LOS MOTIVOS DE PUTIN Raúl Alegrett

Desde los tiempos de Ivan El Terrible (siglo XVI)  Rusia fue una nación con vocación imperial, contando con un estado entre los más poderosos y grandes del mundo. Su dimensión y su poder se acrecentaron en los siglos siguientes, especialmente bajo la conducción del Pedro I,  el Grande, emperador de todas las Rusias (1672-1725) y la zarina Catalina II, la Grande, emperatriz  desde 1762 hasta 1796, pero fue en el siglo XX, a la conclusión de la primera guerra mundial, con la desintegración del imperio austro húngaro,  la derrota de potencias enemigas, la construcción de la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, URSS, y la progresiva desaparición de los grandes imperios coloniales, cuando se convirtió en uno de los dos polos determinantes de la estructura del poder mundial. En 1991, con la crisis de su sistema político y el  consecuente desmembramiento de las naciones que la integraban, Rusia vió disminuir dramáticamente su posición de liderazgo en el escenario mundial.

 

A pesar de lo anterior, Rusia continuaba siendo una potencia, bien sea por su enorme extensión territorial y su población, como por su industria y recursos naturales y, sobretodo, por su gigantesco armamento y poderío nuclear. Posiblemente la gran mayoría de la población rusa abjuraba del sistema comunista,  pero no por ello había perdido el sentimiento nacionalista y patriótico cimentado con una larga historia de luchas y realizaciones, así como en la conciencia del gran potencial de la nación. Es ésto lo que hábilmente ha sabido explotar Putin. El autoritarismo no es nuevo en Rusia, ha estado siempre presente en su pasado histórico. La democracia es algo absolutamente inédito. Que el autócrata y quienes lo rodean se enriquezcan sin contrapoderes que lo limiten, tampoco es novedad. La restricción de libertades y derechos, la severidad extrema contra disidentes, los crímenes políticos, forman parte de una extensa lista a lo largo de su historia.

 

Hicieron mal las potencias occidentales en el momento, en hacer leña del árbol caído. La euforia de la libertad, la bonhomîa y el exhultante occidentalismo de Boris Yeltzin, unidos a la reducción de la extensión y el poderío de la ex potencia soviética, llevó a la dirigencia occidental a actuar con prepotencia y desenvoltura en el área de influencia de Rusia, pescando en río revuelto. Así, no sólo paises de la Europa Oriental  que se encontraban bajo la órbita soviética, como Bulgaria, Checoslovaquia, Hungría, Polonia, Rumania y la República Democrática Alemana, fusionada posteriormente con la Alemania occidental, comenzaron a ser progresivamente incorporados a la Unión Europea de naciones e inclusive a la Organización del tratado del Atlántico Norte (OTAN),  sino que también países europeos que habían sido parte integrante de la URSS, como Lituania, Letonia y Estonia. El acercamiento de Ucrania al occidente y la posibilidad de su eventual incorporación a la UE, colmaron el vaso. Ya había ocurrido un episodio difícil de avalar por la dirigencia rusa, como fue el ataque de fuerzas occidentales a la República de Serbia, una nación eslava desprendida de la extinta Yugoslavia, a pesar de la manifiesta oposición de Rusia. A todo esto se suman las condenas y sanciones aplicadas a Rusia como consecuencia de sus actuaciones en Georgia y en Ucrania y la anexión de Crimea. Occidente aparece entonces ante los ojos del nacionalismo ruso como una amenaza que, aprovechando su predominio temporal, interfiere en el área de influencia y protección de Rusia y subvierte el orden internacional desconociendo fronteras, tratados, normas y fronteras, amparado en supuestas razones de interés superior.

 

En un contexto como el descrito, dos consecuencias son evidentes en la política exterior de Rusia: el enfrentamiento con occidente y especialmente con el principal exponente de su intervencionismo, Estados Unidos;  y el acercamiento a su gran vecino, también enfrentado a la potencia norteamericana, la República de China.

 

Procede ahora considerar la actuación de Rusia respecto al cuadro político que vive Venezuela. Es evidente que en el conflicto venezolano el gobierno ruso se ha colocado decididamente al lado del régimen autocrático. Existen varias motivaciones que pudieran ayudar a entender esa posición. En primer lugar estarían las de carácter político. El gobierno de Vladimir Putin es un gobierno autoritario que poco respeta los derechos humanos y las formas democráticas, sosteniendo la supremacía del Estado sobre los derechos y libertades individuales .También es un gobierno severamente marcado por la corrupción. En tal sentido, cualquier señalamiento crítico a la dictadura venezolana podría convertirse en una autocrítica y fortalecer la acusación sistemática que occidente hace al régimen ruso. Al mismo tiempo, retar a los Estados Unidos, que abiertamente se manifiesta contrario a la dictadura de Maduro, en su propia área de influencia, representa una contraofensiva en relación a las intervenciones de ese país que afectan la geopolítica rusa. Convertirse en una piedra en el zapato para occidente utilizando a Venezuela, puede también constituir un elemento útil para facilitar negociaciones que favorezcan posiciones rusas en el ámbito de su área de influencia.

 

Las motivaciones de carácter económico y comercial deben también considerarse, pero los beneficios de un apoyo incondicional al régimen no son muy evidentes. Rusia, al igual que China, tiene importantes inversiones en Venezuela y también acreencias. Por supuesto que intenta asegurarlas, tanto con este gobierno como con el que lo suceda. El comercio entre los dos países es absolutamente asimétrico y el grueso del mismo corresponde a compras venezolanas de armamento y equipos militares rusos. En cuanto a inversiones rusas en Venezuela, ellas están dirigidas casi exclusivamente a la participación de empresas de esa nación en la explotación de hidrocarburos y de minerales y en la adquisición de activos relacionados. Las posibilidades reales de que la permanencia del actual régimen les permita recuperar acreencias y proseguir con la venta de equipos militares es cada vez más reducida, y la ampliación o multiplicación de concesiones de explotación de minerales, gas y petróleo tiene un límite y un aprovechamiento cada vez más comprometido. La persistencia de Rusia en sostener un régimen absolutamente inviable, sin estar en capacidad y disponibilidad de aplicar recursos para revertir la situación, puede traerle más bien consecuencias negativas, particularmente comerciales y en su relación con la mayoría de los países de América Latina.

La situación económica de Rusia no es particularmente sólida y la dimensión de su economía en términos de producto bruto está apenas por encima de Indonesia y Brasil.

 

En consecuencia, más allá de mostrar los dientes a Estados Unidos y formar coro con países poco democráticos y visceralmente “anti gringos”, le convendría a Rusia inclinarse por un acuerdo en Venezuela que asegure la preservación de sus intereses económicos en este país y que no enajene su aceptación como socio comercial, tanto por un nuevo gobierno como por la comunidad de naciones latinoamericanas.

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