesariamente tendrá que ser una unidad de cuenta anclada a una moneda seria, o a una canasta de ellas. Eso sucedería, al menos, si es que dicho Gobierno tiene alguna intención de rescatar la capacidad de atracción de la inversión privada y ahorros que una vez tuvo la economía venezolana.

Hay que reconocer, sin embargo, que, desde principios de año, ha habido esfuerzos incipientes por, al menos, liberar la moneda y restringir en algo los niveles de liquidez. El problema es que, estando como están esos esfuerzos, a contrapelo de la dirección general de las políticas gubernamentales, el remedio este resultando peor que la enfermedad. Si bien en algo se ha restringido la impresión de dinero, ésta sigue en los astronómicos niveles de entre 20 y 25% mensual.

Esto, en parte, se ha contrarrestado con la draconiana medida de aumentar el encaje a depósitos bancarios arbitrariamente, etiquetados como «excedentarios». En realidad, sin embargo, se trata de un mandarriazo que ha desaparecido la ya menguada habilidad de una enanizada banca nacional a otorgar créditos, así sea en el cortísimo plazo.

La cartera de créditos total de la banca comercial apenas sobrepasa los $400 millones. Países mucho menores que el nuestro, como los centroamericanos y dominicana, tienen carteras que sobrepasan los $20.000 millones. Inclusive, hasta en Nicaragua, la cartera está por $4.000 millones. Restringir el crédito de esa manera, a título de ejemplo, las empresas escasamente pueden financiar de una semana a 15 días de cuentas por cobrar. Y eso, al final, es una receta segura para contraer más una economía que ya para diciembre del año pasado, según el propio Banco Central de Venezuela, era la mitad de lo que una vez fue.

Pero la liberación incipiente tiene su precio. Y en un entorno aun hiperinflacionario, al cambio de mesas de dinero reportado diariamente, no le queda más remedio que perseguir al paralelo. La combinación toxica de medidas inconexas ha hecho que la menguada economía se vuelque sobre una moneda confiable. En este caso, del dólar como unidad de cuenta e inclusive de circulante, ante la escasez de efectivo en bolívares soberanos. Ese fenómeno no se puede llamar propiamente dolarización. Sin embargo, sí opera como una reacción racional de los ciudadanos, a sólo transar en un medio de pago que conserve valor.

Por lo pronto, que eso esté sucediendo, va a hacer muy difícil que algún futuro gobernante los convenza de que un nuevo Bolívar, ¿tal vez el Soberanísimo o el Tripleforte?, resulte atractivo para transar o ahorrar, si éste no está firmemente atado a una moneda de valor constante, como el dólar.

La historia ha demostrado que los países sometidos a las hiperinflaciones más virulentas, como es nuestro caso y fue el de la Alemania de finales de la Primera Guerra Mundial, son aquellos en los que los ciudadanos, con mayor fuerza, terminan exigiendo seriedad en el manejo de los temas monetarios. Un anclaje estricto con el dólar parecería un buen lugar para empezar.